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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

La única grandeza del hombre es la inmortalidad.
James Dean (1931-1955)

He’s a real nowhere Man,
sitting in his Nowhere Land,
making all his nowhere plans
for nobody.
John Lennon

Donald Turnupseed murió de cáncer el 13 de julio de 1995. Un amigo, en su funeral, dijo de él que era el verdadero ‘nowhere man’. Un contratista eléctrico, reservado, rutinario, que sólo abandonó la ciudad para hacer un viaje a Disneyworld y otro al Gran Cañón. Dio una sola rueda de prensa en su vida, obligado por lo ocurrido. A duras penas encontró las palabras.

El 30 de septiembre de 1955 conducía un Ford Sedan de San Obispo a su casa en Tulare. No llegó a tiempo para la cena. A una milla al este de Cholame, sobre la Ruta 46, hacia Cottonwood Pass, se detuvo en el cruce. Ese cruce sigue allí, a las cosas les cuesta cambiar en Cholame. La ruta estaba desierta. La tierra es plana y baldía, no hay árboles y la vía es recta. ¿Qué razón había para detenerse? ¿Cuál era el porcentaje de posibilidad de que alguien pasara por allí? ¿Uno entre un millón?

James Dean viajaba a gran velocidad en su Porsche Spyder 550. Al menos eso ha alimentado la leyenda durante 50 años. Donald Turnupseed, el hombre entre un millón, giró a la izquierda. Durante toda su callada vida sostuvo que no llegó a ver nada antes del golpe. El Porsche Spyder, bello, pero frágil, quedó hecho un amasijo de hierros torcidos contra el Ford, un vehículo sólido, hecho para durar. Turnupseed sobrevivió. James Dean se partió el cuello. En su única rueda de prensa, el sobreviviente dijo recordar únicamente el cuerpo de la estrella colgando de la ventanilla, ensangrentado e inerte.

La primera esposa de Turnupseed, que estaba embarazada de él en el momento del choque, y con la que tuvo dos niños más, murió muy joven, de cáncer. La tragedia parece cebarse especialmente en algunas vidas. Los policías que le rescataron escribieron en su informe que no cesaba de preguntar por el estado del otro conductor.

En 1995, tenía cinco nietos y una empresa bien gestionada que daba jornal a 75 empleados. Era un buen hombre. Honrado. Metódico. Dicen que el forense no encontró sangre en el cuerpo de Dean para realizar una prueba de alcoholemia. Los tabloides describieron la muerte como algo cruento, su rostro desfigurado, pero en realidad no fue así.

Hay quien vio a Liz Taylor llorando abrazada a Rock Hudson con el vestido lleno de sangre, en el lugar del accidente. Al lugar acudieron de inmediato algunos compañeros de profesión, pero casi todos dijeron gardar los recuerdos de aquel día como fotos borrosas. ‘Un actor debe aprender todo lo que se puede saber. Experiencia; hay que experimentarlo todo, o acercarse a ello lo más posible’- dijo Jimmy Dean. Y Lennon, que sin él, los Beatles no habrían existido.

Mi bisabuela vio sus tres películas de forma obsesiva, tres veces por semana, durante años, en los cines de Buenos Aires. Tenía más de sesenta años, entonces, y estaba enamorada de él. En la familia creemos que no amó a nadie nunca, y que Dean fue su excepción.

De los rumores de homosexualidad, qué decir. Daban suculentas ganancias a las productoras, igual que las dio su muerte, convirtiéndole en mito. Toda vida y toda muerte son carne de ficción, la memoria no es otra cosa que ficción depositándose en estratos, por capas. En realidad amaba a Geraldine Page, que se había convertido en la madre que nunca tuvo, en la amante-madre mítica que la mayor parte de los hombres buscan sin saberlo o sin reconocerlo todas sus vidas. Las productoras nos dieron nuestro rebelde sin causa, nuestra instantánea de tristeza y velocidad. Hicieron fans de un cadáver bonito entre adolescentes histéricas y maduras inglesas neuróticas, alimentaron el misterio asociándolo al de Marilyn, y al de Rock Hudson –Gigante de pronto fue sugestiva por su signo de mala suerte-. El odio de Hudson a Dean, el carisma joven, el talento en bruto (tan Brando, por otra parte), las vergüenzas personales.

Cincuenta años ha durado el cuento y más que durará: sigue dando réditos. Acaba de saberse que su Spyder circulaba a no más de 55 kilómetros por hora. Acaban de publicarse las plumillas que hizo de Geraldine, en la intimidad. Pero es posible que todo sea más simple, más gris, más sencillo. La luz es refractaria en los cruces. El cansancio, la distracción. La fatídica casualidad que hizo el uno entre un millón.

Si de los dos se hubiera salvado Turnupseed, no tendríamos James Dean, o tal vez sí. Quién sabe. El arte de la fugacidad es el más difícil de practicar. Casi nunca depende de nosotros.

1 de octubre de 2005
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