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el florido byte: Cuatrocientos mil ejemplares | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Me pregunta la psicoterapeuta cuándo empezaron las crisis de pánico. No lo sé, contesto. No lo recuerdo, exactamente.
Me pregunta desde hace cuánto que no publico. Tres años, más o menos. Me gustaron mucho tus novelas, comenta, antes de dejar ir otros diez minutos en silencio. ¿Cómo es tu padre? Perfecta dicción, perfecta modulación. Voz teatral, intencionada. Sólo veo sus labios. Un tono de carmín excesivo. Una persona carismática. Un buen padre. Un genio. ¿Si? Suena a escepticismo, a ironía. No me gusta. Empieza la cuenta atrás de los minutos restantes. ¿Te sientes incómoda? En absoluto. Reacciono a la defensiva. Pienso en lo que le pago, con lo que me cuesta ganar el dinero. Nunca debí hacerle caso a Mara. No volveré. Me falta el aire.

¿Estás escribiendo? El corazón se lanza contra las costillas, acorralado, como un animal en una trampa. Miento. Digo que lo hago. En realidad no puedo hacerlo. ¿Si? ¿Y qué escribes? Una novela. ¿Y de qué trata? No suelo hablar de mis novelas hasta que están terminadas. Tengo seca la boca. Quiero agua. Quiero salir de la consulta. Quiero gritar. Quiero que me trague la silla. ¿A tu padre le gusta lo que escribes? Debe ser duro vivir a la sombra de un gran escritor como él. Hace énfasis en el adjetivo. G-r-a-n. Entonces recuerdo la tarde en la terraza del Munich. La tarde en que mamá, como a quien se le escapa un secreto inocente, me contó su reacción cuando abrieron la plica y bajo luces de flash, me entregaron el premio. Tiró el mando, llenó el vaso de whisky, riendo sarcásticamente al verme tartamudear ante el micrófono. No debí contártelo. Ni se te ocurra decirle nada. Ya sabes como es. Llamé desde el Ritz. Mamá me felicitó. Después se puso él: ‘estás muy verde todavía, se volverá contra ti’, sentenció con esa voz fangosa de los borrachos.

Una reseña a página en el Babelia. El boom en Francfort. Cuatrocientos mil ejemplares en seis meses, como no vender ninguno.

Comemos en su casa los domingos. Me besa de refilón. Está escribiendo la g-r-a-n novela española del último siglo. ¿Engordaste? comenta, pasando revista a mi aspecto antes de ‘retirarse al estudio a trabajar’. Tienes que cuidar lo que te metes en la boca, la gordura da mal en las fotos, por no hablar de la tele. Suena a condescendencia o a reproche indulgente. Me siento embuchada como un fiambre: demasiada lasaña, demasiado deprisa. Intento alisar las arrugas del vestido con la mano, tiemblo cuando digo ‘puede ser’, pido disculpas, me meto en el baño, doy dos vueltas al pestillo, abro la tapa del inodoro y me meto los dedos hasta el fondo de la garganta. No me miro ni una sola vez en el espejo. Salgo vacía, extenuada. Mamá me ofrece colirio para los ojos.

Por suerte, la sesión termina: mi secretaria te dará cita para dentro de quince días. No sé si podré venir. Tengo una agenda muy apretada.

6 de julio de 2006
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