Nos dieron unas señas. Ana tenía miedo, pero su necesidad de sacárselo era mayor que el miedo a sufrir. Yo tenía miedo de perder a Ana, de que nos pararan en un control. Tenía miedo de no llegar a tiempo para estudiar: andaba con el examen de la Preu entre ceja y ceja. Iba a hacerme falta más de una copita para templar los nervios. Ana frotaba la tela de su falda con inquietud. Al mirarla de reojo, veía su gesto desencajado. Más de una vez estuve a punto de dar la vuelta para regresar. Ya nos arreglaríamos. Tuve la impresión de ser parte de un mal sueño.
La mujer nos hizo pasar a un cuartucho. Fue ahí que empecé a sentir los espasmos en el estómago. Tantas veces don Ramón, nuestro médico de toda la vida, me ha preguntado si recuerdo cómo y cuándo empezó mi úlcera… y yo respondo con evasivas, aún pudiendo responder con exactitud. Ana, sin embargo, sacó fuerzas de flaqueza, reunió en un instante toda su sangre fría y entró con la vieja en la otra habitación. La oí aullar. Me sentí morir.
Dos chicas que no tendrían más edad que nosotros me la devolvieron blanca como el papel. Pagué. Se fueron en ese sobre todos mis ahorros de seis años, la cartilla quedó a cero, mi vida quedó a cero. Aún no había encontrado la forma de justificarlo, pero no importaba. Me ayudaron a subirla al coche. Fui todo el trayecto preguntándole ‘¿cómo estás?’.
Respondía ‘bien’ al principio, pero al cabo de un rato fue como si un sopor la fuera encogiendo en el asiento de atrás. Estuve a punto de dar un bandazo al cruzarme con un camión de pollos con matrícula de Burgos.
Se puso a llover. Ella dejó de contestar. Me detuve en el arcén. Me di cuenta de que estaba fría y de que el tapizado estaba lleno de sangre. Arranqué, conduje como un loco hasta la gasolinera. La cargué sobre mi hombro, nos metimos en los servicios. Caímos los dos sobre los azulejos. Su espalda apoyada en mi pecho. Los azulejos estaban limpios. Olía fuerte a lejía y a hierro. No recuerdo el pánico. Sólo que yo me iba en ese río, y ella en mis brazos. Lo demás, ya lo sabes.