Nuestro afán por permanecer jóvenes y atractivos nos ha hecho plagar el calendario con todo tipo de nocivas fiestas y maliciosas abvocaciones. Quizá pensemos que desacreditando así el paso del tiempo y cargándolo con tanto vicio y estupidez, no nos tendrá en cuenta al blandir su lenta minería, y que, de este modo, en el correr de los almanaques, la vida quedará como siempre debió quedar o, lo que es lo mismo, en este incierto estado de tonticidad que tanto nos caracteriza.
Por ejemplo: tenemos la fiesta del Año Nuevo, que conmemora una frontera articial en el mareo de un reloj; o la cruel mentira que magnifica la noche de los Reyes Magos: tanta pobreza acompañada por anuncios de juguetes millonarios y recepciones de sables y discursos; o los días santos, casi siempre de Abril, dedicados a colapsar el tráfico y a glorificar la muerte, que no la vida, de un dios con casa vacía. Pero aún más letales que éstos resultan los días del Trabajo (¡por Santa Hernia! ¡¿a quién se le ocurrió?!), o el xenófobo de la Hispanidad, con su paseo de tanques y estandartes territoriales que nublan la vista de aquellos que son nuestra diferencia. Y no les digo nada sobre las fiestas de la vírgenes locales (por si queda alguna, será) o los días del Papá y de la Mamá, homenaje justo de los grandes almacenes a los ímprobos proveedores de la despensa familiar.
¿Dónde quedó el Día de la Vagancia? ¿y el Día del Kiki? (o mejor, la temporada de Kikis, que es más saludable) ¿por qué no se festeja la Semana Tanga? ¿y el Día de la Risa o el del Buen Yantar? ¿¡eh!? ¿alguien lo sabe?
Ante estas costumbres, y en un ejercicio obligado de profilaxis, no quiero celebrar el Día de la Internet a no ser, claro está, que lo declaren festivo retribuido con derecho a tapa y gran holganza, en cuyo caso Sambyte, bailito incluido, será para siempre mi patrón. Pero ésa es ética de otro monedero; así que enter y publichin. No va más.