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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Sillas musicales.
Jugábamos con frecuencia a las sillas musicales. Los dos solos, en una habitación despojada de otros muebles, silenciosa. Cascada de cabello rojo. Labios hinchados de placer. Regazo tibio y nalgas blancas.

Osne.
Ven. Dame. Ten. Guarda el momento en que dejamos de ser nosotros para ser nosotros.

Horror cotidiano.
En la jaula colonial cantaban para él, tristes, los engendros de lo que no había sido. Sonata del horror cotidiano, dos voces, tres o cuatro tiempos, arrojándose sin prisa por el patio de luz.

Hyokusai.
La gran ola rompió en sus ojos. Para mí, la última tarde.

Seda y garra.
Nudo de seda, la carne. Amor mío, ven a cebar halcones.

La indocumentada.
El amor acabaría en el momento en que ella recobrase su identidad, Su verdadero nombre: los días de Mostar terminados.

Mefisto.
Finalmente, tras las siete noches pactadas, soltó a la bestia del mal absoluto. Parecía inofensiva, un chucho de callejón acobardado por los golpes. La bestia lamió sus pies sin dejar de medir con ojos rojos la distancia entre su sexo y la áspera lengua. Ella encendió un Gauloise con otro.
¿De dónde sacaste esta caja de cerillas? –preguntó, por decir algo. Mefisto sonrió. Tal fue su respuesta: un enigma.

4 de febrero de 2006
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