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el florido byte: Crónica de suerte con estrago | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

‘El portero le dejaba usar el cuarto de las fregonas para sus servicios y para dormir algunas noches, a cambio de un encuentro íntimo al mes. No pedía más e incluso llegaba a facilitarle el compromiso, tendiéndole un paño o la palangana para que escupiera o se limpiara entre los muslos, por ejemplo; quizás no tanto por bondad, sino por compensarla de su flaqueza viril con un gesto de delicadeza. Ambos sacaban algo del mutualismo, y cumplían el pacto, fieles a la palabra dada, si bien esto es secundario, y sólo pretende poner en antecedentes al lector del triste personaje que nos ocupa, evitando así el enojoso inventario de sus miserias materiales, dado lo descrito, bastante obvias. Decir sí, antes de volver al artículo, que con el tiempo se tomaron bastante cariño y el hombre lloró lágrimas
sinceras cuando se la llevaron.

La ejecutada acababa de cumplir 25 años, aunque la penuria le hacía unos cuantos más: el cuerpo no perdona las noches frías, ni las sobras ni el vino barato. Si algo se deduce de los nombres propios es que no siempre llaman a la providencia; a veces la niegan descaradamente. Sabe Dios por qué la madre (soltera y prostituta, según he sabido) la llamó Sissi. Seguramente no tenía otra cosa que darle que la esperanza de que algún día alguien le diera lujo, o por lo menos, un pasar decente. Claro está que no es el nombre que consta en el Registro, pero sí el que le quedó y por el que todos la conocían. No figura en estos pliegos su modo de ganarse el pan antes de desempeñarse como lectora de la fortuna. Esto segundo lo hacía con mucho acierto, y el muerto era uno de sus habituales clientes. O su esposa. O ambos. Después de pasar una hora cada jueves en su piso, ganaba los extras con escuetas adivinaciones de segundo orden en el cuarto de las escobas. Con eso tiraba la semana, aunque con penosa frecuencia no llegaba ni al martes sin tener que pedir. Cuando la detuvieron, no llevaba consigo las alhajas cuya falta la viuda denunció. He aquí el misterio: si no llegó a abandonar el edificio en ningún momento, ni se resistió a la autoridad ¿cómo pudo sustraerlas? Cuando la subieron al furgón, en su rostro se había dibujado una expresión estuporosa, como la de los que no consiguen atravesar el umbral de las pesadillas, de regreso.

La mujer del abogado estaba cubierta de sangre, como consecuencia de abrazar el cadáver del marido, según ella misma expuso. En cambio, la ropa de Sissi no tenía mácula. Bajó las escaleras dócilmente. El ascensor llevaba dos semanas fuera de servicio. El viejo médico—tercero izquierda—, quien siempre le preguntaba por su hija de Francia, asistió a la afligida con unas sales y un par de bofetones. Con ello consiguió aplacar su agitación, pero no que dejara de pedir a gritos garrote para la muchacha.

El juez examinó la escena del crimen y el cuerpo de la víctima, encontrando llamativa la ausencia de muebles en el domicilio del matrimonio, así como restos de libros incinerados en la pequeña chimenea. ¿Qué sentido tenía guardar joyas, cuando era evidente que llegaban escasos para comer y para brasero? El Monte de Piedad hubiera sido su destino más lógico. La principal prueba incriminatoria fue el vestido que Sissi llevaba puesto en el momento de ser arrestada, que no era el mismo que cuando entró en el lugar de autos, según testimoniaron de los vecinos. La ausencia de sangre en él indujo a pensar que se lo había cambiado para borrar de sí las huellas. Pero ¿dónde se deshizo de su ropa? ¿No debió ser ésta, en vez de la prenda limpia, la que la incriminara? Era un vestido de puesta de largo, demasiado ancho para su talle y el contorno de su pecho, perteneciente a la viuda, lo mismo que el escarabajo de bisutería del pecho. La baraja estaba rota, desparramada en el charco de sangre. Algunos naipes, aún alineados, hicieron pensar que la predicción se había en el mismo suelo de tarima gastada, pálida en la superficie antes cubierta por una alfombra. El arma del crimen fue, como reseñamos en otras ediciones, un cuchillo de cocina, el único que poseían la víctima y su mujer. Los peritos forenses indican en su informe, que la primera puñalada, en el pecho, fue mortal de necesidad y asestada con mucha fuerza. Las siguientes, más débiles, erráticas y con ensañamiento. La policía se apresuró a señalar que el móvil fue el robo y no el arrebato pasional. Demasiadas hilachas para esta crónica negra que terminó la madrugada de ayer en el patio principal de la Cárcel de Mujeres. Cabe destacar la inepcia bochornosa del defensor, la fulminante apoplejía del togado al dictar sentencia, evacuado en estado crítico, y la magistral actuación dramática de los deudos, entre otras incidencias.

No pocas veces me he preguntado si a la infeliz su don no tendría que haberle servido para anticipar la desgracia que se le venía encima. El mal ya está hecho, la justicia ha sufrido un varapalo, y bien podemos conformarnos con que no se nos atragante el turrón por la mala conciencia. Felices Fiestas a todos’.

—¿De verdad que te pagan por escribir esas cosas?—pregunta Pedro, pasando un trapo húmedo sobre la barra y meneando la cabeza con resignación, al terminar su lectura. Anda, tómate otro cafelito. Invita la casa. Algún día tendrás que sentar la cabeza. No sé a qué os habrá dado a todos ese afán por la plumilla. ¿No ves que cada columna que publicas es peor? Vamos a ver, que me aclare. ¿Qué querías decir, exactamente? No, si lo que Natura non da, Salamanca non presta. Además, llevas meses sin pensar en otra cosa. Ni que hubieras tenido amores con la asesina. Qué diría tu padre, hijo. Qué diría.

12 de julio de 2006
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