Volverá toda noche de insomnio: minuciosa. La mano que esto escribe renacerá del mismo vientre. Férreos ejércitos construirán el abismo.
Jorge Luis Borges, La Noche Cíclica.
24 marzo 1976 – 24 marzo 2006
Se arrojaron tinieblas sobre la ciudad, con ropa de fajina y peso de plomo. Se patearon puertas, se oyeron gritos y disparos, se vieron fuegos tras los que se respiró olor a carne quemada, pasaron aviones y después cayeron cuerpos dormidos sobre aguas turbias. Con un perverso truco de ilusionismo se desvanecieron la risa particular, el latido particular, el futuro particular, el sueño particular de miles de personas, borrando casi toda huella de una generación y dejando en precario la siguiente.
Después de treinta años, la profunda herida se resiste a las suturas. La memoria es un labio, y el otro labio el olvido. Entre ambos, una boca de lamento y furia, la arritmia del lenguaje intentando explicar lo que no tiene justificación posible.
¿Qué dignidad le queda a la palabra después de Auschwitz, del Gulag, de Argentina, de Srebrenica, de Abu Ghraib? ¿Quién puede decir que estuvo allí y que le crean, mirar ciertas fachadas y escuchar su confesión sin interrumpir con los clichés y las consignas de siempre?
Uno se pregunta como Borges si volveremos en un ciclo segundo como vuelven las cifras de una fracción periódica, uno se pregunta qué parte de la verdad, qué parte del rencor, qué aullido visceral de la tortura hay que resignar para seguir creyendo en algo inocente y se culpa de traición por no encontrar fuerzas para seguir manteniendo la mirada fija en el pasado.
¿Pero es posible la esperanza si la justicia no consigue averiguar los mecanismos de la pesadilla? ¿Habrá próxima vez si desatendemos la restauración que tenemos entre manos?
No se puede confiar en el sueño de una bestia cebada. Tarde o temprano despierta, recuerda la sangre y vuelve a salir, a la hora de las predaciones. Me lo pregunto insistentemente estos días en medio de la celebración por la tregua de ETA. No estoy segura de que en esta negociación se esté protegiendo la memoria de las víctimas. Tampoco olvido que los GAL se entrenaron durante un tiempo en los centros de detención clandestinos de Buenos Aires.
Podríamos repetir una tras otra las palabras que nos impiden negar aquello en que el ser humano es capaz de convertirse. Picana, golpes, submarino, parrilla, pentonaval, capucha, pecera, boleta, traslado. Genocidio. Podríamos marcar con enormes cruces rojas e indelebles los lugares del espanto: Esma, Campo de Mayo, Pozo de Bánfield, Quilmes, Orletti, Olimpo, Arana. Podríamos instalar altavoces en todas las esquinas y reproducir los sonidos agónicos, mezclados con tangos de Piazzolla, con la Marcha de San Lorenzo, con discursos de Hitler. Somos animales de costumbres, pronto dejamos de ver lo que vemos todos los días. Somos cobardes, vemos sólo lo que nos interesa ver, oímos lo que queremos oír. La memoria es voluntaria y selectiva, y el olvido puede sobrevenir por exceso de memoria. El hombre siempre ha sido lobo para el hombre y su noche, cíclica.
Salimos a la calle con fervor patriótico en el 78. En la prórroga de la final entre Argentina y Holanda, el penalti de Rensenbrink dio con el palo, y las botas de Kempes hicieron el resto. Gracias a ese trágico momento de pan y circo, las Madres de Mayo tuvieron la ocasión de hacerse oír en Holanda. Ese fue el principio de algo más importante que la vida o que la muerte misma: el conocimiento, la aceptación de una verdad difícil de admitir, la revelación de algo siniestro: los engranajes del exterminio no se detuvieron en el juicio de Nuremberg. La noche de la victoria, un represor salió con una de sus torturadas a festejar y ella se preguntó ‘¿para qué gritar, para qué pedir socorro, esta noche a quién va a importarle, quién va a oírme?’ Desde las gradas se tiraba confeti y se celebraba el triunfo, mientras la gente se lanzaba a la calle, sintiéndose uno solo, en la Esma el aparato torturador no descansaba ni de día ni de noche, a un ritmo industrial, en el secreto a voces, como ocurría con el Zyklon B en las cámaras de Auschwitz. Las cenizas hacían espeso el Vístula. Los trenes estacionaban en Birkenau y bajaban prisioneros, como ganado. Seis millones de judíos. Eran ellos mismos, con otra identidad, los que sufrían en los quirófanos de la Esma. Ellos mismos, otra vez. Podía oírse el dolor de los apremios tras los muros. El miedo afirmó sus consignas: No te metás, algo habrán hecho. Éramos nosotros. Algunos historiadores incluso tuvieron el valor de sugerir que el Holocausto jamás sucedió.
El 2 de abril de 1982 ya se contaban por miles los desaparecidos y ‘caídos en enfrentamiento’, pero salimos en un delirio colectivo a celebrar la soberanía de las Islas Malvinas. La Plaza de Mayo se llenó hasta los topes, los gritos de triunfalismo callaron los de la tortura y vitoreamos a Galtieri, nuestro líder en la empresa. “Hemos recuperado salvaguardando el honor nacional, sin rencores, pero con la firmeza que las circunstancias exigen, las Islas Australes que integran por legítimo derecho el patrimonio nacional. Bla bla bla. El pueblo quiere saber de que se trata, las circunstancias hacen que ejerza la Primera Magistratura del país, como Presidente de la Nación, representando a todos ustedes. Bla Bla Bla. Acá están reunidos obreros, empresarios, intelectuales, todos los órdenes de la vida nacional, en unión nacional en procura del bienestar del país y su dignidad. Que sepa el mundo, América, que un pueblo con voluntad decidida como el Pueblo Argentino: Si quieren venir que vengan les presentaremos batalla”. Un ejército de adolescentes mal pertrechados acabó hundido en la turba de los pozos de zorro, muerto de hambre y de frío. En la derrota se hicieron dolorosamente obvias nuestra soberbia, nuestra inmadurez, nuestra resistencia a vivir en lo real, nuestras contradicciones y nuestra falta total de autocrítica. El hombre que escupía sus bravatas en el balcón y al que aplaudíamos enfervorizados era un genocida, un borracho, la cabeza parlante de un régimen dictatorial tensando la cuerda al extremo. No nos importó.
Argentina se ha hecho a sí misma de chiripa y a pulso de efemérides. Se ha contado a sí misma las letras de todos los tangos desde Cambalache, pasando por Malena hasta el Sur de Homero Manzi. Se ha construido como un territorio de novela de realismo mágico: alternando olvido, adorno y recuerdo oportunista, repitiendo hasta la saciedad ciertas cosas hasta hacerlas reales. Ha convertido en arte negar lo evidente. Se ha resistido a creer que algo iba mal hasta que la clase media se vio obligada a hurgar en las basuras y los niños empezaron a morirse de desnutrición en las villas de emergencia y en los pueblos lejanos de provincias. Ni infamia ni miseria han conseguido que dejemos de considerar a Maradona un dios, ni de cultivar nuestra proverbial arrogancia (Argentina potencia), ni de creer que se nos debe algo porque acogimos la riada inmigrante de Europa cuando se quedó sin pan a principios del siglo XX, ni disuadirnos que todo se arreglará por obra y gracia de Freud, un estudiado cirujeo y un poco de suerte.
Hoy por hoy nos gobierna un especulador y un presunto asesino. Antes lo hizo un ladrón que nos dijo una y otra vez “síganme que no los voy a defraudar”. Se llevó hasta los fusibles, sin siquiera darnos la ocasión de apagar la luz antes de irnos.
No conviene en una fecha como hoy mentar los dos demonios, ni hablar de las bombas de antes, ni de la connivencia general tras el golpe, ni de los partes de guerra Montoneros (que consideraban guerra lo que más tarde se negó como tal), ni del silencio culpable de todos, ni de la delirante Operación Algeciras en la que pretendíamos – ex montoneros y militares en comandita – volar Gibraltar.
No conviene hablar de Hebe Bonafini durante el 11-S y menos aún de su oscura historia personal. No estamos preparados para tragar con esa parte de la historia. No conviene poner al día las cifras totales, en crudo, ni abrir el segundo libro de contabilidad. Sería como invocar las oscuras fuerzas que Sábato nombró en Sobre Héroes y Tumbas. Despertar a los dioses de la noche, de la melancolía y del suicidio. A los dioses de las ratas y las cavernas, de los murciélagos, de las cucarachas. A los violentos e inescrutables dioses del sueño y de la muerte. A los dioses de las tinieblas, del incesto y del crimen.
Uno prefiere pensar en lo que esa oscuridad dejó como resto útil de naufragio. La ardiente tenacidad de Madres Fundadoras y Abuelas, un caudal de literatura y de buen cine, que explora la verdad desde ese lugar en el que aún nos avenimos a contemplarnos, como si fuera un espejo, de faz o cuerpo entero, dependiendo de nuestro valor. Alerta y reacción más rápidas frente a otros excesos de poder. Y sobre todo preguntas, muchas preguntas, para ir elaborando respuestas, rellenando espacios, redondeando los vacíos éticos, señalando lo que de fijo y móvil tiene la identidad, lo que de público y privado, libre y obligatorio tienen memoria y olvido.
Uno necesita creer que tarde o temprano, la eterna adolescente que es Argentina, madurará asumiendo todo lo que fue y es como posibilidad, sin culpar a otros de sus muertos y sus fracasos. Ese día, probablemente, no será necesario defender la memoria a golpe de almanaque. Se recordará como se respira, y el olvido sólo se llevará el dolor, después de haber amarrado bien la conciencia a tierra firme.
Cuando la memoria histórica sea capaz de asentarse y arraigar como una planta fuerte, entonces comenzará el proceso de maduración de un país.
Cuando las dictaduras no reciban gratuitamente el apoyo de una parte de la sociedad, sobre el que agarrarse hasta su propia implosión, dejando un rastro de divisiones y odios a su paso.
En la frase “si no has hecho nada malo, no tienes nada que temer” se fundamentan todas las dictaduras que en el mundo son, o han sido.