La atmósfera, el paisaje musical, el ritmo gitano sosteniendo el orden de las danzas húngaras. La cromática. Las bagatelas. Los microcosmos. ¿Peleamos por la armonía o dejamos que sus rupturas nos aborden y desborden? Instalados en el centro del sonido, como en un sistema cartesiano de coordenadas, aparecen las sucesivas capas, se suelta el pulso de las presiones formales, liberando una gran fuerza en la asimetría. Lo vital es duro, áspero, no consiente blandura. 8.000 melodías húngaras, 2.800 eslovacas, 3.500 rumanas y 150 de otras minorías étnicas: búlgaras, serbias, gitanas, viviseccionadas con exquisito criterio humanístico. El humus de su intensidad final. La fusión, la intuición en busca de un lenguaje sencillo, una composición más cerca del fluir orgánico, más fácil de sentir que de interpretar y de comprender desde un esquema musical preconcebido. ¿No es magnífico pensar en las sinfonías como en narraciones? ¿No es de asombroso sentido común? Ponerse de pie en medio de la fuga de la Música, percusión, cuerdas y celesta o de los cuartetos para cuerdas es una experiencia indescriptible. Al cabo de dos minutos, esternón y ombligo vibran como si los hubieran frotado, el pensamiento se ha salido de los cauces comunes. Bártok sólo puede vivirse con los sentidos, hay algo bárbaro y agresivo en su obra, que deja sin aliento, que fuerza y obliga, que exige.
Trata de explicar a Bártok con palabras, tendrás un problema. Un allegro era ese perro que le asustó de muerte cuando aún no sabía ni hablar. El segundo movimiento era el viento de noviembre haciendo vibrar las cuerdas del telégrafo en un camino solitario. El tercer movimiento, un aullido y después el rumor del agua de una cisterna, la cadencia de los ronquidos en los camarotes de un barco. El cuarto, Bártok a los seis, haciendo estallar un elástico, el quinto el ruido de una villa zulú en la Expo de Glasgow, con gaitas de fondo. Esto era un cuarteto. La vida volviendo como una gran ola. Intenta respirar cuando la ola te está embistiendo. Si te resistes, te revientan los pulmones. Béla Bártok. La integridad y la audacia de las raíces encontrándose con las posibilidades del jazz, de la música negra, del cuestionamiento. Fue la frugalidad, el dominio del vacío para que el exceso cupiera. La reivindicación de la naturaleza no domesticada.
Murió en el exilio de Nueva York, el 26 de Septiembre de 1945, de leucemia y pasando verdaderas penurias económicas. No deja de ser trágico que ocurriera cuando empezaba a comprendérsele. El miedo a la libertad hace que lleguemos con retraso a todo lo verdaderamente importante. Por suerte, llegar es tan simple como colocar un cd en la platina, cerrar los ojos y entrar en la tromba con él.