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el florido byte: Principio de Arquímides | alquitara
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edición nimage : 21 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Papá, ¿me contarás hoy cómo rodaba la cabeza de Ana Bolena?... por favor.
Tu boca pequeña a rebosar de delicia turca. No debería viciarte de dulce después de la cena.
Papá...
Dime.
¿Cuántos días son la semana que viene? Siete. ¿Sabes una cosa? Tú no se lo digas, pero los peluches que trae Mamá de Londres no me gustan.
¿No te gustan? ¿Y eso por qué? Creía que te gustaba Paddington.
Bueno, Paddington me gusta un poco, porque lleva chubasquero, pero los demás son cursis.
¿Ah, sí?
Supercursis.
Pero no se lo digas cuando venga ¿eh?
No se lo diré, descuida.

Qué haré cuando la Predadora averigüe tu nombre y tus señas.
Qué haré cuando venga a darte malas noticias.
Ahogas al patito bien hondo en el agua jabonosa. El patito emerge, con su sonrisa perpetua, por terca que te pongas. Qué arte tienes para forzar el principio de Arquímides hasta que hay más agua fuera que dentro de la bañera. Me aterra que sepas tanto, me aterra que aprendas todo tan deprisa. Con dos años te declaraste más del Lobo que de Caperucita. Cerraste el libro, profundamente agraviada por la actitud del cazador. Porque, a qué venía lo de abrirle las tripas al pobre lobo. Tamaño abuso. A Perrault que también le decapiten, ya que estamos. Para qué perder más
tiempo en trámites con intransigentes.
Vas a coger frío, habría que ir saliendo ya de la bañera. No, no. Un ratito más. Porfa.
El borde luminoso de las radiografías, el gesto grave, la bata blanca, impoluta, se repiten entre tus risas, a cámara lenta. Vamos a hacer planes, con un poco de calma. Hay que ser optimistas. Serás una mujer fuerte. Lo llevas en los ojos, como una señal de fortuna. Serás de las que besan con saña, marcando al amante para los restos. Si no fuera tu padre, caería rendido a tus pies ahora mismo. Y pensar que me he pasado cinco años temiendo el día en que tu cuerpo,
al crecer, me robara estos momentos tan íntimos. Ahora quizás no tenga que hacer ese duelo. Es verdad que la mayor parte de lo que tememos nunca llega a ocurrir.
Lucía, que son casi las diez, tendrías que estar en la cama.
No, no. Que aún no me has contado cómo rodaba la cabeza de Ana Bolena.
Risa de sorcière, pompa de jabón. Cuanta más sangre y más grande el hacha del patíbulo, mejor. Que le corten la…
Por qué ésta sí y la Reina de Corazones no. Alicia es una lloricas, tanto lloró que casi se ahogó.
Ya está bien. De pie, soldado. No soy soldado, soy capitana. Vale, Capitana de la Pasa Arrugada, dese la vuelta, para que la líe en la toalla.
Papá...
Dime.
Perdona que te lo diga, pero no sabes contar las historias muy bien que digamos.
No sé si reir o llorar. Río porque siempre es mejor reir que llorar.
Ya lo sé. Soy el peor de los cuentacuentos de aquí al otro confín.
Pero es que es muy tarde, mi amor.

Papá...
¿Qué?
¿Confín viene de Con Fin? ¿Como en el Fin de los cuentos?
Algo así.
Lo piensas un instante y te sucede un eureka: ¡Ya entiendo! El confín es como un coloríncolorado.
Eso mismo.
Te seco con cuidado. Muy cerca de tu cara, veo aparecer la dichosa y ufana sonrisa sabihonda.
Papá...
Dime.
¿Verdad que soy lista?
La más lista, mi amor.
¿De todo el confín?
De todo el confín.
Papá.
Qué.
Como soy tan lista, yo sé lo que te pasa.
¿Y qué me pasa? Que le has visto las orejas al lobo, pero lo que tú no sabes es que el lobo en el fondo es buena gente.
¿Ah sí? ¿El lobo es buena gente? Sí. Muy buena gente.
Arrugas el ceño, mientras soportas estoicamente la punta de la toalla en las orejas y los tirones de pelo. Tu madre no debería perderse ni una sola de estas ceremonias.
¿Sabes una cosa, Papá?
¿Qué cosa?
A mí Caperucita no me cae bien porque la ‘víntima’ del cuento es el pobre lobo.
Así que la ‘víntima’ es el lobo. ¿Y eso por qué?
Porque los cuentos de niños los hacen los mentirosos. ¿Y sabes por qué lo sé?
¿Por qué, mi vida?
Porque Caperucita llevaba en la cesta veinte cuchillos bien afilados.
Qué horror. ¿Y para qué llevaba los cuchillos? Porque era una ‘piscópata’.
¿Una ‘piscópata’? Mejor te cuento por enésima vez cómo rodó la cabeza de Ana Bolena, mejor que sepas ahora que eran seis dedos y no tres tetas. Mejor que sepas ahora que siempre tuviste razón. Las orejas del lobo son el menor de nuestros males.
Y una chivata. ¿O quién crees que llamó al cazador?
Volvamos al patíbulo.
¿Había mucha sangre? Mucha. ¿Y salpicó? Sí, salpicó. ¿Y a más de un metro? A más de un metro. ¿Pero a que no jugaron con la cabeza a la pelota? No. ¿Cómo iban a hacer algo así? Ay Papá. Tú eres demasiado bueno. A las personas les da gusto hacer cosas malas.
¿Y eso por qué?
Por la vocecita mala que tienen en la cabeza.
De dónde habrás sacado tú eso.
Yo también tengo una vocecita en la cabeza.
Menos mal, pienso. Menos mal que no te dejo desvalida. El mundo está lleno de Caperucitas ‘piscópatas’.
Una vez le corté la cabeza a la Nancy y jugué a la pelota.
Algo habrá hecho la Nancy para merecerlo.
Pero no fue muy divertido. La vocecita dijo que era aburrido.
No quiero preguntarte por la vocecita buena. ¿Te servirá para ser feliz?
El nudo en la garganta no deja bajar saliva.
Ahora que me doy cuenta, en esta cama hay una niña glotona que no se ha cepillado los dientes. Mira que le voy a decir a Leila que no más delicias turcas ¿eh?
Papá, tú mira el lado bueno: el ratoncito Pérez se va a poner supercontento ¿A que sí?
Sí, mi amor. Muy contento.
No apagues la luz de las estrellitas ¿vale? Y no pienses que tengo miedo ¿eh? Es para que no tropieces al salir, que los osos de Mamá arrugan las alfombras. No apagues ¿eh?
No, mi amor, no apago.
Duerme.

24 de mayo de 2006
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