el florido byteTOP 100 WEBLOGS .
edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

13. Nadie dice:

Siento el retraso Olvido, el aeropuerto quedó fuera de juego. No estoy aún en nuestra habitación del Chiado, pero en esta espera -que es melaza, o barro a veces- llegué ya mil veces, como un animal clandestino, tras el olor de tu nuca, viéndote en la oscuridad de cada parpadeo: una película antigua que repite el bucle de Olvido desnuda, la ofrecida, la que abrazo y refugia el hombre que soy, la que guía mis manos sobre su cuerpo, la que me da pechos que son como ríos, la que hace mi hogar con piernas en enredadera, la que gira sobre la cama y alza sus manos ofreciendo una cuerda, un nudo apenas, un pañuelo a los ojos, esa alianza.

Mil veces llegando a tu habitación de hotel: no hay pasaje que -tras él- no deje vislumbrar tu cara, o esa forma de andar a saltitos, o los libros -que son tan tú- sobre el regazo. Amantes dejando pistas y rumbo, aún lejanos, amantes sobre la piel, fronteras. Entraré en ti y todo quedará atrás. O nunca. Tiraré los mapas. Lisboa. Regency Chiado. 27. Hoy.

publicado en Orsai el 23 de marzo de 2005


14. Olvido:

Viaja la lengua del lóbulo al cuello, como cruzando el estrecho, a las costas de África, ronda la nuca como las naos de conquista, temerosa de los abismos y es la mano la que finalmente se adentra enervada, en el rumor del placer a través de la ropa, incendiando el de los huecos que siembra de paso, se elevan las nalgas, se ofrecen, a estas alturas, qué inútil la cautela, qué inútil el rumor de la calle cuando, felizmente acotada por tu asedio, y después del gemido último, noto el mordisco en la boca del estómago. ¿Cuántas horas llevamos sin comer? ¿Es realmente hambre? No quiero abandonar nunca este reducto. No quiero la calle. No quiero mirar alrededor, ni ver la maleta.

Sólo mirarte, ebria al trasluz. Qué haré si un día el ansia me traiciona. Qué haré.

Llama tú al servicio de habitaciones.


15. Nadie dice:

El tiempo hace laberintos, Olvido. La memoria acepta pérdidas, y sobre esos huecos que parecen nada, construyo el hombre que ahora soy rumbo a Lisboa, volando diez años tarde para tocarte de nuevo, tras el click que abrió en el navegador el blog que ahora escribes, y después de mil correos y el número de tu móvil. 'Nadie dice: olvida quien puede', titulaste tu bitácora. Una foto en la esquina izquierda sonríe a los secretos, al rumor latente que has sido en mi cabeza: una mujer dormida que escribe novelas y que, sin yo saberlo, desde entonces me habita, iluminada, a medio cielo de aquí, bajo las nubes que rondan el aeropuerto da Portela, diciendo 'soy contigo': diluye así aquella mano que entonces no nos dimos, la desidia lenta, el laberinto que dibujamos para confundir nuestra casa, la cita traicionada que fue, eficaz, una feroz excusa. Melancólica, dulce tristeza del Chiado. Tu boca en precipicio.


16. Olvido:

El frasco del odio estaba cerrado para nosotros.

el texto original intentó publicarse en el sistema de comentarios de el frasco del odio, pero parece que no traspasó la moderación de su autor.

publicado en Consideraciones para la máquina el 24 de marzo de 2005


17. Olvido:

Haces cálculo aproximado del riesgo y después obedeces al instinto, echando a correr hacia adelante. No hace falta valor, sólo un parpadeo que poder convertir en ceguera. La vida no es nada sin riesgo ¿o sí?. Doy vueltas por la habitación, sola, esperándote, como un pez atorado en las redes por las branquias. Enciendo y apago la tele, preguntándome cómo he llegado hasta aquí, pero sin voluntad real de encontrar la respuesta. Quiero tocarte, tocarte, tocarte. Olvidarme de la que tomó la decisión de venir, perderme en ti y basta. Apenas he salido, pensarás que soy idiota, a mis pies se abre la terrible hermosura de una ciudad decadente. No quiero dejar el hotel, por si llegas, finalmente, para qué perder más tiempo del que ya perdimos. Esto me recuerda a la última vez que te vi. ¿Qué pasó? Años después, no me alcanza el hambre para arrepentirme y sin embargo, sigo sin saber por qué discutimos y siento tu ausencia en el pecho como si se me hubiera escapado la vida. No. No hace falta coraje, sólo un parpadeo que poder convertir en ceguera. Me he masturbado diez veces desde que estoy aquí.




2 de abril de 2005
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