Después de las palabras siempre hay más palabras. Cuesta la vida encontrar – tras la última – la fiebre que las alimenta. Los ahogados regresan al espigón, se despiden con la boca llena de algas reclamados por la mar, una amante fría y celosa. Es sólo un instante, los brazos bailan sobre el agua; nadie dice adiós; ellas, esposas en el precipicio, mecen su distancia recostadas en el viento.
Todas las mujeres son la misma, los ojos secos, no hay futuro sin codicia. Solas se adelantan para recoger el equipaje de su marino muerto hasta el puerto siguiente. Las gaviotas vuelan en rasante. Ya nada duele.
Arena y grava a los pies. Las olas y los ecos. Piedra en la piedra que alguna vez reunió la lava. Vetas del cuerpo petrificado. Cal en la misma cantera. Blanco sobre blanco, silencioso. Dulce novia. Quién podrá encontrarnos ahora que hicimos sublime el íntimo y secreto arte de la fuga.