La piedra guarda memoria de sus viajes. Busto la llamaron en la Alcudia. Dama después, los franceses. A tumbos, en carro, por el bancal. Casi en otoño, en un vapor a Marsella con escala en Barcelona. De ahí al Louvre. Cuarenta años de aburrimiento bajo una campana de vidrio. Para pasar la guerra, fletada a un castillo de Toulousse. En el 41 a Port Bou. El 10 de febrero, de Port Bou a Madrid, encomienda varada en la gélida Estación del Mediodía. Del andén al Prado, para ocupar la gran crujía central. Del Museo del Prado al Arqueológico. En el 58, la visita que el viejo Campello le hizo en el Prado, con las lágrimas perdiéndose entre los hondos surcos de sus mejillas. Trajo el olor de la tierra, la infección melancólica del palmar. Las manos nudosas de quien la sacó a la luz con un pico y alpargatas de esparto. ¿Qué fue de aquel muchacho? ¿Ha muerto, verdad? El tiempo lento de la caliza que ve agotarse todas las cosas. Bella y muda Imago mortis.
Tal vez sea el viaje a casa en un dos caballos, en 1965, el único que le valió una grieta. La revista Dígame (Rotativo Gráfico Semanal) anunció su regreso como el de una celebridad: “Esa es la noticia que, autorizado el traslado por el organismo ministerial correspondiente, la famosa Dama de Elche permanecerá ocho o diez días en ‘su pueblo’ durante el mes de noviembre próximo. En noviembre volverá a Elche la Reina Mora. Días de júbilo bajo los palmerales de la industriosa población. Los ilicitanos y las palmeras la guardan con los brazos abiertos”.
Qué viaje, aquel. Como una hippy en un dos caballos, volviendo a casa, casi libre. Podía oler el mar a través de las ventanillas. Ahora se ponen guantes para tocarla y habrá entre su vitrina y la gente un foso con puente levadizo.