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edición nimage : 21 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘La víctima es siempre un cuerpo muerto que pasa del ayer a los recuerdos. Aún cuando el criminal muere, entre la muerte del asesinado y del asesino hay toda la diferencia de la muerte victimaria de una oveja ignorada y la muerte, rodeada de pasión y de grandeza.’
Hildegart Rodríguez

Se acercó a la cama turca, en la que descansaba su hija, en deshabillé amarillo, sin otra ropa interior. Desnudó el pecho y disparó al esternón, realizando otros tres tiros de revólver: dos a la cara y uno al cuello. Sin peinar, pisando una carta destrozada en el suelo, se colocó el abrigo, dio indicaciones a la portera de avisar a alguien para recoger los perros y el gato y abandonó el domicilio, en la calle Galileo 57, para encaminarse al despacho del abogado Botella Asensi. Allí se declaró autora del crimen y la noticia saltó a las portada de los periódicos y tabloides del país. Era sábado. 10 de junio de 1933. El primer rotativo en dar la noticia fue Ahora, ofreciendo toda clase de datos truculentos sobre la desgracia. Asensi fue levantado de la cama y el juez de guardia tardó en presentarse. Estaba instruyendo el levantamiento del cadáver de una mujer aplastada por un ascensor.

Aurora Rodríguez Carballeira nació en Ferrol, en una familia que los vecinos consideraban ‘estrafalaria’. Creció, corpulenta, masculina, brusca, embebida en la teórica del socialismo utópico. Quizá todo hubiera quedado en eso, si su hermana no hubiera abandonado a su hijo, parido de soltera, y si el niño, Pepito Arriola, no se hubiera convertido en un prodigio de la música bajo la dedicada tutela de Aurora. Cuando esto sucedió, la madre biológica reclamó la custodia, lo que la perturbó seriamente. Fue entonces que empezó a elaborar su plan megalomaníaco: engendrar, criar y educar a una niña para ser la nueva Mesías, convencida de la eficacia absoluta de su método pedagógico.

Se definía a sí misma como asexual y en ocasiones hermafrodita pura. Rechazaba la homosexualidad, considerándola una aberración. Entendía la masturbación como un vicio insano. El cuerpo de los hombres y de las mujeres le resultaba igualmente repugnante, el único objeto del coito en su opinión, era la reproducción controlada. Era defensora de la eugenesia y una ferviente (aunque contradictoria) apóstol de Wilhelm Reich. Buscó un semental que se ajustara a sus pretensiones. Bien parecido, inteligente, elegante, lector fervoroso. Fueron precisas ‘tres afrentas a su carne’ en un recoleto chalé a las afueras de Betanzos para quedarse embarazada. Durante la gestación se sometió a una dieta nutritiva rigurosa, a ejercicios calisténicos y ponía el reloj despertador a cada hora para cambiar de postura mientras dormía, para no perturbar el desarrollo del feto.

Llamó a su hija Hildegart. Jamás la besó. No dejó que otras personas le hablaran ni la tocaran hasta los quince años. La convirtió en una niña esclava. A los tres sabía leer y escribir perfectamente. A los ocho dominaba seis idiomas, a los dieciséis se doctoró en derecho, a los diecisiete empezó su carrera de medicina. En poco tiempo se convirtió en una oradora vehemente, admirada y aborrecida a partes iguales, que no iba ni al aseo sin su madre, pero daba mítines en todo el país, escribía artículos como si su mente fuera una máquina de hacer butifarra, todos en torno a ideas socialistas, liberación sexual, eugenesia y abolicionismo, carteándose frenéticamente con Havelock Ellis y H.G. Wells, que estaban absolutamente prendados de ella. Fue una de las figuras de aquellos convulsos años políticos de la República.

Pero entonces algo se torció. ‘La herencia cromosomática del padre contenía genes con los que la madre mesiánica no había previsto’ y empezaron a manifestarse en Hildegart. Pese a su brillantez era gruesa, poco agraciada, con una extraña expresión de oligofrenia en el rostro, pero empezó a cuidarse, a adelgazar, a maquillarse, a vestirse mejor y a mantener correspondencia platónica con un joven teniente de Alcalde, Abel Velilla. Era bastante obvio que se había enamorado y que se estaba volviendo atractiva para los hombres. Aurora se sintió amenazada por esos cambios y Hildegart opuso por primera vez resistencia a su posesividad claustrofóbica, declarando la intención de vivir por su cuenta. Aurora le exigió abandonar de inmediato la carrera política y la insana correspondecia amorosa, so pena de suicidarse. Hildegart hizo caso omiso al chantaje. La criada testificó durante el juicio que los dos meses previos al crimen fueron de continuos y violentos altercados entre ambas. En opinión de la Madre Frankenstein, habían aflorado en ella comportamientos que traicionaban el destino para el cual la había creado y decidió ‘suprimir su obra sublime con un acto sublime, ya que cuaquier madre es capaz de parir, pero no de matar a sus hijos. La facultad de dar la vida lleva implícita la de quitarla, pero requiere gran valor’. Al parecer, la carta rota a los pies del cadáver era una misiva amorosa.

Aurora Rodríguez fue incomunicada.

El catafalco blanco de Hildegart, a hombros de varios hombres del Centro Republicano General, recorrió la calle Echegaray en medio de una muchedumbre en silencio unánime. Caían flores de los balcones, todo olía a nardos y a claveles. Uno de los que acompañó el féretro fue Luis Companys. El duelo se despidió en la Plaza de Cánovas, pero muchos la acompañaron a pie hasta Ventas y finalmente al Cementerio Civil.

Antonio Vallejo Nájera (padre) director del Manicomio de Ciempozuelos, y más tarde célebre como el responsable más directo de la caza y desaparición de niños rojos durante el franquismo, además de promulgar la esterilización eugenésica masiva en atrasados, entre otras barrabasadas, declaró durante la fase pericial del juicio en el que la inculpada admitió, entre episodios de verborrea, arrebato místico y ofuscación, haber matado a su hija con premeditación, contradiciéndose en varias ocasiones y diciendo que ella misma había pedido ser mártir en nombre de la causa que las dos representaban. Nadie se puso de acuerdo acerca de la salud mental de la asesina. Los masones la expulsaron de la logia femenina a la que perteneció (en la cual llevaba el nombre de Ara Sais) y la Amnistía General del 36 no la favoreció. Poco antes había sido trasladada a Ciempozuelos, donde murió de cáncer rectal en 1954, negándose a mantener trato con nadie más que con un gato al que cuidaba amorosamente, convencida de que se trataba de la reencarnación de Hildegart.

Años después del crimen, la criada, Julia Sáez, que fue discreta en el juicio, concedió una entrevista a partir de la cual se pueden reconstruir los últimos diez días de Hildegart. Un verdadero secuestro. Aurora cortó el teléfono, le prohibió recibir correspondencia, comunicarse de algún modo con el exterior, y dejó claro que su vínculo con el mundo había terminado, por haberse convertido en un ‘engendro vulgar’ muy lejos de la existencia que tan duramente había trabajado por darle. Hildegart entró en una espiral depresiva, lo cual hace pensar que las declaraciones de Aurora -’me suplicó que la matase’- pudieran tener algún fundamento. Quizá no encontró otra forma de liberarse de su madre mesiánica.

Tras escuchar su condena, Aurora Rodríguez celebró haber sido reconocida en la lucidez de sus actos y prometió vivir ‘lo que le restase de vida entre los nobles muros de la prisión, continuando con su apostolado con más fervor y entusiasmo que nunca’.

En su último artículo, Hildegart había escrito ‘No puede pensar en liberar a nadie quien no ha empezado por liberarse a sí mismo’.

17 de diciembre de 2005
Podrías decirme si es posible conseguir y donde la entrevista que Julia Sáez, la criada, concedió años después?

Gracias.

Shivah
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