Fue, como muchos artistas, un niño convaleciente. Huérfano a los cuatro años, malaria perniciosa a los cinco, escuela a salto de mata, meses encerrado en un cuarto de donde pocas veces salía, leyendo todo el tiempo. Padre muerto de meningitis, hermana de desesperación, madre ahogada. A los doce, cuando la convalecencia concluyó, por sus venas sólo corría el deseo de viajar. Quince años, libérrimos, aventureros y anárquicos por Europa, antes de ser diplomático. El resplandor del exceso. La vida que hay que vivir para después dar alimento al voraz animal de la obra. Eco de experiencia para hacer solvente el discurso.
¿Qué es la literatura sino la vida retratada con intensidad? Flash de una cámara que detiene el tiempo en un instante preciso. “Desde hace cuarenta años escribo un diario. A veces leo unos pasajes de distintos años. De repente salta la serpiente y se pone en movimiento. Doy unidad a lo disperso, a lo antagónico y de pronto estoy ya en la novela”. “Estoy muy cerca del budismo. Mi conducta y mi temperamento coinciden con aquella moral; no he envidiado ni calumniado a nadie, vivo como un franciscano, pero en una casa y un jardín que cuesta un dineral para mantenerlos, no me aburro nunca, paso temporadas en soledad y cercano a la naturaleza. De lo único que no podría prescindir son los perros”.
Recortes de entrevistas. Ahora que está casi sordo, casi son una meditación, un viaje hipnótico. No me hagan volver allí. El cadáver de la madre cuando la sacaron del río. Varios días en una casa desconocida, con su hermano y una sirvienta. Después de tanto dolor, si no te abraza la muerte, la palabra es veta de la vida, y la vida rapto de bravura. Sólo lo terrible ocurre rápido. Uno debe contar lo propio como si hubiera sido contemplado de principio a fin por un desconocido indiferente.
Traducir a Conrad, a Henry James, a Witold Gombrowicz, a Andrzejewski, a Chejov es otra cosa. Orfebrería de amante, proximidad absoluta. Debemos a Pitol algunas de las páginas de la literatura europea mejor traducidas del último siglo.
Los veranos de la infancia en el ingenio de azúcar. Pelar el texto como se pela la caña. Chupar la caña con fruición, escupir, volver a chupar. En el telar de la palabra es posible ser íntimo: página a página, como en un álbum de fotos, todos los Sergios Pitol que hacen el arte de su fuga, instantáneas del mundo por un filtro semejante a las pesadillas de El Bosco. Los pecados, el Jardín de las Delicias. Ternura, inocencia, colisión terrible contra lo visible y lo invisible, la nostalgia rapiñando las galas de lo que fue, zopilote carroñero. Ceniza de papel entre las manos, belleza y horror, sólo memoria. Sarcasmo, asombro, risa, estupor.
La obra de Pitol es un espejo. “Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios”.
Uno es, simplemente, pero también lo que le salva. Tiene una amiga que siempre le hace bromas espantosas, como despertarle para anunciarle premios que no han sido. Por eso cuando Carmen Calvo le despertó, le resultó difícil creerle.
Necesitaba el Cervantes. Estaba obsesionado, al menos es lo que dice Vila Matas. Hasta el punto que sus amigos temían la gran decepción, si no se lo daban. Feliz. Feliz. Feliz. Así se ha declarado. Y remite a “El arte de la fuga” (Anagrama) y “El mago de Viena” (Pretextos) para ahorrarse explicaciones sobre su vida – la más reciente -, una mañana contestando al teléfono y concediendo entrevistas le ha dejado completamente afónico.
En palabras de Víctor García de la Concha, el jurado del Cervantes ha valorado “su tarea como traductor, importantísima para los hispanohablantes, su doble dimensión de novelista y ensayista y su capacidad para adelantarse a lo que son tendencias muy acentuadas en los últimos años de lo que es la novela abierta, que integra no sólo la narración, sino la reflexión y el ensayo, es decir, una fusión de géneros”.
Quizá fuera más sencillo premiar el largo rapto de bravura. La tarea ingente que se impuso, de llevar el mundo a los umbrales del papel. Las ciudades y sus fantasmas. Ese Pitol que siempre es otro.