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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Escribió su teléfono en la palma de mi mano, con un bic negro, punta fina. Dolió. Pensé: ‘quiere asegurarse de que no lo olvide’. Me sopló un beso con una mano, agarrándose al asidero de la puerta con la otra. El autocar desapareció tras el recodo de la estación. Volví sobre mis pasos, recordando las dos noches juntos en el hostal Oriente. Terminará por casarse con su novio de toda la vida. Terminará haciendo ajuar del olvido que quiere bordar en mi mano. También su nombre se irá perdiendo, con los meses. Su vientre curvo en la memoria. Sus pechos pequeños rozando mis mejillas. Todo se perderá, sin dejar huella.

‘¿Seguirás queriéndome cuando te haya dado lo que quieres?’ ‘Por supuesto’. Con qué facilidad arma el deseo una mentira.

Domingos de fútbol. Caña y pincho al salir del trabajo. La rutina de ir colocando las equis del boleto de quiniela. ¿Novia formal? Tú lo que tienes que hacer es correrte un ciento más de juergas, ir de putas, disfrutar mientras puedas, que después vienen suegras, hijos, echándote el lazo y el yugo. Qué dices de casarte, no jodas. ¿Lo habéis oído? ¡El Moncho quiere casársenos!.

Los primeros cuatro días, Doña Paca daba voces por el pasillo. ‘Moncho, hijo, es una moza que dice que llama desde Asturias’. ‘Díagale que no estoy, Doña Paca’. ‘Tú sabrás, hijo, tú sabrás. ¿No será la chica que estuvo aquí contigo, no? Yo si quieres, le doy tu recado, pero mejor es que si tienes algo de lo que arrepentirte, des la cara cuanto antes. Te lo digo por vieja, que son años los que cargan estos huesos, y no pocos.’

Al quinto día se me puso mal cuerpo. ‘Va a ser la gripe’, gruñó el Pellas, tirando de los guantes con los dientes para escupirse los callos. ‘Hoy te tomas un ponche cargado, te abrigas y la sudas, que hay que terminar esto en marzo y el capataz está que muerde’. Se me doblaban las rodillas. Hacía frío. Un frío húmedo, calahuesos. ‘Eh, vosotros, ¿sabéis de alguna cabina por aquí cerca?’. Alguien gritó desde el andamio ‘junto a la farmacia Velarde tienes una’.

Oía mi propia respiración, ampliada y corta, al andar. Veía el vaho escapando de mi boca. Me froté las manos, les eché el aliento. Anticipé la voz de la madre o del padre, en el ultramarinos. La de ella no, estaría arriba, cuidando a su abuela, encamada.

Saqué una moneda de cinco duros, reluciente, del bolsillo de tergal. La metí en la ranura, estiré los dedos para leer el del número. Se habían borrado varias cifras. El para siempre se lo llevan fácil agua, jabón y cinco días de trabajo. Probé a llamar, combinando números. Contestaron dos mujeres, un bedel de colegio, dos veces la voz de una operadora. ¿En qué pueblo dijo que vivía? ¿Cómo dijo que se llamaba la tienda de ultramarinos? Al final fueron muchas monedas de cinco duros, y una voz, rota de pena ‘¿Diga?’ ‘¿Es ahí donde vive Amalia?’.

A veces el silencio lo dice todo, o el llanto que le sigue. ‘¿Quién eres?’. ‘Un amigo’. ‘¿No te has enterado, criatura?’.

A veces a las palabras las ronda la muerte. ‘¿De qué tenía que enterarme?’. ‘Amalia se nos fue ayer. La encontraron en el bosque, colgando de un árbol. Qué desgracia más grande, hijo, qué desgracia más grande. ¿Y tú de qué la conocías?’

Sería la madre. Nunca lo supe. Colgué deprisa, como si el auricular quemara. El número del tatuaje es de una tienda de ultramarinos que ya no existe.

¿Qué si la quería? No. No la quería. ¿Y tú? ¿Ahora que lo sabes, me quieres?

6 de diciembre de 2005
el olvido provoca morir de tristeza aunque de ningún árbol cuelgue un cuerpo, nos morimos de a poquito, desde adentro.
lindo tu post…
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