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edición nimage : 21 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Nuestro afán por permanecer jóvenes y atractivos nos ha hecho plagar el calendario con todo tipo de nocivas fiestas y maliciosas abvocaciones. Quizá pensemos que desacreditando así el paso del tiempo y cargándolo con tanto vicio y estupidez, no nos tendrá en cuenta al blandir su lenta minería, y que, de este modo, en el correr de los almanaques, la vida quedará como siempre debió quedar o, lo que es lo mismo, en este incierto estado de tonticidad que tanto nos caracteriza.

Por ejemplo: tenemos la fiesta del Año Nuevo, que conmemora una frontera articial en el mareo de un reloj; o la cruel mentira que magnifica la noche de los Reyes Magos: tanta pobreza acompañada por anuncios de juguetes millonarios y recepciones de sables y discursos; o los días santos, casi siempre de Abril, dedicados a colapsar el tráfico y a glorificar la muerte, que no la vida, de un dios con casa vacía. Pero aún más letales que éstos resultan los días del Trabajo (¡por Santa Hernia! ¡¿a quién se le ocurrió?!), o el xenófobo de la Hispanidad, con su paseo de tanques y estandartes territoriales que nublan la vista de aquellos que son nuestra diferencia. Y no les digo nada sobre las fiestas de la vírgenes locales (por si queda alguna, será) o los días del Papá y de la Mamá, homenaje justo de los grandes almacenes a los ímprobos proveedores de la despensa familiar.

¿Dónde quedó el Día de la Vagancia? ¿y el Día del Kiki? (o mejor, la temporada de Kikis, que es más saludable) ¿por qué no se festeja la Semana Tanga? ¿y el Día de la Risa o el del Buen Yantar? ¿¡eh!? ¿alguien lo sabe?

Ante estas costumbres, y en un ejercicio obligado de profilaxis, no quiero celebrar el Día de la Internet a no ser, claro está, que lo declaren festivo retribuido con derecho a tapa y gran holganza, en cuyo caso Sambyte, bailito incluido, será para siempre mi patrón. Pero ésa es ética de otro monedero; así que enter y publichin. No va más.

25 de octubre de 2005
Celebramos las cosas equivocadas para perdonarnos del resto del tiempo el descuido de las esenciales.

Sólo soy (realmente) feliz en la fiesta de lo mínimo.
Sólo soy feliz en la felicidad del otro.
Internet, en ese sentido, no me alcanza.

Este es el ancho espejo de los tristes, de los locos, de los feos, de los inseguros, de los solitarios. Un espejo que nos sigue asegurando que somos lo que quieremos ser, máquina expendedora de toda abundancia posible, paraíso del secreto, de la inmunidad, de la impunidad y de la gratificación inmediata.

Por eso estamos aquí metidos, EN AUSENCIA de carne, de luz natural, de carcajada, de abrazo, de te acepto como eres, de qué bien que existas y poder tocarte, de qué míos siento tus defectos, tus errores, tus cicatrices y cuánto me gustas, y por eso mismo cuánto me gusto. Sigue creciendo conmigo, mezcla con la mía tu raíz. Hagámonos viejos juntos.

Estamos aquí metidos para llenar los mil agujeros de una vida por la que pasamos darle valor a lo que ya somos y tenemos.

Nos dejamos los días y las noches en este telar que jamás amortiguará la gran caída, por veloz que sea nuestra mano con la lanzadera.

Si pudiera vivir esa Vida con mayúscula (arrimo de alguien al volverme para mirar antes de cerrar los ojos) me bastarían la pluma, el cuaderno y la vieja Lettera de mi padre.

De todos modos, le estoy agradecida al sucedáneo por ensanchar el hambre de la mente.

Ese hambre me recuerda que estoy viva.
Por cierto, el artículo es estupendo.
Yo aún diría más: es estupendo.
Esa es mi opinión, y yo la comparto
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