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edición nimage : 22 : 07 : 2006
277 destilaciones licuadas en 22 páginas

4. Nomina sunt consequentia rerum

Me abraza en el umbral. Desnuda, vestido. Un saxo suena tras la sábana que separa dos habitaciones, clavada por sus extremos con chinchetas. Una vieja tose. Borbotea la caldosa en un puchero deforme, el aire del mar extingue dulzores transpirados, una niña chupa caña virgen con la mirada morosa. Ven mi amor, el saxo me busca entre las ingles, sus manos aflojan la correa.

Ven mi amor, su fulgor me abarca, la vieja pregunta ¿frío ya los plátanos? La niña, vestidito rojo, camisa blanca-jabón de pan, la niña trencitas aceitadas de coco me mira con ojos isleños, mientras me dejo ir en el turbión abismo de su madre.

1. Huesos en la confluencia

Vuelven, como cada año a esa playa. Vuelven como los elefantes a los puntos de la tierra en que se ven obligados a abandonar a sus caídos. Vuelven para remover la arena, para hozarla un rato, para derramar lágrimas secas, para mirar el mar, por fin, antes de partir a otro regreso. Quedan huellas de camino, como si todas las travesías fueran circulares.

2. Regarder l’Antropologue

Equipan a la deidad durante dos noches consecutivas, entre salmodias e invocaciones. Las impuras le mojan los labios con sus flujos menstruales, las viejas se arrancan los últimos vellos púbicos y los esconden entre sus cabellos. Después hacen vaticinios volcando un saquito de caracoles vivos sobre su vientre cubierto con un paño ritual. Al alba del tercer día, los hombres suben con él a una chalupa. Al cabo de dos semanas, una marea escupe, con trueno y relámpago, el cuerpo desnudo del ídolo. Las cosechas son buenas, las lluvias justas, los cerdos gruñen cebados en las cabañas, los tifones pasan de largo. De los hombres nunca vuelve a tenerse noticia, pero nadie hace preguntas.

Lo que duele es siempre miedo al dolor, estamos hechos de dolor. ¿De dónde procede esta penuria de imaginar la penuria de otros? ¿De dónde la vergüenza insoportable al contemplar su dolor? El peso de los secretos colapsa las estructuras: el dolor es meramente un asunto sexual.

Escucho a Ewa Demarczyk temblando como una hoja.

Las pilas de comics—D’Artagnan, Intervalo, El Tony—la voz de Amália, las jarcias de barco encerándose entre sus dedos. Los veinte mil libros, los cuadernos, los recortes de Epoca, las fotos, las uñas mordidas hasta la cutícula, ese barrito exactamente igual al tuyo, en la quijada. El despiojamiento de los monos. Las brasas en el fuego, la nieve. Se está poniendo tetorona, tiene las gambas de su abuela. ¿De verdad te gustan mis muslos? No dejo de temblar. Escondía mis pechos. Me escondía. Me odiaba a mí misma porque todos sufrían. Comía para tapar el vacío. Hubiera hecho cualquier cosa por consolarles. Eran inconsolables. En su rostro, sin embargo, se había posado, como un raro insecto, la calma de lo impasible. Intenté curarles con las mejores notas, llené sacos de dibujos que después ardieron en un camino de grava. No fui capaz de consolar a mi padre. No fui capaz de salvar a mi madre de la carroña de las visitas. No puedo dar carne ya dada. No puedo amar más que a quien es mi límite. Estoy en la extenuación. Soy la más inútil de las almas del mundo, un texto de levedad, demasiado visible. Sólo tú no me has dolido.

Un único anhelo de mi corazón ha encontrado nitidez absoluta en relación a las distorsiones del fondo. Es éste, entre todos los
viajes, el que medirá el resto. Ya podemos cerrar los ojos, dar el
salto de doble riesgo a la nada cumplida, al don del aún en el borde ascua de los labios. Ven dentro, habita la extensa profundidad señalada por tu carne en mis límites. Cálido, sencillo hasta el silencio. No te muevas. Respira.

Nunca supimos por qué se empeñaba en reducir ‘Nadja’ a esas tres letras que nada tenían que ver con su nombre. Kai parecía salida de la canción de Moustaki. Nadja, Nadezja. Entonces las dos vías de fierro aún llegaban al mar cruzando las dunas, dando la inquietante impresión de que un mercancías iba a lanzarse al mar con toda su carga. Esa es la clase de preguntas que no acabas de formular del todo y por eso mismo jamás se te responden. Era rubia, como todas las guiris, rubia-rubia, convencida, se había cortado el pelo tan corto que de atrás podía confundírsela con un chico. Pecho de tabla, vientre de tabla, culo de tabla. Un gigantesco lunar en la nalga izquierda, nacarina. Estábamos locos por ella. Todos: las chicas también. Aquel verano no fue de amores fugaces, sino más bien una orgía meticulosa y permanente, todos con todos y todos con ella.

Papá instaló un columpio de neumático, con permiso del dueño del camping al que los demás niños, como moscardones, le agobiaban su siesta a la sombra. Él mismo aportó los materiales.

Mis amigas y yo hemos estado recordando nuestros primeros placeres: el mío fue aquel año, en uno de los vuelos de columpio. Acababa de cumplir los siete.

Recuerdo mi voz con claridad, más, más, más alto, más, más, más. Las piernas abiertas, rasgando el aire. Vi a Dios entre las copas de los árboles. Una vez en el suelo, a gatas podía sostenerme.

Ese fue el don: un tiempo de gracia concedido a las grietas del deseo. Banquete tantálico, buffet perverso ofrecido a los ojos, siempre más grandes que el cuajo. Dulce. Dulce y salvaje. Quién puede decir que no estuvimos ahí, que no fuimos, que no tuvimos nuestro momento. Parece una artista de los 50, de incógnito. Ojos claros, culo liso, cuenta monedas en la palma de la mano. Es tan generosa con las propinas…

La tenaz voluntad de negar lo evidente se ha convertido en obra de arte. Sobre la ruina del duelo, bella, ha construído una catedral de cenizas que ni el viento se atreve a soplar. Son tus muslos los que abre, siempre sobre sábanas limpias, con cuidado de no entrar antes de tiempo, cada noche. Es tu beso el que borra de su rostro el estupor de los traicionados.

¿Quién es Desi, en realidad? Un libro de Camus en la mesilla, la fuga entre sombras por los soportales de Chirico, un blister de anticonceptivos, luz entre persianas, olor a café.

¿Quién es esa mujer que recita mientras prepara tostadas? ¿Quién es esa mujer con yodo en los labios que anoche hurgó dentro de mí? Cabellera azul, quinto cajón de la cómoda, dos vueltas contadas de cerrojo, llave-péndulo entre los pechos, como un talismán.

– ¿Qué hay en ese cajón?
– Nada valioso.

Heredó de su padre la tendencia a maltratarse volviendo al pasado como se vuelve a una foto amarilla. Cada verano, y cada invierno—escapadas tristes, melancólicas, de viernes a domingo, justo a tiempo de reincorporarse a la oficina—cogía un tren, contaba las lentas horas de viaje, esquivando al llegar los relojes del andén, tomaba un cafelito en la barra de un bar que cambió de dueños seis veces en treinta años, bebía el mar a bocanadas de aire o se dejaba cazar por el sol picado con gesto de animal sin fuerzas. Después la agrimensura del paseo marítimo: levante feroz o calma rota por bullicio extranjero, buscando con ansia esa boca, ese pelo recogido en una pulcra coleta, el vestido corto y floreado, las piernas largas y gráciles, los tobillos de gamo, el tacón de niña aún acariciando los adoquines, su risa mezclándose con la sal.

Roger (Syd) Barrett (1946-2006).

I’m only a person whose armbands beat
on his hands, hang tall
won’t you miss me?
Wouldn’t you miss me at all?
Syd Barrett, Dark Globe.

El resto de los miembros de Pink Floyd se aseguraron de que siguiera recibiendo los royalties que le correspondían. Después del fulgor, de la música, de la montaña rusa mental, vino un retiro precoz y tranquilo en un cottage de los suburbios de Cambridge. Paseaba, iba en bicicleta a hacer los recados, volvió a su nombre, y a los hábitos que ordenan el genio (la locura) por horas, por días y semanas, esa ternura de los ritmos corrientes.

‘El portero le dejaba usar el cuarto de las fregonas para sus servicios y para dormir algunas noches, a cambio de un encuentro íntimo al mes. No pedía más e incluso llegaba a facilitarle el compromiso, tendiéndole un paño o la palangana para que escupiera o se limpiara entre los muslos, por ejemplo; quizás no tanto por bondad, sino por compensarla de su flaqueza viril con un gesto de delicadeza. Ambos sacaban algo del mutualismo, y cumplían el pacto, fieles a la palabra dada, si bien esto es secundario, y sólo pretende poner en antecedentes al lector del triste personaje que nos ocupa, evitando así el enojoso inventario de sus miserias materiales, dado lo descrito, bastante obvias. Decir sí, antes de volver al artículo, que con el tiempo se tomaron bastante cariño y el hombre lloró lágrimas
sinceras cuando se la llevaron.

1. Hidra en el cepo: Él acaricia la foto que ella escribe en el reverso. Para uno el tiempo es instante, para el otro, eternidad consumada. La hidra jadea en el cepo.

2. Esplendor: Danzó, de rodillas, entre tus piernas abiertas, filamento incandescente vibrando en lo oscuro. Manos blancas, pechos blancos, muslos blancos. Todo es tuyo, dueño de la certeza.

3. On the verge: Como una camelia blanca en los ojos vacíos de Kitano. Habitando los bordes de la palabra.