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el florido byte: La noche en el espejo | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Cada año que pasó esperándola, atenta a la más pequeña señal, al ladrido de los perros, a unas pisadas o unas ruedas de coche en la grava del camino, o al girarse familiar del picaporte de la puerta, como si fuera a regresar de la nada a esta nada, como de un largo viaje sobre el que no se hacen preguntas, fue sobre esta silla, o limpiando legumbre ante esta mesa, bajo este mismo techo leal que reparte entre dos vigas la gravedad del secreto.

Esta silla armada por las mismas manos que entran la leña, que atizan el fuego, que pelean desde el alba por arrancarle a la tierra mezquina lo poco que se aviene a darles. Las mismas manos que tuvieron—porque de otra forma fue inútil—que hurgar dentro de ella para poder dejar, con dolor, libre el camino a la simiente. ‘Perdóname si te hago daño’ susurraba, como quien lo hiciera en misa, bregando hasta que el sudor le bañó el rostro. Y ella, que estaba allí por querer, pero con penuria, se mordía el labio hasta hacerlo sangrar, eludiendo el beso por no soltar un gemido. ‘Perdóname’ repitió, hasta que por fin, hizo lo que se hace con los animales que no consienten monta y la penetró, rápido e impetuoso, con sus últimas fuerzas, descargándose dentro de ella. Le vio tambalearse, con el miembro sangrado, salir a la intemperie a orinar, sintiendo lástima por él, o algo parecido, una especie de compasión infinita. El dolor de su propio cuerpo parecía dormido. Cambió las sábanas manchadas por otras limpias, y volvieron a acostarse dándose la espalda.

No fue ella quien lloró.

A los ocho meses, se anunciaron los dolores del parto. Estaban solos, la niña vino de pie, nació enredada, casi muerta. Obró con sus piernitas como con las patas de un becerro. Era un hueso o su vida, y fue el hueso. Le abrió la garganta y las narices con los dedos ásperos, la sumergió en agua fría y después de entablillarla, la envolvió en una gruesa manta caliente. La niña no dejó de llorar, pero como predijo, se prendió al pecho como si la vida fuera más que fractura. Sólo le quedó la marca de una leve cojera.

‘Tiene fuerza. Vivirá’. Fue cuanto dijo al llevarle a la cama una escudilla de caldo para que se repusiera. Lo preparó echando un codillo entero en el agua, y un puñado de hierbajos silvestres, de los que suelen mezclarse con la hierba seca para que a las crías no las ataque el raquitismo.

Desde la noche de bodas, algo en su gesto la hizo sentirse admirada por su manera de hacerle frente a las penurias, sin quejarse. Si hubiera tenido que abrirla, para sacarle a la criatura, lo hubiera hecho sin pensar, tumbándola de aguardiente y a cuchillo. Nunca han hablado de amor. Entre algunas personas éste adopta una sola apariencia: un pacto de mudo respeto.

Esas mismas manos, que dieron vida y tallaron la mesa. Esas mismas manos que parten el pan y sellan las grietas para amparar la casa de las ráfagas de ventisca.

– ¿La recuerdas alguna vez? pregunta.

Él levanta los ojos quemados, huecos, y asiente.

– ¿Qué será de ella?

Y encoge los hombros, antes de que vuelvan a hundírsele en el pecho.

– ¿Quieres que te dé unas friegas de alcohol para el lumbago?
– No hace falta. Con dormir pasará.
– Deberías acostarte, pareces cansado.
– Sí, eso haré, en cuanto asegure un rescoldo que aguante la noche.
– ¿Cuántos años tendría, Miguel?
– Treinta y cuatro.
– ¿Cuántos años hace que me vaciaron?
– Catorce hizo en noviembre.

Él sale a por un haz y a por yesca seca para revivir el ascua al día siguiente. Ella lava la loza, abre la cama y espera a que él se acueste. Nunca la ha visto desnudarse.

Ronda la mesa, ronda la silla. Oye el viento. Los animales están callados.

– No tardes. Te enfriarás.
– Descuida, en cuanto termine de recoger la mesa, me acuesto.

Le oye limpiar la escopeta, como cada noche. Oye el crujido de la cama al recibir el peso del cuerpo. Se quita la ropa, delante de la hoguera, notando el calor maternal de la llama sobre la piel, un segundo antes de ponerse el camisón. No ve ni palpa la cicatriz. No detiene la mirada en nada más de lo conveniente. No vino al mundo a hacer preguntas.

Catorce años. Éste será un invierno crudo, como aquel. Cuando volvió de la ciudad, la matanza había terminado, la carne estaba en salazón, secándose, y los fardos recogidos. Él había cubierto por fin, el suelo de tierra con el cemento que trajo cuando fue a buscar herramientas nuevas y a comprar el arma, pero Virginia ya no estaba. En cierto modo, no la sorprendió. Llevaba meses peleando con su padre porque quería marcharse a la ciudad a servir, para luego estudiar magisterio o corte y confección.

Casi no hablaron de ello, él parecía más ensimismado que nunca. Ella se sentía culpable de haberles dejado para operarse, pero el médico del pueblo dijo que si las hemorragias continuaban, se iría en una anemia, que la endometriosis era algo serio y que había que cortarla por lo sano. Virginia quiso acompañarla. Él se opuso: necesitaba a alguien que le diese una mano en la matanza. Discutieron hasta la madrugada. ‘Mientras vivas bajo este techo harás lo que yo mande. Si te marchas, no podrás volver nunca. Tú misma’. Esa fue su última palabra. Les dejó dar voces. Sintió alivio cuando volvió el silencio. Virginia lloró de rabia hasta dormirse.

Jamás se perdonará haberse marchado. Su vida no valía la ausencia de catorce años. La pena negra de catorce años.

Se acuesta. Arrima su cuerpo al de él. Los pies, tibios de hogar, buscan sus carámbanos nudosos bajo las sábanas de algodón crudo. Ambos se estremecen.

– ¿Para qué limpias tanto la escopeta, Miguel?
– Siempre hay que estar preparados.
– Te preocupas demasiado, Si por aquí no viene nadie.
– Nunca se sabe.
– Mira que un día nos vamos a llevar un disgusto.
– No está cargada. Los cartuchos están en el cajón.
– No sé.
– Intenta dormir.
– Buenas noches, que descanses.
– Tú también, si Dios quiere.

Cada noche camina sobre el cemento y sirve la cena, con cuidado de no hacer mucho ruido, como si temiera despertar a alguien. Hace las preguntas sólo por contener su dolor, o quitarle de encima el peso de sospechar que lo sabe. Apaga el velador mortecino y en su visión periste la imagen de la escopeta reflejada en el espejo. Le oye llorar, como cada noche. Y llora por él, acerca la mano al pelo ralo y débil, blanco de la noche a la mañana, sin llegar a tocarle. Dejó a un hombre, y al volver se encontró un viejo, una ausencia y la faena de otoño terminada.

Cada noche pide en silencio por él, por su hija, por ella misma, y por la salvación de sus almas.

17 de junio de 2006
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