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el florido byte: El paseo a oscuras | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo’.
Gabriel García Márquez, Cien Años de Soledad.

Nada hay nuevo bajo el sol, de modo que el acto creativo consiste en empujar o romper las reglas, asociar u ordenar lo ya existente, delimitar el mensaje a un marco o liberarlo de él, decir lo ya dicho de una forma que tenga la cualidad del origen.

Las dudas surgen cuando hay que decidir entre dos formas de posicionarse frente al resultado.

1. La forma zen: hacer sin sentido de recompensa ni crítica, olvidando el propósito en el acto mismo, olvidando al destinatario, cancelando los juicios y el apego a todo cuanto ocurrió en la mente antes de su realización.

2. La creatividad planificada, estructurada, consciente de propósito y audiencia.

En cualquiera de los casos, la única manera de liberar lo que suele llamarse inspiración es separar la fase de producir de la de perfeccionar, tener clara la diferencia entre perfecto y óptimo, no dar ningún material por estéril y finalmente, resolver los mayores impedimentos: el deseo de que adopte exactamente la forma que esperamos que adopte y la esperanza de obtener beneficios ulteriores de ello.

Las obras magníficas son alumbradas en una especie de trance. Crear siempre ha sido un paseo a oscuras. Una pregunta, no una respuesta.

Probarlo es muy simple: cuando no sabemos algo, y nos vemos obligados a improvisar, descubrimos que no sabíamos que sabíamos. Es fascinante la belleza que puede aflorar de nuestra supuesta ignorancia. La paradoja creativa es el jazz. Su aparente improvisación es, en realidad, la materialización de una práctica obsesiva. Ver tocar a un músico o ver a un pintor en plena faena suele dar la sensación de que la tarea es fácil, e incluso más: que es posible para cualquiera que se lo proponga, cuando no es así. Lleva años, a veces una vida entera, abrir rutas neuronales para alcanzar lo sublime. A escribir sólo se aprende escribiendo (y fracasando). A pintar sólo se aprende pintando (y fracasando). A ser un virtuoso de la música sólo se aprende con horas de práctica, callos en los dedos, callos en el cuello, y un millón de contracturas.

El arte es una batalla entre aspiración, temor y resultado. Dominio de los obsesivos, de los disciplinados, de los que entregan el cuerpo a esa pasión, sin poder darse a otros, ni a otra cosa, sino a través de ella.

Nuestra mente está llena de voces que intentan boicotear la aparición de lo nuevo, por si pudiera pertubar la zona confortable del hábito en la que nos instalamos a vivir.

Crear es un riesgo y estamos hechos para la autoconservación. Somos muy primarios. Cualquier actividad al margen de sustento, lucha-huída y reproducción es un generoso derroche de excedente.

El único modo de crear (cambiar) consiste en ignorar conscientemente las voces que impiden una y otra vez ese proceso. Las voces que bloquean el inicio de la tarea o inducen a su abandono Establecer una serie de rutinas que tranquilicen a esas voces.

La mayor parte de la gente fracasa en el intento sin saber que lo que teme es el logro, no el fracaso. El logro puede llegar a desmentir voces cruciales (las de los padres, por ejemplo: no se come de escribir, no llegarás a nada, para qué vas a escribir, haz algo de provecho).

Nuestras vidas fueron levantadas gracias al tesón de esas voces. Dejarlas atrás es quedarnos huérfanos, admitir que no tenían razón. Si no la tenían en este sentido ¿la tenían en el resto? ¿quién soy, al fin y al cabo? ¿qué soy?

Crear es, en definitiva, tomar todo lo que teóricamente somos, pequeño, mediocre, en bruto, e intentar sacar una respuesta satisfactoria, un buen balance, aunque en el camino lo que somos sea puesto en cuestión (crisis existencial). Esquivar las excusas y el deseo de volver por el camino tomado, renunciando a la posibilidad nueva. Continuar con el proceso a ver hasta dónde nos conduce. Casi siempre nos conduce a lo que realmente somos.

En la creación emerge lo que más miedo nos da mostrar, lo que puede alterar nuestra relación con los otros.

Está conectada con el cuerpo, por eso produce sensaciones tan físicas. Está conectada con el miedo a morir y con la primera vez que nuestro padre nos llevó a ver el hielo. Está conectada con ese mundo reciente en el que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Crear es madurar, volver a ese trémulo, aterrador (y erótico) principio en que nos echamos a andar solos.

Aceptar la soledad, aprender a callar y a escucharla.

6 de junio de 2006
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