La humanidad escribe más de lo que puede leer. Si por cada libro que se publica se quedan uno o dos inéditos, se escriben dos o tres millones de libros al año. Sin embargo, un lector de tiempo completo no puede leer más que 200 al año: uno de cada 10.000 o 15.000. ¿Sería deseable que la humanidad escribiera unos cuantos libros al año, para que todo el mundo los leyera? Soñamos con la atención universal: con el silencio de todos los que callan para escucharnos, de todos los que renuncian a escribir para leernos.
Gabriel Zaid, Los demasiados libros.
Cualquier escritor joven daría un ojo por una crítica de Marsé, buena o mala, pero probablemente el cheque de 600.000 euros en el escote de Maria de la Pau Janer hiciera ruido de tacones de aguja por la milla de oro de Roma, Madrid, Palma o Nueva York, trapos caros, Chanel número 5, cairel y lentejuela, impidiéndole sacar de tal suerte nada en limpio.
Un escritor empieza a serlo cuando el mordisco de insatisfacción con su propia obra se nota a diario, a todas horas, y no cesa, ni siquiera en las galas de los grandes premios. La buena literatura no sólo está hecha de intenciones, sino de fracaso y obsesión. La buena literatura no está hecha de nombres y conveniencias de mercado. Dijo Benet que los libros deberían publicarse de forma anónima, con título y a lo sumo, un código de barras. La buena literatura está hecha de criba y texto desechado, de rumiación constante de las mismas ideas, hasta que algo puro y nuevo se destila. Está hecha de duda, de tiempo y sobre todo de mucha lectura. Y es eso, precisamente, lo que le falta a un país en el que todo el mundo escribe, pero en el que casi nadie se toma los libros en serio. El setenta por ciento de lo que se edita vuelve a los almacenes de distribución y nos falta honestidad para reconocer que la mayor parte de lo que leemos es de calidad subterránea, como comentó Marsé refiriéndose a las obras finalistas del Planeta de este año.
Está claro que ser escritor y dar la imagen de escritor son oficios incompatibles y a menudo irreconciliables. El escritor de verdad teme las promociones, se deprime porque le falta tiempo para escribir. El escritor de verdad necesita hacerlo cada vez mejor y sabe que cuanto más escriba, peor se sentirá con los resultados. El escritor de verdad nunca eclipsaría la obra llamando la atención sobre su persona. El escritor de verdad no se presentaría vestido de Rita Hayworth a recoger su Nadal, para saldar deudas de frustración familiar en el discurso de agradecimiento, ni se defendería de las críticas de otros escritores apelando a su edad – ¿no era que en lo intelectual la madurez es una virtud y no un desmérito? -.
El escritor de verdad mostraría cierta elegancia defendiéndose, o mejor aún, se decantaría por un silencio del que alguna inteligencia pudiera deducirse. Uno es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla.
Un escritor de verdad, hoy por hoy y tal como están las cosas, no se presentaría al Planeta a menos que tuviera un apremiante descubierto bancario o un hijo enfermo. Maria de la Pau Janer se siente contenta de ser la menos mala y eso ya desmiente su vocación. A Bayly, acostumbrado a todo tipo de fracasos, se le nota, al menos, ironía y fluidez en el manejo de las críticas.
No se trata de algo anecdótico, aunque la ganadora intente correr un estúpido velo tras la polémica, que probablemente hinchará las ventas de Navidad, para alegría de Lara.
Se trata de que se están cerrando librerías. Se trata de que la calidad general de lo que se publica es catastrófica. Se trata de que se está haciendo presunción descarada de mediocridad. Se trata de que la figura de los escritores se ha vuelto más importante que el libro en sí – lo último de fulanita, lo último de menganito -, se trata de las extrañas clasificaciones por género – literatura de mujeres y de hombres -, se trata de que todo el mundo tiene algo que decir, pero acaba diciendo lo mismo que todo el mundo, y mal. Se trata de que la lectura y la escritura como experiencias de descubrimiento estético están tan devaluadas que los que amamos los libros estamos empezando a dejar de leer porque no hay nada que leer y ese cáncer acabará por matar la escritura.
De eso se trata.