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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

No por muy repetido, el ritual es menos solemne. Rayuela en la mesilla ¿desde cuándo? ¿veinticinco años? ¿veintiséis? Suena el despertador, abre un ojo, después otro, se sienta en la cama, se pone las zapatillas, va al baño, tira de la cisterna, vuelve a la cama, se sienta en el borde, abre el libro al azar, cuidando de que no caigan en revuelo las hojas sueltas—se deslomó por donde Babs dijo que era asqueroso y el menoscabo desde entonces ha sido inexorable—y realiza la bibliomancia. Acaricia la línea de texto, la sigue en el misterioso ajuste de la idea al pronóstico de la jornada.

Por ejemplo: lo de las hormigas intentando meter al gusano en el agujero significa que al nuevo corredor—el marica musculitos, el que se ve que usa tanga cuando se inclina sobre el lavabo de los servicios para refrescarse—le van a hacer hoy la novatada.

Marica también por lavarse demasiado. Todos encuentran una especie de placer morboso en tocar las cosas con las manos meadas. Todos menos él.

Donde dice “hubiera querido poder estar también dentro del hormiguero para ver cómo las hormigas tiraban del gusano metiéndole las pinzas en los ojos y en la boca y tirando con todas sus fuerzas hasta meterlo del todo, hasta llevárselo a las profundidades y matarlo y comérselo” es que en el fondo le gustaría estar allí cuando ocurra.

Si no puede es porque esas cosas son privilegio de los cinco mejores vendedores del mes, los asustaviejas, los sin-escrúpulos que tanto les da venderle la póliza a una mujer que pasa hambre por darles de comer a sus niños como al que cuando se van, cree que le han hecho un favor porque el cáncer que un día le van a encontrar, nunca se lo atenderán en la seguridad social como en la privada. Él ya no vende tanto. Los de la vieja escuela no aprietan así. Tiene que haber un límite para todo, si no, apaga y vámonos.

Cerraron la puerta del cuarto de la fotocopiadora para discutir los pormenores de la chufla. Esto no va contigo. No eres del club Forbes, dijeron.

El nuevo le trajo a Amelia un cactus para que absorbiera las malas vibraciones del ordenador y a Rocío un recorte de una revista para bajar tres kilos en dos semanas, combinando alimentos. Pero lo más sangrante fue lo del pin de la cuestación en la camisa. Entre los del club, fue como meter un palo en el hormiguero.

En el fondo, el maricón le da pena.

¿Será ése, al final, el veredicto de la bibliomancia? Podría vengarse de que no le dejaran participar, poniendo en aviso al incauto. ¿O será que el gusano es en realidad lo otro?

Cierra el libro, alineando las hojas desparejas con un par de golpecitos de canto sobre la mesilla y se mete en la ducha, intentando desviar el pensamiento, agradecido de que el augurio del Libro siga funcionando. Siempre temió, y aún teme, que un día deje de ser suyo, como le pasó con las canciones de Mirelle Mathieu. Hubiera muerto por ella, la escuchaba a todas horas y de pronto, de la noche a la mañana, nada. Hymne l’amour hasta le dio náuseas. Qué cosa tan cursi, tan francesa, tan estomagante, por dios.

Entra en la ducha pensando en el gusano, en las hormigas, en Mirelle Mathieu, en esa novia que tuvo. Mapi. María del Pino, calcada a ella. Con ese peinadito a la garçon, hasta que se lo dejó crecer y le dio por cardárselo. Ahí se fue todo el encanto a la mierda.

Se hace una paja queriendo pensar en Mapi-Mirelle. Acaba pensando en otra cosa. Se enjuaga los restos culpables. Se viste, baja al garaje, y mientras busca el coche, recuerda que una vez quiso ser escritor, pasear por el Quartier Latin, dejarse la barba. También piensa ¿al final, seré o no seré marica? Se dice que hay que probar de todo, pero claro, luego de la decisión vienen las consecuencias. Asuntos prácticos que resolver, como por ejemplo los gusanos y los hormigueros, no saber tocar el saxo para comer pasando el sombrero en el Metro o en Pont des Arts.

No, nada de swing. Ni siquiera un swing que las tuviera contentas—lo bastante contentas—como para apalancarse en sus pisos y vivir de ellas con la excusa de escribir La Novela. Las Mapis del mundo no quieren ser Magas. La chupan para tener un marido y ser las mantenidas, no al revés. Para casarse con una Mapi uno tiene que tener ciertas cosas claras y a él todavía le quedan algunas decisiones que tomar. Su madre se murió preguntándole para cuándo la novia y los nietos. Te vas a quedar para vestir santos, hijo. Que son cuarenta y dos, ya.

Pero qué mierda de cardado el de Mapi. Tenía que cerrar los ojos mientras se lo hacía y pensar en Arturo para correrse. El nuevo se le da un aire a Arturo. Quizás mañana el Libro dé una respuesta más clara.

16 de junio de 2006
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