En torno a los mecanismos de fidelización en el universo de las bitácoras
Impulsando ligeras naves
El blog como forma de relación
Todo lo que escribimos, colgamos, expresamos y enlazamos en un blog ofrece información sobre nosotros mismos. En alguna parte de cada blog suele haber un espacio que sirve de tarjeta de visita y declaración de intenciones. A veces se cuelga una foto. El título brinda, desde el primer momento datos reveladores. Una cita prestada o propia puede estar resumiendo nuestra ideología, así como la repetición de ciertas palabras a las que mostramos apego. La relevancia o irrelevancia de los temas que tratamos compone una imagen en la mente de quien nos lee, con la que va a identificarse o no y que le impulsará, tanto si le han traído vientos casuales como la voluntad o el aviso de otros, a seguir o a no seguir leyéndonos.
El blog habla de quienes somos, pero también de quienes desearíamos ser. En gran medida, es una proyección visible de nuestro ego, alentada y sostenida por un medio que alimenta de forma permanente la falsa ilusión de las posibilidades ilimitadas. Cuanto escribimos, aún sujeto a la influencia directa de la realidad, las percepciones, al azar y al tiempo, está impregnado de la esencia de un discurso fijo.
En una entrevista, Juan José Millás se refería a la escritura como a un tejido que intenta aproximar los dos bordes de una herida. Lo que hay entre esos dos bordes es pregunta, incertidumbre, vacío, ansiedad, carencia y el impulso de escribir responde a la necesidad primaria de llenarlo. Nos instalamos en el blog como nos instalamos en las relaciones sentimentales y lo hacemos (en este caso mediante feedback de correo, comentarios y a la construcción de pequeñas redes sociales dentro de la gran red) siguiendo un plan inconsciente de autocompletación gracias al otro, al que nos vinculan, por presencia cotidiana y un contrato de lealtad virtual, necesidades simétricas y defensas complementarias.
Nuestro discurso forma parte de las estrategias de seducción que empleamos para atraer al otro y conseguir que ocupe de forma permanente el espacio que separa los bordes de la herida. Escribimos para ser queridos, pero también hacemos de la escritura el campo de batalla de nuestras contradicciones, el rasero que establece nuestras diferencias con los demás, la grabadora que registra lo que pensamos 'en voz alta', el ansiolítico que nos alivia de lo que no podemos comunicar, la lija con la que pulimos aristas y paradojas, mediante la cual nos desprendemos de los residuos de la experiencia. Cuando lo hacemos en el blog, igual que ocurre cada vez que tomamos un lápiz y un papel, objetivamos, congelamos, materializamos una realidad que percibimos como una extensión del yo. El modo en que los demás observan, reaccionan, critican, aceptan ese material nos construye. Observando, reaccionando, criticando, aceptando, construimos a los demás.
En otra entrevista, Millás comentaba que los seres humanos somos un invento muy frágil. No es el lector el que necesita al autor. Es el autor quien depende del lector, en tanto hace del blog una forma de identidad.
Cruzar el mar confundiendo al cielo (1 de 7)
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