Uno está dentro de una película, se rebela contra el director entre claqueta y claqueta, esperando sin demasiada suerte que le reconozca sus méritos con favor y halago, como un padre. Uno también es el guionista bloqueado, el bueno, el feo, el malo, el figurante, el archivista noctámbulo de la mente filmoteca, el maníaco que ve una y otra vez la misma cinta, la voz impostada de los doblajes, la torpeza de la script, la dulzura de la chica del catering, la habilidad de la maquilladora, la pasión de sombra del técnico de luces, la carne que envejeció venerándose absorta, eterna en la pantalla, como la de Norma Desmond.
Es sin saber dejar de ser, cultivando el temor al fundido en negro, al final, a los títulos de crédito, a la noche fría y solitaria tras la sesión doble.