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el florido byte: Outtake | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Interior Noche. Sala. Luces indirectas. Ruido incidental de tráfico exterior y televisión encendida. Tras recoger las bandejas de la cena, ella programa la butaca de masaje, acercando la lámpara halógena y un capazo con ovillos de lana y agujas de punto.

Él (en el sofá, con las piernas estiradas sobre la mesa auxilia, haciendo zapping):- ¿Qué haces? (gesto teatral, falsamente perplejo)
Ella (volviéndose hacia él) : – Prepararme para ver el episodio de esta noche ¿Por?
Él: (enfrascado en la pantalla) – No sé, no te pega nada lo de hacer punto.
Ella: – George Clooney hace punto. En los descansos de rodaje hace punto.
Él: – Será un cuento de las revistas esas que lees.
Ella: – Es verdad. Lo vi en una entrevista.
Él: – No hablamos de George Clonney. Eres tú a la que no le pegan nada las labores de costura.
Ella: – Bueno, labor de costura, exactamente, no es.
Él: – Qué más dará costura que punto. Siempre estás igual.
Ella: – Al fin y al cabo fuiste tú quien me enseñó que la precisión en el lenguaje lo es todo.
Él: – ¿Y me tienes que seguir al pie de la letra? ¿Dónde está la personalidad de la chica que conocí? No pareces la misma.
Ella: – Me cambiaste tú.
Él: – Cambiaste tú solita.
Ella: – Te gustaba jugar a Pigmalión, no lo niegues.
Él: (airado) – Pero qué dices. ¿Pigmalión yo? ¿De dónde sacas eso?
Ella: – Lo que tú digas.
Él: – Lo que me faltaba: que me des la razón como a los locos.
Ella: (voz lastimera) – No te doy la razón como a los locos.
Él: – ¿Por qué te esfuerzas tanto en llevarme la contraria?
Ella: – No sé qué quieres de mí.
Él: – No quiero nada de ti.
Ella: – Entonces ¿para qué estás conmigo?
Él: – ¿Quieres decir que tendríamos que divorciarnos?
Ella: (ofendida) – ¡No! El que quiere divorciarse eres tú.
Él: (gesto de fastidio) – ¿Y tenemos que ver la serie con ese ruido?
Ella: – Me duelen las piernas. Tengo mal la circulación.
Él: – Si hicieras más ejercicio, en vez de llenar el piso de chatarra de televenta…
Ella: – Si me hicieras masajes, no necesitaría el sillón shiatsu.
Él: – ¿Shi…qué?
Ella: – Shiatsu
Él: (condescendiente) – Te creía más lista.
Ella: – ¿Por qué dices eso?
Él: – No irás a creerte que el sillón tenga alguna eficacia.
Ella: – Pues viene en el manual que es mejor que un fisioterapeuta. Mira: los puntos de acupuntura, los distintos programas, todo bien explicado. Éste es el ciclo de varices y pesadez de las extremidades.
Él: (sonrisa sarcástica)- No me hagas reir, anda. ¿Pero tú tienes varices?
Ella: – Varices no, pero pesadez en las extremidades sí.
Él: – No te has distinguido nunca por ser “ligerita”.
Ella: (abriendo mucho los ojos) – ¿Quieres decir que estoy gorda?
Él: – Delgada, lo que es delgada, no estás.
Ella: – Pues antes, bien que te gustaba.
Él: – Los gustos cambian.
Ella: (lastimera otra vez) – No sé cómo me casé contigo. Disfrutas mortificándome.
Él: – ¿Mortificándote? ¿Ahora qué? ¿Vas a usar lenguaje de beatona?

Un anuncio de hipotecas, uno de aliño ligero, uno de compresas, uno del coche quet te hará libre, y un avance de la película del domingo, compiten decibelios con un cuidado llanto escénico.

Él: – Al final no me has dicho cómo es que se te ha dado por el punto. Y no llores. ¿Por qué lloras ahora?
Ella: – Eres cruel conmigo. Empiezo a pensar que cometí el error más grande de mi vida casándome contigo.
Él: – Pues haberlo dicho antes. Eso se arregla llamando a los abogados.
Ella: – Desde que te cesaron estás insoportable.
Él: – Eres tú la que está insoportable desde que nos cesaron.
Ella: – Si no se te hubiera ocurrido la brillante idea de aceptar soborno por asignatura aprobada, no estaríamos en esta situación.
Él: – Ahora la culpa va a ser toda mía.
Ella: – No dirás que no te lo dije.
Él: – Sí, pero la decisión la tomamos juntos. Tenías capricho de ese viaje por el Egeo.
Ella: – Yo sólo quería hacer un crucero romántico para salvar nuestro matrimonio.
Él: – Nuestro matrimonio no tiene salvación posible.
Ella: – ¿No?
Él: – Me temo que no.
Ella: – ¿Y por qué no nos divorciamos?
Él: – ¿Qué quieres? ¿que mi madre se muera del disgusto?
Ella: – ¡Claro! Y la beata soy yo.
Él: – No dije que fueras beata.
Ella: – ¿Cómo que no?
Él: – No. Te pregunté si ibas a empezar a hablar como una beatona.
Ella: – Beatona. Peor me lo pones.
Él: – Es sólo un decir.
Ella: – Se me ocurrió hacer punto porque habría que darle a nuestra convivencia un tono costumbrista. Más que nada por las suscripciones. Han decaído últimamente. La gente necesita identificarse con nuestra realidad, al menos un poco. El product placement ayuda.
Él: – Eso no es product placement, es atrezzo.
Ella: – Lo que sea.
Él: – ¿Han bajado las suscripciones? No sabía.
Ella: – Sí. Desde que conectamos la webcam a la red, ha sido el mes más pobre.
Él: – Como de eso te ocupas tú... de todas maneras, no vayas a creer que me gusta esto de la vida en directo.
Ella: – De algo teníamos que vivir.
Él: (conciliador) – Eso es verdad.
Ella: (tranquilizadora) – Tampoco es que vaya tan mal. Es un bajón. Puede ser por la crisis económica.
Él: – O que somos aburridos.
Ella: (cariñosa) – Nosotros nunca hemos sido aburridos, cariño.
Él: (gesto de interés amable) – Y dime: ¿funciona lo del sillón?
Ella: (categórica) – Vaya que funciona. Mira las piernas cómo las tengo: como nuevas.
Él: (voz más sensual) – Siempre tuviste unas piernas bonitas.
Ella: – Eso es porque las miras con buenos ojos. Tengo los tobillos gruesos.
Él: – Me gustan tus piernas. Siempre dije que eran las mejores piernas de tu promoción.
Ella: (coqueta) – Lo dices por halagarme… Oye…
Él: – Dime.
Ella: – ¿De verdad te apetece ver la serie?
Él: – No mucho, la verdad.
Ella: (traviesa) – ¿Abro una botella del cava que sobró de Navidad?
Él: – Gran idea. De paso que vas a la cocina, también podrías traer una tableta de chocolate.
Ella: (erótica) – ¿Blanco o de almendras, mi amor?
Él: – De almendras. Y date prisa, que ya verás cómo hacemos subir las suscripciones.

Ella pide alzado de barrera ante sus piernas estiradas. Él le da una sonora palmada en el culo. Ambos intercambian una tórrida mirada cómplice.

Él (desde el sofá, en voz alta): – Tienes un delicioso culo, para ser cincuentona.
Ella: (desde la cocina) – Tú tampoco estás nada mal, mi vida.

Abre la nevera, saca el cava y el chocolate. Abre el armario de las medicinas, saca el Viagra. Atenúa las luces y sonríe, cruzando el pasillo. Como si ésta fuera exactamente la vida que soñó.

22 de junio de 2006
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