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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

18. Olvido:

Empeora mi costumbre de citarte en lugares que han cerrado. Se afila como un cuchillo la intemperie.

El bombeo de tu sangre entre mis sienes, entre mis muslos, con precisión de metrónomo. Parece que nunca llegas, que nunca has sido. Espero.


19. Nadie dice:

Tengo mi boca en tu nuca, Olvido, respiro de ti como un pez recién sacado del agua. 'Sabrás olvidar', dijiste. Respondí: 'olvida quien puede'. Son mis manos que escriben en tu vientre las letras de mi nombre, el aire que silba sobre los árboles, más allá, en el jardín del motel barato donde tanto te gustaba verme, siempre llegando primera, esperándome desnuda, como una mujer sin otra vida que su propia piel, sin otra historia que su sonrisa en Madrid Rocks, junto a los viejos vinilos de la Jefferson Airplane, la risa a medias, los ojos como redes, tu mano que me roza en caja: '¿me hablas?', dices, 'ya quisiera', repuse, y -después- treinta pasos para evitar mi nombre, 'vale así, sólo eso', sin saber entonces ni después cual era mi trabajo, si vengo del Sur o detesto la chistorra: 'conduce rápido', dices, y fue la Joplin rasgando kilómetros oscuros, las luces de la autovía convirtiendo al mundo en un cine mate y mudo.

'Entra', Motel Las Canalejas; es tu risa en el ventanuco de recepción, tu manera de andar a saltitos por el pasillo asaltado de radios y el ensayo octanado de un contrabajista torpe, tu manera de brincar sobre la cama y los chirridos de sus muelles bajo tu sonrisa, tus dedos en mi boca, el silencio que sólo impides cuando dices 'insúltame, dáme, dáme'; el vértigo impreciso, la fuerza de mis manos sobre tu cuello dirigidas por tus piernas anillando mi espalda, los gritos libres del gozo, ocultando el mundo, como una tormenta surgida entonces y que ya nunca he abandonado.

Es una larga fila hasta la salida del embarque. Hora de comer. Llego tarde a tu cita en Lisboa. Te llamaré en el taxi, camino del hotel, diez años tarde.


20. Olvido:

He salido, por fin. Lisboa, el mundo, la gente parece no existir. De pronto, he tenido miedo, ansia de tu mano en la multitud. El tiempo sola, el dar vueltas, quizá, el pasar días absorta en el recuerdo de tu cuerpo. Has cambiado, pude apreciarlo observándote al salir del trabajo, aquellos tres días de locura. Nunca había hecho algo así. Deseo tu cuerpo ahora, no como entonces, no como en el motel, saltando sobre la cama con el pelo suelto, loco, rojo sobre los hombros. Ahora soy otra, ahora quiero más adentro y que me cruce un dolor de placer todos los nervios, ahora quiero certeza y orden en el tacto. Cierta brutalidad intencionada. Hemos cambiado, pero creo que seguimos siendo complementarios. Aún así, temo no gustarte, no gustarnos.

En una de las callejas del Barrio Alto un hombre joven al que le pregunté por la calle de los alfarrabistas, me miró las tetas y tragó saliva. Qué hermosa palabra, "alfarrabio", manuscrito, libro viejo. Comí cualquier cosa, ya me conoces, vi tus mensajes, dormí un rato. Te soñé. Esperarte es eterno.


21. Nadie dice:

Girabas los relojes contra la pared para no verlos, 'son pistas para morirse', decías; ahora no estás aquí -en este cuartelillo del aeropuerto da Portela- para hacer que el tiempo otra vez se detenga, para descolgar la caja digital que, frente a mi silla, va marcando cada minuto que pasa con un golpe seco, como una puerta cerrada sin diligencia, como pasos en la oscuridad que voy contando en tanto el guardia no regresa. Han pasado dos horas desde aquella mano que tocó mi hombro en la cinta de equipajes: 'acompáñeme ahora', ordenó, y surgieron diez o doce policías y -sin responder preguntas ni considerar declaraciones- me empujaron (como una burbuja rápida en el río del pasaje) hasta esta habitación blanca, con una mesa y una silla (y ese reloj que tú no paras), para interrogarme, dijeron; descargaron mis bolsillos (y el móvil) en una bandeja que se llevaron; mi maleta casi vacía, abierta y desordenada, expuesta sobre la mesa: 'Sostiene Pereira', de Tabucchi, un Pergolesi, la muda de mañana, mi cepillo de dientes y los antiácidos despanzurrados sobre la madera. 'No, no soy Andurritxia, y no me importa si mi cara se le parece', pero era cierto, como un hermano, como si -tras esa cara que era tan mía- otro hombre viviera una parte de mi vida para mí hasta entonces secreta: 'llamen a la embajada'; espero sentado frente al reloj, mudo; nada pasa sino los números partidos del reloj que caen uno sobre otro, haciendo molinete, revolviendo cada minuto que paso aquí sabiendo que llego tarde a tu cita y que no puedo avisarte.

'Por favor, llamen'; cae la tarde y el rugido de los aviones tercia opaco, las luces cristalizan mi maleta y los brillos se clavan sobre las cosas como si fueran a quedar allí detenidas para siempre, a la espera de noticias, aguardando una puerta que sólo se abre cuando regresa el agente que me detuvo y deposita sobre la mesa un teléfono móvil; dice: 'puede hacer una llamada', y miro el Motorola aún girando sobre la mesa, junto al Stabat Mater, sin decidir qué llamada quiero hacer: si la que descuelgue el abogado que me sacará de aquí o la que lleva a tu voz, que me espera en el hotel, que dice mi nombre, esa voz que ríe hablando en mi boca, la voz que me citó a mil millas de mi vieja vida, la voz de la mujer que paraba los relojes antes de amarme, y que, diez años después, me espera en un hotel contando sin pudor las primeras horas de su abandono.


22. Olvido:

Fue una de las primeras cosas que mi madre me enseñó a hacer: una maleta. Para que quepa todo, para que no se arrugue la ropa, para que lo esencial se encuentre con sólo deslizar una mano por una abertura de la cremallera. El orden afecta al equilibrio y a la sensación de peso que se arrastra. Una maleta es lo que uno lleva de sí mismo como exiliado al mundo. Contiene los objetos de la salvación en lugar extraño. Los olores de la seguridad.

Preparo la maleta del regreso con el corazón en un puño. No es decepción, sino algo más grave: sospecha de tiempo perdido, de única ocasión desperdiciada.

Tengo un amigo que si supiera de este encuentro frustrado diría que somos personajes de Hitchcock, pero ni yo soy rubia, ni tú Cary Grant.

El neceser arriba. La chaqueta del traje a mano, quiere echarse a llover.

¿Por qué tardé tanto en llamarte? ¿Qué me lo impidió? ¿Por qué no me contestas ahora que lo hago? ¿Para qué hacerme venir tan lejos? Bastaba decir no, tengo una vida, suena seductor eso de echar atrás el tiempo, pero ya no tenemos edad de cometer errores ni hacernos ilusiones románticas. Quizá te asusté, pero entonces, cuando nos conocimos, ya era vehemente, no te he engañado. ¿Entonces qué pasó? Tengo que dejar libre la habitación a las 12. No dejo de imaginar los ecos de tu voz, los gemidos, la densa atmósfera del sexo, las risas, ni en cómo hubieran vestido estas paredes de tránsito, ahora tan planas e inhóspitas. Me digo "una vez más" y marco tu número y lo dejo sonar y finalmente apago, con la sensación de que soy yo la que se apaga.

El vuelo se me hará eterno, como estos dos días.

El resto de la vida se me hará eterna, como estos dos días. El clic de la ficha al cerrarse la puerta me provoca un escalofrío. Sonríe la muchacha que va a borrar todo rastro de esta habitación en la que fui contigo, nueva, limpia, aunque no llegaras. La oigo asomarse cuando descubre la propina que dejé sobre el cristal de la mesa: "Obrigada", con voz alegre, con voz de algo que bulle, con voz de todo lo que aún puede ser y se pierde por el pasillo, mientras llamo al ascensor.

publicado en eCuaderno y retirado por el autor de ese blog el 27 de marzo de 2005.

Así termina la historia: la realidad imita a la ficción.




3 de abril de 2005
El comentario en cuestión fue eliminado en una sesión de limpieza de spam, pero ya lo he recuperado.
gracias, José Luis.
sin problemas: quedó interesante que el desencuentro propuesto en la ficción se produjera también en la realidad.
un saludo.
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