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el florido byte: El estupor | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó’.
Franz Kafka, El silencio de las sirenas.

Surge de la carne muerta sin dolor, suave, se extiende como mancha de humedad en una pared blanca, como gota de aceite en el mantel, como la tinta que señala en el papel la última frontera de la sombra. Surge de la tierra proponiendo una resurrección furtiva, este amor que no busqué y me hurga con saña los huecos, aún los incapaces de sentir más que el golpe de la próxima ola que viene, el viento que rasga sobre cubierta los paños de antes y amansa la curtiembre de traiciones tempranas y tardías, anzuelo cruzado en la voz que encuentra tan poco ya que decir.

Surge en forma de palabra o quizás de recuerdo, surge como promesa que no va a cumplirse. Es tenaz y va adueñándose mansa del hombre que no voy a ser, tampoco por ella que gana cada esfuerzo a pulso—jugándose, tal vez, todo su amor por la vida—. Dice que piensa amarme hasta que todo acabe y después, quiero creer en su canto, no debo, no puedo, me amarro al palo mayor con las fuerzas reservadas para la última apuesta, confío en el barniz que sella la música y en las maromas que sujetan el pulso del desbocamiento y en la lealtad de los hombres que fui para completar la travesía.

Ahora que no hay horizonte y el turbión gira loco sobre sí mismo sin decidirse a tragarme, ella inventa una calma en el centro, perfecciona sus espejismos, diluye el lodo esperando que elija su pecho blanco y su boca cálida para rendirme, aún a sabiendas de que no lo haré. Y es el dolor de saber que lo sabe, de saberlo yo mismo lo que me mantiene despierto, el deseo de salvarla causándole un desgarro más eficaz que el que otros le causaron antes.

Quiero gritarle ‘márchate’ como a un animalito de intemperie que promete eterna fidelidad con los ojos a cambio de un poco de pan y otro de abrigo, pero mi mano se niega y se enreda en su pelo, los dedos se atropellan por acariciarla. Un susurro interior enumera las ventajas: es pequeña, come poco, ocupa poco sitio, enseña los dientes cuando alguien te amenaza, pero no sé si quiero, si puedo o si me queda algo que darle, aunque haya decidido no ver mis sombras, juntar los pedazos que restañó el fuego de los límites, parirme como otro vientre parió a mis hijos multiplicando por cinco mis albas al mundo.

El pedernal en que me convierto de día lo deshace con ternura de noche, robándome el peso que preciso para alcanzar de una vez el silencio oscuro del fondo, habla y habla para mí, lanza cabos de voz melodiosa, recuerda buques salvados de otros inviernos, besa mis ojos nublados por la espuma ácida que se encrespa. Se desnuda, erótica, invocando mis deseos predadores, gotea antídotos cuando con más afán doy cuenta de los venenos, se enamora como una adolescente de la consistencia mineral de mi alma, dice ‘es plata’, obligándome a desmentirlo. Dice terciopelo, rubí, obligándome a decir sangre que escapa. Dice mañana, yo nunca. Dice todo, yo nada.

Quién dijo que cada muerte nos recuerda la propia. Es siempre otra vida que nos recuerda lo que queda por vivir. Quiero decirle que el mar baldío me gusta baldío, quiero encontrar las palabras para mostrarle hasta qué punto es acogedora la definitiva ausencia, pero entonces dudo: sé que si me ausento, se ausentará conmigo de todo lo que ama, de los que podrían amarla con más voluntad de la que yo pongo en ello. A veces puedo ver en su plenitud el cumplimiento de mi vacío y siento la urgencia de expulsarla, como aquel amanecer su cuerpo de una cama ajena. Entonces la veo escribiendo, abre mucho los ojos, como si forcejeara por arrebatarle al horror algo bello y quiero leer su mente como lee la mía, y matarla por hacer lenta mi muerte con sus dulces modos y traerla a la vida entre mis manos, ser el artífice de todo su goce, y que diga mi nombre en voz alta, y golpearla por traicionar el diminuendo con un crescendo que huele a café y a naranjas, a lejía de suelos siempre limpios, a posibilidad intacta.

La amo tanto como a veces llego a odiarla. Sigo a su lado porque a los monstruos de mi estupor les gusta echarse a sus pies, como si le pertenecieran.

3 de junio de 2006

el estupor cae bien en mi cumpleaños 54

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