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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

[stream of consciousness frikicósmico].

Si te mirases con ojos distantes, tendrías una visión de ti y de tus paisajes parecida a la que tiene Mister Spock en sus viajes por el espacio. Estamos sometidos a las leyes de la gravedad, de la proximidad, a la influencia de otros que tenemos—en tanto nos tienen—asidos a los hilos verbales de una red invisible. Pero si tú, y yo, fuéramos granos orbitando sin peso en el arenal casi vacío que es vivir, aquí, donde la distancia es siempre infinita ya sea si vas o si regresas, y si, o tú, o yo, pudiéramos enfocar a golpe de ojo con suerte apenas las cortezas, nuestra párvula atmósfera, los relieves de lo que somos (que nada se asemeja al contorno de una esfera perfecta) y más: si tras las cordilleras de la estética o los húmedos océanos orales, bajo las técnicas y los oficios, o enterrados en el horno del desierto de las horas, como mineros, ahondáramos un poco allí, quizá allá, y al flujo magmático del consciente o a las esquirlas del inconsciente en ésas navegáramos anotando en nuestro cuaderno las volutas de fuego que son la infancia, las rocas aún no disueltas del daño, de la quimera, los espectros de la corriente que remedan más arriba comunes y plausibles artificios climáticos, imprecisos, empecinados en horadar lo que somos como un parásito habita a su casero (alimentados de sí hasta el desfallecimiento), nos asomáramos entonces al pozo, al pretil que sostiene el alarido, a la sospecha razonable de estar siendo consumidos a cada instante, tan profundos, tan lejanos ya de nuestro lenguaje, abrasados en la raiz única y candente, y primordial, cogidos al espanto de reconocernos un momento después, tras ese segundo, al vértigo entonces, al tiempo que deshilacha la brida y cocina la memoria: nada somos sino el asombro de sumergirnos en ese hueco, en el amor inefable, si es amor, en el miedo inefable, si alumbra el pánico, en el agujero sin domicilio que todo lo traga, allí, donde brama la corriente, en ese horizonte que nunca decimos y que sabemos crecido bajo todo, como un cáncer inquilino o una bendición insatisfecha.

A esa distancia del hoyo sin nombre, Mister Spock describiría un horizonte de sucesos: el tiempo detenido, ya sabes, según sea quien mire. Los monstruos que habitaron los viejos mapas viven allí, en ese margen que amarillea la frontera. Allí se recobran el olvido y los argumentos; si vivir es una historia, se desmembra y recombina el texto—mitosis aleatoria—, se baten los párrafos y arremolina la trama, y es todo a la vez presente, y pasado; y posibilidad. Las mentiras de nuestra esperanza alternan con las grietas de la risa, y los dones visten domésticos la pulcritud de sus vicios; las palabras cesan, y todo lo que es posible leer u oir no es sino un pulso opaco, un graznido sin cese: zurean los nombres disueltos en sus cosas, indolentes y desnudos, y hambrientos, capaces en su nada minúscula de hazañarnos el silencio.

Ése es el territorio, la patria que nos vive; pero la decisión conveniente igual es el exilio: si contases esta historia en el bar del Enterprise, Mister Spock inclinaría su barbilla y, mirándote con sus ojos de pájaro que parecen nada entender, diría: ‘el hiperespacio te queda a desmano, muchacho, pásate al blog’. Antes de marchar, deja pagada una ronda para el vulcano. No lo agradecerá, pero es una vieja costumbre de mineros.

20 de junio de 2006
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