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el florido byte: Fábula del tiempo suspendido : György Ligeti : 1923-2006 | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Esta es música que da la impresión de que podría fluir de manera continua, como si no tuviera un principio y un fin; lo que escuchamos, de hecho, es una sección de algo que ha comenzado eternamente y que continuará sonando siempre.
György Ligeti.

Recuerdo la textura del momento, los auriculares de profesional, las lágrimas resbalando por la esquina de los ojos antes de empapar el terciopelo del sofá, la luz indirecta de una lámpara de pie, una reproducción del bosque de hayas de Klimt, la portada del disco: el Concierto de Cámara, las Ramificaciones. El sello de la Deutsche Grammophon, las vistas brumosas al Paseo Marítimo, los atriles, el niño de los músicos de la Sinfónica se había quedado dormido en el otro sillón. Me esperaban en casa para cenar. Era la primera vez que oía de Ligeti más allá de 2001, Odisea en el Espacio. Volví andando bajo la lluvia, hechizada por ese sonido único.

Créanme: es importante, cada detalle es importante. Como revelación sinestésica. No había llegado a comprender la música de un modo orgánico hasta ese momento. Tampoco volví a sentirla con tanta intensidad después. Era mi cuerpo el que entraba en la música, o la música la que adquiría las formas de mi cuerpo. Algo se iba de mí o regresaba, como en uno de esos documentales en los que se reproduce una floración a alta velocidad o el pelarse capas de cebolla en tiempo inverso.

Cada vez que he intentado hablar de Ligeti con gente que ama la música, me he dado contra un muro. Créanme también cuando afirmo que aman la música, pero Ligeti les suena a herejía, a esnobismo rupturista o simplemente les causa claustrofobia. Me refiero a hablar de lo inefable.

Creo que sólo he conocido a una persona que le haya sentido así, y lo sé aunque nunca hayamos hablado de él en concreto. Una mañana, desconstruyendo a Sánchez Verdú, su voz describía la física de un silencio inesperado y me explicó, sin saberlo, los diecinueve segundos finales de Atmosphères. Fue un momento fantástico de intimidad, no tanto intelectual, como en el sentido de compartir incluso aquello que no se ha llegado a compartir aún. Una anticipación. Una visión común. No es fácil ver la música. Mucho menos mostrarla cuando se resiste a las definiciones, como es el caso.

Los músicos rumanos accedieron a prestarme los discos. Durante el tiempo que cuidé al niño, renové cíclicamente el préstamo. Entonces mi sueldo no daba para la ambición de comprar la colección que ellos habían reunido, seguramente para preparar los repertorios. Aquel fue el año de Mozart, pero daba la impresión de que era Ligeti quien les ocupaba.

He intentado esquivar lo personal en tres borradores de obituario y no he sido capaz. Todo se opone a la necrología desde que empiezo hasta que termino. De alguna manera, la enamorada de las palabras, que sólo se siente completamente viva en la ausencia de palabras, da con un escollo de mudo descorazonamiento.

Leí mucho sobre él. Ayer mismo, sin saber que había muerto, empleé el título “Lux Aeterna” en un texto y estuve dándole vueltas al Tourette de Thelonious Monk, que era uno de sus músicos de jazz preferidos, junto con Art Tatum, Bill Evans, Herbie Hancock y Chick Corea. Hace unos días, tomé notas sobre los fractales descubiertos en los cuadros de Pollock, pensé en Escher y en la geometría de Mandelbrot y en el polvo de Cantor. Esos temas le fascinaban. Creo que presentí la noticia de hoy: demasiadas coincidencias llamándole.

Judío húngaro, transilvano, sobrevivió a los campos nazis, perdiendo en ellos a casi todos los suyos. En el 56, enseñando en el conservatorio de Budapest, huyó con su mujer del régimen comunista en medio de una revolución. La escapada fue digna de película. Se subieron a un tren, hicieron la mayor parte del viaje ocultos bajo sacas de correo. No llevaban equipaje, sólo un portafolios, un par de partituras y, como a él le gustaba contar, los cepillos de dientes. Bajaron del vagón en tierra de nadie, metidos en el barro hasta la cintura y así llegaron a Austria, donde años después se nacionalizaron. Estaba convencido de que su sobrevivencia a la muerte fue una especie de enigma en el rompecabezas de la fatalidad. Su alienación voluntaria, su tendencia a la provocación lúdica, una feroz independencia creativa, así como esa fabulosa capacidad de dar a la música cualidades únicas, como por ejemplo, la de imitar a la perfección el sonido de cristales rotos, sin perder el centelleo de la luz atravesando el agua, seguramente fueron la reacción de instinto a la opresión política que él y su familia tuvieron que padecer.

Ligeti solía recordar la epifanía que supuso para él, cuando era un niño, ver a Chaplin en Tiempos Modernos, interpretando la canción cuya letra olvidaba intencionadamente, sustituyendo las palabras por sonidos inventados hasta comunicar—con precisión matemática—lo que quería y no podía decir de forma convencional. Hubo un lapso entre la fascinación infantil por el cinematógrafo, la atracción por los autómatas, amar a Bártok y a Debussy y a Chopin, matar a Bártok y a Debussy, entrar en el serialismo y salir de él, dejar atrás a Boulez y a Fluxus y llegar por fin a Ligeti después de un periplo de pruebas de trajes demasiado estrechos.

Aquí viene la parte difícil. No sé explicarlo como él, aquella mañana. Parecía tan simple, tan limpio. Si trazo una línea de horizonte en el paisaje sonoro para definir, en principio, la consonancia de Sánchez Verdú, llegando desde ahí al fragmento de flujo continuo, micropolifónico, a la quietud sólo aparente, al desajuste y la sensación de la melodía desapareciendo en la densidad apretada, intensa, oscura del contrapunto, estoy de nuevo en la retórica. Si hablo de sonido tangible, de paradoja, de juegos de contrarios fundiéndose, e intento acudir a la cuántica a la que hacíamos preguntas para encontrar el corazón de una casa como una rosa de los vientos, me pierdo yo porque no son mis palabras, sino lo que él explicó con las suyas, como si la física avanzada fuera algo sencillo. Ondas, discontinuidades, opuestos que se reunían en sus extremos, algo exuberante adoptando una actitud aparentemente estática. Superposiciones, cromática unísona. Ráfagas inmóviles. ¿Cómo lo dijo? ¿Qué conceptos usó?

Microscopía, vacíos por omisión en la superficie sonora. Capas, capas, capas. Silencios de sí, contra el no que se les presupone en el resto de las músicas clásicas. La escucha mínima, que exige una distancia inteligente, desaparición del pixel para descubrir la imagen completa o la emulsión de la imagen completa en el acercamiento, para entrar en la trama de pixeles. El todo en la más pequeña parte, y el oído en fuga, el mensaje en el devenir, el oído desnudo de prejuicios, el oído zen del presente en las dimensiones del azar continuo. La música dotada de masa, de textura, de la capacidad de absorber a quien la oye. De sentir a quien la siente. El hallazgo de la lentitud.

Sé que he convertido el obituario en un galimatías. Perdón. Decía Count Basie que son las notas que no oyes las que cuentan.

No sé si puedo arreglarlo diciendo que veo a Ligeti como el aire en los cuadros de Cezanne, que está ahí, aunque no se vea, o en Requiem, el último surco de Beat (King Crimson, 1982), o en los relojes-nubes de Popper, en un hipocampo, en la piedra pómez, en los pequeños, inadvertidos y bellos desórdenes de cada día, en Borges, en el ombligo de Noria bailando la danza del vientre, en el sexo cuando suelta cabo del mundo, en las hayas de Klimt, en el jazz, en Lavender Mist, en cualquiera de los aforismos de Bufalino o en una frase en que el amor se dice la cosa más bella y terrible de la del mundo, irradiación, parálisis y éxtasis a un tiempo, rendición sin condiciones a la invasión de breves ondas impulsivas, que poco a poco se propagan a las más mínimas terminaciones de los nervios, para estallar finalmente en la más oculta raíz de sí mismo. Le veo en el Jardín de las Delicias de El Bosco con los ojos de la niña del 82. Le veo en el zoom de casi todo, menos en Kubrick. Supongo que a eso se refería cuando afirmó no esperar ya más que una metafísica para su música. Todas las cosas se solapan en un rito secreto de autosemejanza, que reverbera en el primitivo cerebro reptiliano: sufrimiento, placer, erotismo, percepción, Hipotálamo, Amígdala, Fornix. Lo fantástico materializado en la levedad absoluta. El lenguaje al final del lenguaje.

Me encantaba su sonrisa.
Me encantaban sus manos a contraluz.

13 de junio de 2006

Maravilloso. Sin más.

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