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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

¿Quién no recuerda sus pechos voluptuosos, el escote palabra de honor anegado por del chorro de la Fontana, fuego y hielo, aunque no haya visto La Dolce Vita? No hubo culo como el de ella enfundado en pitillos de moiré, no hubo otros ojos que los de Anita Ekberg a finales de los 50.

Se rodaba a las dos y media de la mañana. Mastroianni se moría de frío, el vodka le tumbaba antes de calentarle los pies. Temblaba con la sola idea de meterse en el agua y terminó usando unas botas de goma de pescador bajo los pantalones. Pero ella, la extranjera, elevó los brazos de diosa, el cuello de diosa, dejó caer hacia atrás la melena botticheliana, con sensación térmica bajo cero. Los hombres de medio mundo ardieron de cintura para abajo, el ojo monstruoso de Fellini se mostró conforme, las mujeres quisieron emanar su brillo de ingenuidad intenso y erótico. Cuando las tomas repetitivas terminaron, ella volvió a meterse en la fuente, sacó del fondo una moneda y se la lanzó a Federico: ‘Ésta para usted, señor director’. Después salió sonriente, arremangándose el vestido, como si haber nacido en el norte la protegiera de las inclemencias del tiempo.

Cuarenta y cinco años después de esa escena, con treinta kilos más sobre un cuerpo que ya entonces era abundante, echa de menos un hombre con quien envejecer y uno ve a la chica de Malmö que aterrizó en la Roma decadente, recién despertada de la guerra, en todo su esplendor, con su diccionario sueco-inglés y su diccionario inglés-italiano en el bolso. Rodeada de perros en su pequeña villa a las afueras de Roma, hace dieta y se prepara para rodar con Sorrentino, convidando a las visitas con aceitunas, tomates con albahaca, y una copita de Campari, sin ser demasiado consciente de haberse convertido ya en mito. Por suerte se conserva intacta la belleza de algunas cosas.

28 de septiembre de 2005
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