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cuaderno de internet y cultura

La revelación Quería ser amada. Sólo eso. Ningún proyecto en mente. Ninguna idea propia. Ningún deseo propio excepto el de ser amada. Los dulces llenaron los vacíos de la adolescencia. Se le iba la paga en golosinas y en llantos por las burlas el recreo. Dejó el instituto. Una tarde, desde lo alto de un andamio, oyó la palabra ‘hermosa’. Al alzar la mirada le vio con el torso desnudo al sol, deseándola, desnudando con la mirada sus ciento veinte kilos de peso.

Supo al instante que Sadiq representaba la primera y última ocasión de sentir el deseo de un hombre que iba a presentársele en la vida, así que se detuvo y esperó a que bajara. Una cosa llevó a la otra. En casa, el repudio de la familia. Su padre quemó llorando el álbum de su primera comunión. En Casablanca la esperaban las otras dos mujeres de Sadiq, los niños de Sadiq, Mustafá, Oumaïma intentando hacerle entrar el árabe por lo más simple. ‘Pero tu mujer española no sabe nada’ comentaba T’ariq cada vez que se sentaban a comer.

Y era verdad. Siempre había estado en silencio, como en una crisálida de carne, esperando, hasta que él llegó para hacerla útil bañando con aceite sus pechos antes de entrar en ella como en una mezquita. Esa noche decidió cambiar de dios y de nombre, beber de su mano la harira, ser la madre de sus hijos y ocultar su belleza de los ojos de otros bajo un chador que le devuelve, erguida, orgullosa, espigada, su figura en las vidrieras cuando va a hacer la compra para tener listos los shebbakia a la hora de romper el ayuno.

Quería ser amada. Sólo eso. Ningún proyecto en mente. Ninguna idea propia. Ningún deseo propio excepto el de ser amada. Una revelación.

5 de noviembre de 2005
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