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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

El trineo avanzó a través del hielo polar. Siempre se consideró un hombre sin memoria. ¿Podría acaso permitirse tal desafío si no lo fuera? La muerte no tarda en dar alcance a los viajeros solitarios por más débil que sea el rastro de su añoranza. La ventisca, aliada fiel, borró las huellas, como siempre lo hizo. La travesía transcurrió sin novedad, hasta que en el vivac del kilómetro 6200 entre Narsarsuaq y Tule tuvo una visión: la muchacha del rickshaw llevaba un ramo de flores de loto entre las manos. Habían fraguado para ella nupcias de conveniencia, fijándose la dote y las fechas para la ceremonia.

Toda la noche ardió de fiebre, el sudor copioso empapó su ropa, los perros de tiro aullaron, como si hubieran notado en el aire la presencia de alimañas.

Le esperaron durante quince días, pero nunca llegó a destino. El monzón, sin embargo, descargó sobre Mumbai sus primeras lluvias con puntualidad británica.

Cuando subieron a la suite del Ambassador para vestirla con el sari rojo, encontraron el cuerpo de Svitra, frío y rígido. Había frotado el mehendi de sus dedos hasta hacerlos sangrar. El personal del hotel pasó horas retirando las mesas del festín, y fue necesario disponer seis vasijas de mirra para disimular el fuerte olor agrio del Madhuparka que provocaba náuseas a los huéspedes.

Los astrólogos no habían hecho de la desgracia presagio alguno.

15 de octubre de 2005
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