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el florido byte: Hueco en un nombre | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

En realidad nunca sabemos nada, ni siquiera lo que sabemos. Cada paso intento y cada verbo, fracaso. Pero cuánta delicia hay en ello: la anticipación, la piel de gallina, las mariposas en el estómago, el remolino de enamorarse, la excitación ante la posibilidad remota de que algo llegue a ocurrir. Saber—sobre todo saber demasiado y demasiado pronto—, es llamar finales, dejar que el granito se vaya apoderando de las blanduras, justo allí donde es posible querer saber algo todavía: amar, correr riesgos, hacer una cabriola de circo, sin pudor, sin sentido alguno del ridículo. No es cuestión de semántica, sino de pulirle al lenguaje los siempres, los nuncas, los jamás, lo que no es instinto, lo que no es carne, y por tanto, tampoco verdad completa. ¿Quién puede jugarse la partida a una verdad completa? En este casino somos la moneda, no el crupier. La vida es un larga y fastuosa fiesta celebrada en honor de la muerte. Todo está permitido, menos ganarle la partida a la agasajada con una escalera de color.

Me encuentro con el otro en cueros, sumisa, ese es el único modo de saberlo mío (completamente mío), un solo instante. Me encuentro con el otro en el único lugar donde soy pequeña, vulnerable y torpe. Por eso puedo sentir tanto y tan intensamente, aunque el dolor engulla la belleza esquiva en el espejo, la inocencia, las ganas, los primeros sueños. En la tentativa del principiante, en la falta de competencia, en la torpeza, en la locura es donde siempre quise que me vieran los que amé. Saber demasiado alejó el amor antes de poder saborearlo, construyó para la gregaria un destierro a la medida de su precocidad.

He corrido cincuenta maratones alrededor de mi propio cerebro. Quién sabe quién soy. De la ausencia me consuela pensar que hasta en los momentos cruciales, como a los cinco años, cuando malhirieron a la glotona por el precio de una rosquilla, o a los dieciocho, cuando la asceta quiso arropar un duelo y acabó asistiendo al saqueo bárbaro de su propio placer, hice valer mis opciones La vida es elegir. Pudiendo hacerlo, me incliné por los caminos largos, por los saltos mortales, por las maniobras suicidas. Aposté cuanto tenía al caballo perdedor. Sigo aquí, como si la vida no quisiera soltarme y la muerte no se decidiera a recoger los despojos. Como si alguien me amara en secreto más de lo que me amó nadie. Como si ese amante se hiciera cargo de mis flaquezas transformándolas en obra de arte. Esto me lleva a pensar que la muerte y el conocimiento no son caminos sin retorno, como los defensores de la razón aseguran.

¿Cómo haces para no saber que sabes? Es casi utópico, pero en ocasiones se nos concede la gracia de admitir que el miedo impide, nunca favorece, que no tenemos ni idea, que no tenemos control, que estamos a merced, que el azar nos mueve a capricho, que la magia y la coincidencia marcan la diferencia en cada segundo, que estamos como al principio, que las cosas escapan de nosotros cuanto más empeño ponemos en alcanzarlas, que no somos el cazador, sino la pieza que cobra. Que sed y hambre no tienen remedio. Que siempre nos saldrá al paso el bandolero del que huímos. Que estamos vencidos y desarmados. Que lo que nos bloquea es aquello que nos provoca tanta atracción como repulsión. Que confundimos no querer con no poder y el me hago con el me hacen. Que el otro es la parte de la realidad que más nos resistimos a ver como es.

A pesar de lo duro que es regatear, sigue valiendo la pena. Por la fuerza residual que empuja el corazón cuando entre sístole y diástole se decide mi próximo aliento, el fervor y el misterio que me mantienen viva, la codicia de amar más de lo que amo, y sobre todo, mejor. Amar desde mis pobrezas, mis carencias, mis impedimentos, mis autotrampas, mis agachadas, mis cobardías, mis ndolencias, mis deslealtades a lo que amo y amé, por impulso egoísta. Amar las preguntas (Rilke). Amar a pesar de saber que no sé, y que el amor es un estado alucinatorio. Amar a pesar de que todavía no he sido capaz de aprender a amarme. Amar a pesar de que sé que lo que amo no está ni estará conmigo totalmente. Amar llegando la segunda y tarde a casi todo. Amar por la parte que jamás me mostrarán los otros no por mezquindad, sino por miedo. Elegir estar de parte de la parte opaca y triste de mí que no tiene lo que más necesita, pero se resiste a perder la esperanza de encontrarlo o de ser encontrada. Escribir desde ahí, ya que se me van cerrando a golpe de viento el resto de las puertas.Mentirme sólo en esa medida pequeña que me permite defender la curiosidad y la perspectiva de lo inédito.

Puedo contener tanto porque estoy (soy) vacía. Soy un gran agujero de gusano. Un puente entre las cosas, entre las personas, entre palabras. Una mediadora, una garganta, un atajo, no alguien con el signo de la plenitud. Pasan las cosas a través y sólo permanecen el tiempo preciso para cambiar la piel como las serpientes, cansadas de oponerse a una desnudez ineludible. Después se van, con olor a amor en esa nueva cáscara delgada, vivaz y vulnerable, para encontrar la belleza en mi nombre. Se van o siento la urgencia de expulsarlos, como una madre. Soy lugar que abandona y también lugar de abandono.

La posibilidad infinita que reside en la mente, el corazón y el cuerpo de los otros siempre fue más vocación que escribir. Mis ojos son dos redondas, cálidas cámaras oscuras. Algunos días quiero más, la niña de las penurias pide arropo y atención a gritos, llora sin consuelo la noche entera, pero al amanecer ha renovado el pacto, prefiere conservar la prerrogativa del exceso y las preguntas intactas.

Quizás llegue la segunda a las estaciones que señalé en el itinerario. Es posible que ni siquiera llegue a las ciudades a las que me proponía llegar, pero estoy en primera fila del mayor espectáculo del mundo. Noria, salón de los espejos, montaña rusa. Risa, llanto a borbotón, sexo, duelo y juerga jonda.

21 de junio de 2006
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