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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

El teléfono no dejaba de sonar. Han desconectado la clavija para una tregua. Ten cuidado con lo que deseas, dice el refrán, porque puede cumplirse. Así ha sido y ahora qué hacer, con el cuerpo hecho a larga siesta, tanta pregunta, tanta ceremonia, tanto periodista. Años esperando el Nacional de las Letras, tantos que ahora, desde la perspectiva de quien tienta a la muerte en el umbral, todo parece lejano, casi uno de esos sueños espesos en las marismas de Malcorta y Salgadera. “Ya era hora” comenta, como si el asunto del premio hubiera sido algo inevitable, en el buen y mal sentido. Como reconocimiento y como carga. Como decepción también: es tan escaso el tiempo que nos queda, que sabe a póstumo. Le delata el tono de los acorralados cuando lo dice. Casi fríos en la fragua, los materiales del deseo candente, la prosa pulida al punto, el esmero estilístico impregnado de los olores y sabores del sur, empiezan a sonar a silencio, a eco en casa de indiano cerrada, a pana rasgada de señorito de provincias en las noches de Madrid, la bohemia.

Ya era hora, pensamos también sus lectores, preguntándonos si la boutade del Premio Torrevieja no fue un modo de acelerar el trámite. Cuántos escritores se han ido del mundo sin que el Nobel o el Cervantes o el Nacional de las Letras llegara. A veces a la justicia hay que darle apremio. El mundo, ya sin entrar en literaturas, está en franca decadencia.

Dice que sólo le interesan las historias bien contadas y si no es así es mejor narrarlas de viva voz. Dice que tras dos naufragios –uno en Colombia, otro en el Guadalquivir-, salir indemne de un tercero le daría pasaporte a la inmortalidad, asunto engorroso donde los haya. Dice estar haciendo noche en los arrabales de la senectud. Dice estar escribiendo en cada poema sus últimas voluntades. Dice que el comercio y la literatura son algo así como aceite y agua. Dice.

Puede darse el lujo de decir. Le avala esa primera decisión propia que fue dejar por vocación y principios, la carrera de Náutica y Astronomía, Filosofía y Letras en Sevilla, la vida de acomodo y el mar de Cádiz para irse a la Capital a probar suerte, con todo lo que eso implicaba entonces, desgracia y disgusto de la familia, las expectativas de hacerle un hombre de bien, yéndose al garete. Le avala la renuncia a varios premios y a un sillón en la Academia. Le avalan sus afanes en el Grupo Poético de los 50 – José Agustín Goytisolo, Ángel González, Gil de Biedma, Brines, Costafreda, Valente, Claudio Rodríguez – la ética y la estética antifranquista.

Puede darse el lujo. Escribió, entre un buen puñado de obras clave, Ágata ojo de gato, Dos días de Septiembre, Campo de Agramante y Toda la noche oyeron pasar pájaros.

Ha sido y es un escritor discontinuo, intermitente. Un lexicógrafo apasionado. Un enamorado del lenguaje. El lenguaje es como sangre o jerez empapando el surco.

Caballero Bonald es lenguaje.

Es ese lenguaje (ruido que se oye antes de producirse), que dibuja la realidad y la demencia y la estupidez hasta hacerlas palpables, siamesas, cara y cruz de la misma moneda. Lenguaje barroco aspirando a la claridad de la escritura, celestineo virtuoso de adjetivos y sustantivos hasta la misma asfixia.

También es la Sierra de Cádiz y Sanlúcar. El lomo en manteca, los boquerones, la dorada a la sal, las tripas del pescado en la lonja, el sexo de canícula, la manzanilla, el sonido de las herraduras castigando los adoquines, la luz blanquísima sobre las fachadas coloniales, la sangre habanera, el refinamiento aristocrático francés, las contradicciones del que cree algo en contra de su propia cuna, el cante en la claridad de los patios, la intensa fragancia de flores en las bodegas, el culo de las niñas en la Alameda vieja, las dunas, Manuela, las ciénagas, la almadraba, el normando loco, Doñana, el malecón (los malecones).

Lenguaje doblegando la realidad.

Debajo está, como en la sangre de muchos grandes escritores, el pulso de un niño leyendo a London, a Salgari, a Stevenson. El ansia de muchacho tuberculoso que tuvo mucho tiempo para leer, para pensar, para soñar y enamorarse.

Dice “Nadie que no sea un irreflexivo deja de titubear una y otra vez a propósito de la remodelación verídica de los propios hechos vividos. ¿Dónde acaba lo posible y empieza lo fidedigno? ¿Dónde lo imaginario y dónde lo verosímil? ¿Cuándo se olvida a sabiendas y cuándo se borran inadvertidamente los recuerdos?”

Y lo hace teniendo muy presente el pasado porque le sobra, consciente de no tener futuro.

Por eso puede darse el lujo de decir. Porque era hora.

26 de noviembre de 2005
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