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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

a M. P., entre cuyos objetos personales, entregados por una enfermera del hospital, encontré el presupuesto para la compra de una Espasa.
a S. G., que me enseñó a encontrarlo todo en los libros y a ambicionar el conocimiento.

Gerald Brenan escribió que la vejez nos arrebata lo que hemos heredado y nos da lo que hemos merecido. Hoy por hoy, la tecnología, la virtualidad, la anestesia y la analgesia del exceso de información, la conveniente ignorancia que nos hace a todos más o menos iguales y la saturación audiovisual, desmienten en parte su aforismo. Sólo en parte. Quienes nacen curiosos y consiguen defender esa curiosidad de la rutina y la seguridad de los objetos, todos esos Diógenes que pelean porque nadie se interponga entre su piel y el sol, saben que la medida de la riqueza del más rico de los hombres es lo que puede llevar consigo, salvar de un naufragio o de un incendio. Uno se hace quien es, sabiendo que cada vez sabe menos. Nosce te ipsum reza la inscripción en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos. Conócete a ti mismo.

Nada es a largo plazo, salvo lo aprendido y lo recordado. Si trasladamos ese saber y esa memoria a otro ser humano o a un medio físico, nos sobrevive. Una simple palabra, el nombre de un lugar, la historia de alguien – empezando por la nuestra – puede cambiarlo todo. La vida no es más que un ir a través de las cosas buscándonos, haciéndonos preguntas, tragando a bocanadas, haciendo propio el mundo inmenso, peleando por ajustarlo a nuestros límites.

Tenía diez años la primera vez que abrí un volumen de la Espasa. Fue en una biblioteca, justo diez minutos antes de cerrar. Llevaba un jersey de angora blanca. El viento tras las ventanas zumbaba austral, muy frío. Mi padre me pasaría a buscar pronto. Mi madre me había pedido que le anotase en una ficha unos datos sobre Sánchez Albornoz. Lo recuerdo todo, pero me faltan palabras para describir los términos de la epifanía.

Lomo negro, letras y filete dorado. Apenas podía sostener el tomo entre mis manos. La bibliotecaria me lo bajó de un estante alto. ‘¿Estás segura? ¿No sos muy chiquita?’.

No alcancé a buscar los datos que me pidió mi madre. Me perdí en alguna de las entradas. Pasé las páginas deprisa, queriendo que todo me entrara por los ojos, queriendo que los diez minutos fueran horas.

La silueta de mi padre se dibujó en el umbral de la sala de lectura. Hizo un gesto ‘date prisa’. Se había puesto a nevar, no tardaría en formarse una gruesa capa de hielo sobre la ruta. Ya había anochecido.

Antes de salir miré hacia los estantes de donde la bibliotecaria había sacado el tomo. Seguramente no sabía ni quién era Sánchez Albornoz. Estaba molesta por tener que tragar polvo y subirse a una escalera por una criatura sabihonda o por la poca responsabilidad de sus padres. Una de dos. En cualquier caso, su gesto era de fastidio.

Durante el camino de regreso no pude quitármelo de la cabeza. Mi padre se detuvo en una banquina para que yo me pasara a los asientos traseros. Los limpiaparabrisas no alcanzaban a evacuar la nieve, las luces largas no iluminaban más que un corto tramo y avanzábamos con cautela. Con la manga de la duvet limpió parte de la ventisca del capó. No me preguntó qué tal el ensayo, como otras veces. Yo tampoco pensaba en el ensayo, como otras veces. Mi mente estaba ocupada tratando de imaginar cuánto de cuánto de cuánto cabía en esos enormes libros llenos de palabras y de imágenes, si en uno solo parecía caber el mundo entero.

Llegamos sanos y salvos. No hubo ensayos durante más de mes y medio. Busqué entre los miles de libros que había en casa. Lo más parecido a un tomo de Espasa eran los dos volúmenes de la Historia Argentina de Levene, pero no eran el Espasa. Dejaron de alcanzarme los rojos del Summa Artis de Pijoan, que se deslomaron y me deslumbraron durante los nueve años anteriores.

De algún modo ese fue el principio de todo. O uno de los muchos principios de todo. Leer enciclopedias como si fueran libros, abrirlas por cualquier página, dejarme encontrar por una entrada, más que ir a su encuentro, ha sido desde entonces una especie de placer comodín, la ganzúa de todas las puertas. Consuelo, viaje sedentario, vacuna contra el bloqueo creativo.

En La Cifra, de Borges, hay un poema: ‘Al adquirir una enciclopedia’ que describe exactamente el sentimiento:

‘Aquí la vasta enciclopedia de Brockhaus
aquí los muchos y cargados volúmenes y el volumen del atlas,
aquí la devoción de Alemania,
aquí los neoplatónicos y los agnósticos,
aquí el primer Adán y Adán de Bremen,
aquí el tigre y el tártaro,
aquí la escrupulosa tipografía y el azul de los mares,
aquí la memoria del tiempo y los laberintos del tiempo,
aquí el error y la verdad,
aquí la dilatada miscelánea que sabe más que cualquier hombre,
aquí la suma de la larga vigilia.
Aquí también los ojos que no sirven, las manos que no aciertan las ilegibles páginas,
la dudosa penumbra de la ceguera, los muros que se alejan.
Pero también aquí una costumbre nueva,
de esta costumbre vieja, la casa,
una gravitación y una presencia,
el misterioso amor de las cosas
que nos ignoran y se ignoran’.

Enumeración ingente, posibilidad inagotable. Vértigo por ese ‘misterioso amor de las cosas que nos ignoran y se ignoran’.

Cuando en 1905, José Espasa e Hijos concibieron la quimera de alistar un ejército de sabios, estudiosos, bibliófilos, científicos y expertos para que llevaran al papel todo el exhaustivo saber del mundo desde sus principios, no podían imaginar que terminarían siendo ciento dieciséis tomos, setenta y dos del cuerpo principal, diez del apéndice, treinta y un suplementos desde 1934 a 1998, un index, un apéndice A-Z y un atlas. Ciento sesenta y cinco mil páginas, doscientos millones de palabras, ciento noventa y siete mil ilustraciones en negro, cuatro mil quinientas láminas a color, cinco millones de citas bibliográficas, cien mil biografías de célebres, pero sobre todo no imaginaron que sus libros, al principio vendidos por fascículos, harían tantos devotos, tantos amantes, tantos sedientos de más.

Nuestra forma de vivir ha cambiado. Nos cabe una pantalla de plasma en el salón, pero no una Espasa. Cuando queremos saber algo, abrimos la página de Google. El olvido siempre es a traición. Somos esquirlas de tiempo, hijos de la fugacidad, ya no el peregrino que va en busca del catálogo de catálogos, ya no es la felicidad extravagante de creer por un momento que podremos abarcar todos los libros, ni la ilusión de que no haya problema personal o mundial cuya elocuente solución no exista, pese a vivir frente a la luz de uno de los hexágonos de la Biblioteca de Babel de Borges.

La Espasa resiste. Su versión Cdrom la intenta jubilar oficialmente, justo para su centenario, pero sus fieles seguimos oliendo entre sus páginas como si fueran el pecho en canal de un hombre o los muslos de compás de una mujer; seguimos encontrando en ella lo que obras recientes han suprimido, seguimos abriéndola para el vaticinio, el bálsamo o la tranquilidad. Seguimos acariciando las estampaciones doradas y las imágenes de colores viejos, como si fueran cromos de niños. El tacto hace la pertenencia. El roce, el uso, la compañía, la intimidad, la lentitud.

La Espasa siempre fue sabia, pero se hizo vieja. Atrincherada en bibliotecas y despachos estudiosos, muestrario minucioso de la vida, nos recuerda que cada pared de cada calle de cada estancia es el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, que cada rostro que se nos cruza por la calle es Sócrates, que estamos empezando a aprenderlo todo, que no sabemos nada, y que por eso estamos vivos.

La enfermera me entregó la bolsa azul de plástico. Su ropa, un libro, un boli mordido, la dentadura postiza, varios clips, una montaña de papelitos con listas de asuntos pendientes y un presupuesto para comprar una Espasa. Mi padre se sabía acorralado por la muerte cuando hizo números. Pero ahí están, de su puño y letra: tomos, cuotas mensuales, el teléfono del librero. Cuando un padre nos deja, nacemos por segunda vez de forma muy brusca, desaparecen los asideros de golpe y nos quedan entre las manos las ambiciones e ilusiones que mantenía vivas cuando dejó de respirar, como un regalo. Para él el conocimiento representaba la esperanza. Me dejó – nos dejó – esa esperanza, la posibilidad siempre intacta del conocimiento, que es mucho más útil que una suma de dinero para un hijo. Empezó a servirme aquella misma mañana de febrero en que la responsabilidad y la felicidad pasaron a depender sólo de mí.

Cien años no son nada. Una Espasa puede ser cuanto queramos que sea. Cualquier biblioteca del mundo servirá para refugiarme. Siempre tendré una enciclopedia para creer que todo es posible.

Nota marginal
El florido byte recomienda: Enciclopedia Espasa. Historia de una aventura editorial. Philippe Castellano. Madrid, Espasa Calpe, 2000. ISBN: 84 239 9325 6

24 de noviembre de 2005
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