Le está dedicando a la puta rumana el último y más humano de sus esfuerzos sobrehumanos. Ni la rabia me queda, ni esas ganas al principio de rociarle la cara con ácido sulfúrico. Por la piel lisa que no me va a devolver nadie. Siempre tuve las tetas pequeñas y se me cayeron.
Estuvo a mi lado el tiempo que nos llevó pagar la hipoteca. Los primeros dos años, sin lavadora, en una casa gris de los suburbios, dejando de comer porque no había dinero para comprarme otra falda. ‘Yo puedo mantenerte, dijo, me gusta que estés en casa, no puedo escribir si no sé que estás en casa’. Bohemios de mierda, todos iguales. Pero fue con ella con quien hizo el viaje de bodas. Una vuelta al mundo, nada menos. Llegué treinta años tarde al Premio Planeta. La culpa es mía. No tengo aspiraciones, me conformo con limosnas, parece que nací con el deseo atrofiado. Después del segundo, no más sexo, no más roce, para qué. Un día encontró al amor de su vida. Hasta los chicos la quieren más que a mí. Ni siquiera puedo decir que se lo reproche. Fui yo la primera en dejar de quererle, pero era mío. Su carisma era mío, su sexo era mío para no usarlo nunca. Su prestigio era mío. Hasta que la muerte nos separe. Lo dijo en una iglesia llena, no me lo estoy inventando.