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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

“Por favor una ayuda para comé yo y mi perro. Gracia”, escrito sobre cartón sucio, con letra en imprenta, de rotulador encontrado en la basura, quizás con la ayuda de una niña aplicada—el baluarte, dibujado en la esquina izquierda, un corazón con dos letras, en el centro inferior, una flor simple y un batman en la esquina derecha le hicieron pensar que era así—, una colchoneta verde, enrollada, sirviéndole de apoyo, una manta azul y sobre la manta azul, un perro pequeño, adiestrado para inspirar compasión como un animal de circo. El envoltorio vacío de bollería sobre la acera y las monedas de céntimo, en una suma que no daría ni para bocata ni para brik de vino peleón, terminaban de componer la naturaleza casi muerta. El vagabundo, sin embargo, estaba ausente.

Hacía calor. Avanzaba hacia el centro con los tobillos hinchados, el pelo recogido con una pinza roja, para ofrecer la nuca al aire. Qué implacable la memoria del cuerpo hasta cuando no tiene nada que recordar del lugar al que llega. No le contó cuánto costaba un sello a la Península desde Sidi Ifni en aquel tiempo de hambre ajena. Olvidó contarle tantas cosas. El ansia interrumpe todo lo que escape a su dominio, todo lo que recuerde a la escasez, al dolor y a la enfermedad, todo lo que recuerde a cualquier otro momento que no sea ese, bajo la ducha, sobre la cama, entre sábanas revueltas y esquinas prestadas, bajo el auspicio de una luz penumbrosa. La ciudad se convierte en un mundo cuando uno ama a uno de sus habitantes, sí. El ansia permitió leer algún soneto de Shakespeare, pero no llegar a Durrell. Ni a Durrell, ni al propio ejercicio de mal sueño, loco, sudoroso. El horror de la muerte, la necesidad de la muerte. Se dibujó con tiza una línea cauta, un límite para las extralimitaciones. Parecían ideas de adolescente lo que decía ser capaz de hacer por ti.

Esta vez, la maleta no pesó nada, sino su cuerpo, grave, más frágil y vacío que nunca. Habíais hablado de que un agujero negro no es más que gravedad enloquecida. Ahora su cuerpo arrastraba las cosas como un agujero negro. En el discman no dejaron de sonar la Chacona, el Réquiem, la Partita, el Stabat Mater, la Lacrimosa, el concierto para piano 23 de Mozart, desde la partida, hasta la desolación. Cambió cuatro veces las pilas. Una vez por cada tramo. Una vez por cada trasbordo, queriendo llegar al hotel, dejar correr agua fría sobre su espalda y recién entonces, pensar.

Pasó un autobús verde y amarillo con techo descubierto. Uno de esos que se ven por cualquier ciudad notable, para pasear la mirada de los turistas a gran velocidad por borrosos monumentos.

Él había dicho que al llegar, lo primero que se recuerda es el olor de la marisma. Cuánto tiempo fuera, y qué mala memoria, pensó. En cambio, llegaron arrasadores, bajo el sol vertical, los olores mezclados de fritura: chocos, croquetas, puntillitas y chipirones, hasta casi desmayarla.

Se llega a la raíz como en un trance, después de dar vueltas esquivando el punto que más oscuridad despide. Se llega a la cama tersa, desplomando todos los viajes, no ese viaje que cambia por completo la forma de pensar. Los desconchones, el raro tono de pintura como naranja ensuciado, el prusia de los azulejos, el blanco encalado que dura poco tiempo, las azoteas como un puzzle del que se han perdido la mitad de las piezas. Las palmeras. Cuál de esas piezas soy yo, terminó preguntándose. El aire. El mar. El rumor de ciudad feliz, ahogado en cada esquina.

No quiero que me veas llegar. No así. Verte sonriendo de ocasión me dolería. Yo, que te he amado brutal, poderoso, cruelmente tierno, poco compasivo. Los adoquines, como peinados con raya al medio, los viejos en calzado de rejilla bajo naranjos pequeños.

Vagabunda, ausente como el dueño del perro, ni siquiera pidió ayuda cuando ya no tenía fuerza para arrastrar su maleta un paso más. Su proverbial falta de sentido de la orientación no fue menos leal esta vez. Hizo un ademán de actriz francesa, se soltó el pelo sobre la cara, en un gesto de protegerse. Salió del laberinto de balcones con ropa tendida entrando de lleno en una plaza de fachadas viejas y galerías con persianas de caña. Te asustaba escribir cosas terribles, decirle sí al descreimiento absoluto, todo lo que mirabas se parecía aquellos días a La Habana mísera, y hasta las risas de los amigos se oían lejanas, casi como burlas.

Ella, que encarnó sin saberlo, los exilios que negaste (se trata de hacer anillos ¿recuerdas? no de cortar ramas o cambiar de árbol o de bosque), sin llegar a soltar del todo a aquel muchacho que ordenó el mundo y lo bautizó con nombres nuevos después de encarar el infierno y quemar sus pulmones bajo el agua, llegó a la pizzería y preguntó cómo llegar al hotel Monte. Un camarero de terraza hizo un esfuerzo amable por explicárselo todo y finalmente, una señora, que pasaba por ahí con su carrito de la compra, se ofreció a acompañarla fuera de los límites del espejismo. Parecía tu historia, parecía tu historia abrazándola, asfixiante y acogedora a la vez. La boca seca, un dolor familiar de latigazo en la espalda. ‘Tú no eres de aquí’ sentenció la mujer. Ella se apresuró a negarlo y a añadir que venía de regreso, después de mucho tiempo fuera. La señora respondió con un vehemente ‘pero si aún eres una niña, qué mucho tiempo va a ser ese’.

Aquel fue un período más cercano a la muerte que a la vida. De los naufragios se vuelve más vivo, dijiste. Las caretas del dolor y la soledad son grotescas. Por lo que fuera, no encontrasteis buen resguardo para el hambre, el sueño, el frío, el miedo, el tanto miedo al abordaje de los grandes trasatlánticos, el miedo a los bajos, a la costa, a la ola blanca que se cruza con sus fauces abiertas. Ella no tuvo pañol bajo el que tiritar bajo ese mediodía insolado, la señora hablando de todo, y sin escucharla. Cuando la angustia te inmoviliza siempre haces lo peor que puedes hacer. Entonces tienes que esperar a que el miedo se haga íntimo, salir a cubierta temblando, reconocer esa realidad como tuya, recibir la bofetada del sol y pensar que quizás el segundo aliento te alcance para llegar al agua fría, aunque la cabeza ya no te sirva para saber qué hacer.

‘Bueno, guapa’, dijo la señora. ‘Sigue por ahí, que en dos minutos estás en la puerta’. Le deseó suerte porque la necesitaba y se perdió por una calle, con algo de prisa. No se vio diferente del paisaje y nunca las palabras fueron menos importantes que ese día. Llegó el agua, como un milagro. Y finalmente él, con el horror a la temeridad consumada, con alivio, caricia a manotazos y atropello de excusas para torcer los compromisos de la tarde. Se hizo un silencio carnal, después de fue, y ella se durmió, con la vida cumplida. Sólo es bello lo que está acabando. Recuerda Lisboa. Recuerda los edificios apuntalados, las paredes viejas viniéndose unas encima de otras. Recuerda su abrazo que cabía en tu abrazo, como si el tiempo se hubiera llevado la mejor parte y hubieras conseguido salvar para ti el secreto de su alma.

Qué hermosos tus naufragios, le dijiste. Tu locura. Tu exceso.

Todo está, por fin, en orden.

11 de mayo de 2006
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