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el florido byte: Lola y el Cancerbero | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘Para que veas hasta qué punto el nombre puede salvarte la vida’, comentó, sin dejar de observar el trasiego de paraguas a través del vidrio de la cafetería en la que nos encontramos. Sopló la espuma del café despejando sobre el agua negra un espacio por el que hundir el terrón de azúcar, después alzó la mirada, clavándola en la mía hasta que tuve que bajarla, como cuando era un niño y me pillaban mintiendo.

‘Apaga el chisme’, ordenó, mientras buscaba un mechero para encender el cigarrillo. Apagué la grabadora y le ofrecí fuego. No era una Brigid O’Shaughnessy, ni tampoco una Iva Archer, y no soy Sam Spade, pero la mujer que tenía delante había hundido el ‘La Paloma’ sola y con sus propias manos. Por alguna razón, había decidido hablar conmigo acerca del asunto, en un pueblo del norte y con la Guardia Civil pisándole los talones. También se le habían atribuído las ejecuciones a sangre fría de tres tipos importantes y un secuestro largo, de mucha repercusión, unos años atrás. Yo mismo cubrí dos meses la noticia. El pobre empresario murió de neumonía en cautiverio y lo dejaron tendido sobre un banco de plaza la mañana de Navidad. Una voz femenina—probablemente la suya—dio las indicaciones para localizarle. ‘No lo esperen vivo’ advirtió antes de colgar.

Tenía el pelo corto y los rasgos endurecidos. Ojeras, arrugas prematuras, el rictus de quien ha dado y visto mucha muerte. Txanton iba a hacer el trabajo con ella, pero le dio un cólico nefrítico la víspera. Decidió hacerlo sola. Cargó ella misma los explosivos, con el barro que había, con lo fácil que era resbalar, con la que estaba cayendo esa noche y a pesar de que él se lo prohibió. ‘Tú no eres quién para mandar nada, estás tan acabado como yo’ fue su respuesta mientras le pinchaba la buscapina. ‘Y aguanta. Cómo sois de coñazo los tíos cuando os ponéis enfermos’.

Me pregunto cómo sonará esa frase en euskera.

Interrumpió el relato para preguntarme si yo tenía hermanos. Contesté que soy hijo único. ‘Pena’ dijo. Los hijos únicos nunca llegan a saber lo que es querer de verdad a alguien. ‘Yo tengo una hermana. Fani. Fíjate lo que son las cosas: está casada con un picoleto y dicen que es feliz. Tiene cuatro niños. No los conozco. Me hubiera gustado. ¿sabes? Algunas personas se las arreglan para ser felices, aunque se mueran de hambre, aunque vivan en una mugrienta casa cuartel. Ella es de esa clase de persona’.

Calló un par de minutos. Le costaba hablar. Bajó con café tibio el nudo en la garganta.

Mi trabajo consiste escuchar y hacer buenas preguntas, pero por un momento, se me cruzó por la mente que cualquiera de los finales posibles de esa tarde podría ser un buen final para mí. Echar un polvo con ella en una pensión cualquiera. La deseaba, sin saber muy bien por qué. Me espantó pensar que sentía más por ella que por la mujer con la que estuve doce años casado. Segundo final alternativo: volar por los aires. Caer a su lado, si de pronto entrasen y ella se resistiese. Salir de allí con una crónica en primera plana. ‘¿Quieres que te diga por qué lo hice? Llevo veinte años en esto, desde los 17. No sé cómo me metí. Creí en eso porque no tenía otra cosa en la que creer. Una vez que estás dentro no puedes salir. Los de la vieja guardia ya no sabemos vivir de otra manera. ¿No oíste nunca a ese asesino a sueldo que cuando lo dejó no podía dormir y llamaba al mismo programa de radio todas las noches para contar su historia? Una vez lo oí y me dije, joder, la gente, qué fácil pierde la rosca. Ahora me pasa lo mismo. Me entran ganas de pegarme un tiro cada vez que los oigo hablar de negociación. A los ‘nuestros’ y a los otros. Te alucinaría saber cómo llegamos aquí. Acabamos convertidos en sicarios. Ciertos muertos no salen en las cuentas. Peleábamos por qué. República de qué. País de qué. Yo no sé por qué me la he jugado, el caso es que me la jugué. ¿Ahora qué? Hace quince años que Fani no me habla. No conozco a mis sobrinos’.

Entonces se levantó el jersey de lana, dejando el vientre a descubierto. Se abrió los dos primeros botones del vaquero, dejando asomar por el borde de las bragas un vello rojizo, hermoso, distinto al tono y calidad de su pelo. Me mostró la cicatriz carnicera. ‘Peritonitis. No podíamos salir del refugio. Me operó uno que había hecho dos años de enfermería. Ya no podría tener hijos, aunque quisiera. No sé ni cómo te lo estoy contando. No sé hacer más que poner bombas, esconderme, huir y volver a poner bombas. Es una especie de pulso, de ritmo. Ya no lo hago por las ideas. Estoy cansada de las ideas. Lo hago para saber que sigo viva. Si paro, se acabó’.

¿Por qué el ‘La Paloma’? ¿Por qué un pesquero listo para zarpar a las Feroe a la madrugada siguiente? ¿Por qué no el puerto mismo? La dársena de inflamables, por ejemplo. Porque no había explosivo suficiente, porque el ‘La Paloma’ era, de todos los de último armador que pagaba el impuesto, era el que estaba más a mano. Porque la tripulación estaba gastando la última noche en la cubierta del atunero del atraque contiguo, porque había mucho ruido y el panameño que hacía guardia llevaba tiempo sin follar.

El caso es que un buque de pasaje de la línea de Portsmouth resultó dañado por el fuego. Eso fue, más que el atentado al pesquero o el fin de la tregua, lo que hizo removerse todo como un avispero. Lo que tenía que decir me caía del cielo como el maná, pero a esas alturas de la conversación sólo me interesaba la muerte tomando cuerpo en ella, el brillo de los ojos al relatar el modo en que se encendió el combustible tras la explosión. Mi propia muerte en ella. La muerte de las ideas. El cansancio de las ideas. Recuerdo que me pregunté: ¿y si la felicidad esencial fuera vaciarse como esta mujer de todo sentimiento, de todo remordimiento, de toda duda y avanzar, de la nada a la nada hasta dar con el nudo de la nada misma?

Después de cambiarse de ropa y tirar la segunda mochila al agua, subió al coche y salió de puerto justo cuando el agua prendió en llamas. La acorralaron en un control en Santurce. Sacó los documentos falsos. Lola Fernández Blanco. Sus labores. Según contó, ni siquiera tuvo el subidón de adrenalina de siempre. Se hizo la desorientada. Fingió estar bebida. El caramelo de licor que aún tenía en la boca y que le ofreció el panameño antes de desplomarse por el culatazo, le dio una coartada. El guardia hizo una señal, vino otro. Enfocaron el interior del coche con la linterna, la hicieron bajar, revisaron las ruedas, el maletero, los bajos de los asientos, la cachearon, le husmearon el aliento. ‘¿Qué estaba haciendo por aquí?’ ‘Chupársela a uno en un barco de ahí’.

‘Déjala. Ésta no es. Está hasta el culo de alcohol. Es sólo una puta. ¿No ves que ni se ha enterado del pepinazo?’. Sonaban sirenas por todas partes. El otro tuvo dudas. Algo le decía que era ni puta, ni estaba borracha. ‘La Lola se fue a los puertos’ murmuró para sí el primero. A mi madre le encantaba Juanita Reina. Se pasaba el día cantando copla. Tarareó una melodía y acabó cantando ‘me duele el sentío de tanto sufrir…’ ‘Váyase y dé gracias a que esto no haya sido un control de alcoholemia’. Para cuando se dieron cuenta del error, ya estaba guardada en el caserío. Ciento cincuenta kilómetros tarareando el mismo pedazo de copla. Me duele el sentío de tanto sufrir. A su madre, maqueta, y a pesar de ser asturiana, también le gustaba Juanita Reina. El destino es caprichoso. A veces la vida depende de una asociación de palabras en la mente del otro.

Me tocó la mano. Me la rozó, mejor dicho, buscando el mechero. La tenía helada. Se la cogí. Se la apreté. Me ofreció la otra. Las acerqué a mi boca, se las soplé. Nos miramos.

Entonces entró el perro. Un pitbull negro. El dueño estaba pidiendo un carajillo en la barra. Átalo y ponle el bozal, dijo el camarero. No lo quiero andando entre los clientes. El pitbull se sentó junto a ella. Como si fuera su dueña, como si la conociera íntimamente. Ella soltó mis manos para acariciarle y la siguió cuando se levantó para ir a la barra. Compró tabaco, pidió cambio, hizo una llamada de teléfono. Volvió conmigo, y el perro se sentó nuevamente a su lado.

‘Cancerbero’ dijo ella, esbozando una sonrisa triste. ‘El demonio del pozo ha venido a por mí’. Se inclinó sobre el perro, el perro lamió su cara. ‘Estoy cansada ¿sabes?’ comentó sin mirarme. ‘Estoy que no puedo con mi culo’.

Miró el reloj. Revolvió su mochila de cuero. Sacó un móvil. Abrió la carcasa, sacó la tarjeta, me la entregó. ‘Abur, tío’. No te vayas, quise decir. O vámonos a alguna parte. Conozco un hotel. No pensé en el peligro. No pensé en nada. Parecía muy frágil. Olvidé durante una hora quién era, soplé sus manos frías manchadas de sangre. La quise en una cama. La quise para mí. Para abrazarla. Para redimirla. Yo qué sé para qué la quise. Me vi a mí mismo como si fuera otro.

Se puso el abrigo, unas gafas oscuras. Salió. El perro salió tras ella. El dueño del perro tras los dos. El camarero gritó desde la barra algo en euskera.

Olvidó su mochila. Quise salir tras ella. Oí voces. Dos tiros. Quizás tres. Todo lo demás ocurrió muy deprisa. No sé cómo, conseguí esconder la tarjeta en el dispensador de servilletas. Cuando di mis credenciales del periódico, y tras una noche de indagatoria, me soltaron, volví y seguía allí. Por suerte, estaba lleno y no lo habían cambiado de mesa.

Había borrado todo de la tarjeta, salvo el número de Fani y una autollamada en el buzón, para ella.

El perro también cayó en el tiroteo. El dueño del perro no paraba de gritar que ese animal era su medio de ganarse el pan, que quién iba a darle de comer a sus hijos.

Llovió sin parar tres días seguidos. Sigo calado hasta los huesos.

30 de mayo de 2006
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