El rey moro, alcaides, cadís, alfaquís y meftís de Granada y Albaicín entregaron la Alhambra y Ahizán con sus puertas, fortalezas y arrabales a los reyes Católicos, asumiéndoles desde entonces como señores naturales, dejando como prenda y rehén quinientos allegados de los principales, los cuarenta días que mediasen entre las capitulaciones y su cumplimiento.
Los reyes dieron palabra de no formar escándalo y de entrar por la puerta de Bib Lacha o la de Bibnest, alejadas del centro. Se establecieron los términos de la ordenanza, la mudanza, los recaudos, el bastimento y el castigo a quien hiciese carnicería de cristiano.
Fue el vigésimo octavo día del mes de noviembre del año de nuestra salvación de mil cuatrocientos noventa y uno.
Martin Amis, en una de sus recientes visitas a España, comentó que el fundamentalismo islámico se entiende, de alguna manera, por esta tensión entre el sentimiento de omnipotencia de los hombres y la inhabilidad de transformarlo en poder político. Es una reacción a siglos de hombres humillados. Ya tras perder la Alhambra, quedó la célebre frase de la madre del sultán, que le dijo: “No llores como mujer por lo que no supiste defender como hombre”.
Es más profundo y más simple que Boabdil entregando las llaves en el lienzo de Pradilla. Es el mundo-laberinto. El mito del eterno retorno. El olvido de la continuidad y sucesión de los hechos. La angustia de la historia. Destrucción cíclica. Barbarie. Fracaso de la cultura. O si se quiere, karma. Todo vuelve para pasarnos cuenta.
El fundamentalismo islámico es espejo de nuestras acciones pasadas en el centro de Minos. Pateras llegando. Ciudades ardiendo.
El ocaso de Occidente tras la puerta de Bib Lacha, hoy, quinientos catorce años después.