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el florido byte: Nadja | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Nunca supimos por qué se empeñaba en reducir ‘Nadja’ a esas tres letras que nada tenían que ver con su nombre. Kai parecía salida de la canción de Moustaki. Nadja, Nadezja. Entonces las dos vías de fierro aún llegaban al mar cruzando las dunas, dando la inquietante impresión de que un mercancías iba a lanzarse al mar con toda su carga. Esa es la clase de preguntas que no acabas de formular del todo y por eso mismo jamás se te responden. Era rubia, como todas las guiris, rubia-rubia, convencida, se había cortado el pelo tan corto que de atrás podía confundírsela con un chico. Pecho de tabla, vientre de tabla, culo de tabla. Un gigantesco lunar en la nalga izquierda, nacarina. Estábamos locos por ella. Todos: las chicas también. Aquel verano no fue de amores fugaces, sino más bien una orgía meticulosa y permanente, todos con todos y todos con ella.

Bajo un sol canicular, desdibujado contorno en las arenas, el bello animal blanco se tendía cruzada en el ramal de la vía barrido por el viento, encendiendo el pitillo de lado, mostrando el lunar a medias oculto por el bikini o se quedaba en pelotas, inmóvil, hasta que el milagro de la multiplicación de las pecas ocurría: miles sobre la piel ardida; borrachera de insolación.

Sabía de memoria todos los mares de la Luna en latín. Nos había asignado uno por cabeza.

Con su acento raro, cualquier cosa que dijera presa de tales estupores se volvía ininteligible, menos nuestros nombres y nuestros mares, que nunca olvidó. Incluso el suyo, el sin nombre, el oscuro, el de los muertos.

A Joaquín le tocó el Sinus Aestuum, el mar de los calores, por el modo febril de entrar en ella. A Lilia el Mare Australe, por ser argentina. A Beba el Mare Cognitum, porque nunca nadie consiguió cambiarle nada por sus pensamientos íntimos. A Alberto le tocó el Mare Crisium, por estar yéndose cada dos por tres de un mal viaje y volver de todos. A Elena (su favorita), el Mare Foecunditatis. A Laura, el Mare Frigoris. No se llevaban bien. Demasiado contraste. Fuego y hielo. Fuego frío. Jorge tuvo el privilegio de dos mares: el Mare Imbrium y el Mare Undarum, por esas rociadas para las que abría su boca, de rodillas, cuando los demás se habían dormido, por el modo de sacudirla, como una ola de frente. A Pablo le dio el Mare Nebularum. Fue el único que de verdad la amó y el único que no folló con ella, aunque durmieran juntos cada noche. Pablo acabó saliendo del armario en los noventa, ya peinando canas. Todos lo sabíamos. Para Teté fue el Mare Nectaris, para Ina el Mare Nubium, para el hombre a quien pagó con su cuerpo un salvoconducto para abandonar la Zona Roja, el Palus Putredinis, con sus hedores. Quedaron por dar el Mar de la Serenidad, el de la Tranquilidad, el de la Espuma, el de los Soñadores, el de los Vapores, quién sabe por qué.

La recogíamos, como a un objeto arrojado por el mar, como un despojo prerrafaelita, la llevábamos a casa, la envolvíamos en toallas húmedas, todo nuestro atardecer consagrado a la cura de las llagas, y más tarde al arrancamiento suave de los pellejos. Éramos, en torno a ella—corazón—una criatura mítica de múltiples cabezas, dependientes de su quietud o de su movimiento. La contemplábamos en un espejo de día y en otro a oscuras, nos la repartíamos, la deseábamos como a las torturadas de Bergman, como a las actrices francesas, como la encarnación de todo lo que no teníamos.

Éramos los durmientes de ese misterioso camino hacia la nada del mar desde la nada de la tierra. El tac-tac de los trenes suicidas, apoyados todos en su metal pulido por el salitre y el sol. ¿Quién era Nadja? ¿De dónde vino exactamente? Aún es leyenda en los mercadillos de Santa Eulália. Su madre se llamaba Valentina, bromeábamos con eso. Nuestro raro ángel de Sputnik se tendió sobre las vías aquella tarde, como el resto de las tardes, encendiendo el pitillo de lado, enseñando el lunar. Pero entonces, el tren, el tren del sueño, hizo temblar el aire ¿recuerdas? Apareció decidido a arrojar al mar toda su carga, mientras dormía la siesta. No llegamos a tiempo, ninguno de nosotros llegó a tiempo de sacarla de allí antes de que saltáramos con sus miembros, nosotros, sus traviesas.

Antes de darnos cuenta de que lo esperaba, de que se trataba de una cita. Yo, el Mar de los Ingenios, toqué el lunar antes de que desapareciera en mis ojos cegados por el sol.

19 de julio de 2006

tu escrito, tan bello, me trae recuerdos de mi isla, de mis dos evas, de un tren al que no he vuelto a subir. Y precisamente hoy, a punto de hacer maletas y seguir huyendo, navego por este mar que me cuentas y me doy cuenta de que no debo partir de nuevo, no vaya a empaquetar con mis cosas, tantas penas.

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