Los hornos. Los dientes. El pelo. La grasa para jabón. El cielo de ceniza. Los árboles del límite, enfermos de espanto. La mano que lava, con ternura, una disentería ajena.
Ha de ser el mal incluido en esta plegaria. Han de ser los cuerpos velados siempre. Abre bien los ojos, niña. Es tuyo el cielo de la noche. Soporta un día más.
Hablarás por mí, por nosotros, por el corazón de un hombre justo.