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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

El arte (el amor) es experiencia y no objeto. Seríamos otros – seguramente mejores, más vivos, menos pusilánimes – si le hubiéramos hecho caso a Breton desde el principio. Se trata de vivir como si en efecto, la vida fuera bacanal, en su significado original de abundancia y tumulto. Nos pasamos treinta, cuarenta años, a veces más, esperando ser conmovidos, abiertos como una fruta que cae del árbol y se desparrama en el suelo, soltando semilla, cuando sólo depende de nosotros que ocurra.

Con-movernos. Movernos con. Con-Sentir. Sentir con.

Treinta, cuarenta años esclavos del orden, de los límites, de los miedos ajenos, cuando el arte (el amor) es abrir esclusas de los diques y dejar escapar lo que se es, para que encuentre y desborde las grietas como sea su instinto. Treinta, cuarenta años contando los días que faltan para carnavales. La Bacanal de Tiziano junto a La Ofrenda a la Diosa de los Amores. La facilidad del exceso, los ojos ardiendo en las suntuosas telas de Veláquez.

El arte (el amor) es abrirse, dejar caer las cáscaras y máscaras que impiden que nos posean – a veces con violencia y brutalidad – las intenciones del artista y del amante. Es esa brutalidad la única que consigue aliviarnos la asfixia de lo que llamamos cierto, concreto, positivo.

De informaciones a medias obtenemos realidades opacas. ¿Qué conclusiones útiles podemos sacar de la mala costumbre de hacer más mentiras de verdades a medias? ¿Qué sensualidad consistente – eficaz, impulsora – puede emanar de un cuestionamiento inútil de lo que no puede pensarse, ni definirse?

La blanca, mórbida piel del Baco de Caravaggio, la roja luz de su vino, la seda de sus melocotones. La locura de las bailarinas del Parnaso. El trance. Un Baco subterráneo, con doble sexo y rostro de toro. Bacantes violadoras, domando serpientes, panteras y tigres, abandonadas al goce de sus aquelarres nocturnos. Después, con Orfeo, que venga la luz, que entre la voz en los santuarios solares. Ya recogeremos mañana el desorden de la creación, y habrá tiempo para las correcciones.

La palabra es pasión y la genuina belleza, convulsa. Un golpe al vientre, fugaz resplandor, un instante. Algo esquivo a la palabra, que vuela la cabeza.

Si todo es ven, toma de mí, bebe, come hasta saciarte; si todo es sé salvaje, honrado con tus oscuros deseos; si tu sombra es hambre pura y pide más, más, más, hasta doblarse en dos, por qué los mil compartimentos estancos, lo correcto y lo incorrecto, la visión sin matices. El exceso termina retornando por si mismo a la simplicidad, a la sencillez, a los sabores puros, si se lo deja cumplir su demasía. Los ciclos naturales son sabios. Flujo y reflujo. Turbión y calma chicha. Ritmos del Tao. Somos tan ridículos cuando nos sorprende el día, con la batuta, intentando dirigir a nuestro antojo, la sinfonía del amanecer.

La respuesta del arte (del amor) es una pregunta. Si no tocas, si no escribes, si no acaricias, los dedos te duelen, como miembros fantasmas. Todo el cuerpo quema: los ojos, los oídos, la lengua, las fosas nasales. El artista/el amante es un esclavo.

Cómo negar algo tan obvio: el arte (amor) verdadero surge en estado de embriaguez creadora. Tira de nosotros hacia esa locura. Si conseguimos resistir el tirón, quedarnos del otro lado, soltarnos del anzuelo, nos incomoda y lo calificamos rápidamente de exhibición perturbada.

No es fácil abrirse, vaciarse, poco a poco, con método, para que se cumpla por fin, el Triunfo de Baco. Pero a veces, muy pocas, ese prodigio ocurre.

19 de noviembre de 2005
No se ni que decir, así que lo único que diré es EXCELENTE.
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