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edición nimage : 22 : 07 : 2006
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Para el viajero, lo peor de regresar de un viaje no son las esperas inútiles de los aeropuertos, ni los mil controles antes del avión, ni la incomodidad de los asientos, ni ese aterrizaje que nunca llega, ni la cinta transportadora de maletas que se chulea del pasaje con su impasibilidad, ni la tensión de estar pendiente del taxímetro para que no te sisen.

No. Para el viajero, lo peor de regresar del viaje es esa maleta semiabierta y sin deshacer que se queda en mitad de su habitación, ocupando todo el suelo por pequeña que sea. Esa ventana de par en par al mundo de caos en que se convirtió el cuidadoso orden que el viajero se empeñó en construir la noche antes de la partida. El cierre abierto con las solapas interiores vueltas del revés y la bolsa de ropa sucia coronando tres regalos de compromiso, una cámara usada contadas veces y dos libros que nunca fueron leídos, por olvidarse el viajero de meterlos en su escueta bolsa de mano.

El viajero no quiere deshacer el equipaje. Sabe que apenas cinco minutos bastan para meter lo poco limpio que ha quedado en sus cajones, para tirar, bolsa incluida, toda la ropa sucia a su cesto y para amontonar sobre la mesa el resto de objetos que serán pronto desperdigados entre amigos y conocidos. Pero no quiere hacerlo.

Observa la maleta, esa maleta dura que se compró para que le aguantase más y de la que ahora reniega porque le aumenta cinco kilos a su franquicia de equipaje, quiera o no. Que en cada viaje tiene más rayones y cuya combinación debe esforzarse cada vez para recordar, aunque sólo tenga tres cifras. Y menos mal, si tuviera letras hace ya tiempo que la habría tirado.

Abierta como la boca de un hipopótamo sonriente, mostrando al techo toda su intimidad o, al menos, lo que queda de ella, la maleta parece desafiarle con sus cremalleras apuntando al lomo… “Atrévete a cerrarme, cabrón, vamos, atrévete…”

Y el viajero no se atreve, aunque tenga que saltar para llegar a la cama, aunque sepa que mañana meterá el pie dentro y romperá uno de sus frascos de colonia, aunque tenga que volver tres veces desde el baño porque sus utensilios de afeitar están cada uno en un bolsillo. Y no se atreve.

El viajero tiene miedo de cerrar esa maleta, guardarla en un altillo, y que esa sea la última vez que la haya utilizado. Al viajero le da pánico no ser capaz de viajar de nuevo.

19 de mayo de 2006
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