En torno a los mecanismos de fidelización en el universo de las bitácoras.
Sondas en zona oscura
Sobre lo que hace brillar a una idea
En uno de sus más inspirados artículos, Experimentos con un cachorro, Hernán Casciari hacía una exposición de los fundamentos de la narrativa blog.
La médula de lo que se quiere contar debe captarse al primer golpe de vista, ser algo simple y atractivo: la complejidad aburre y es difícil de transmitir boca a boca. Uno jamás debe dar la impresión de desear ser leído. Conviene sugerir la existencia de secretos cuya revelación debe ser dosificada según la captación de lectores vaya dando su fruto. El autor debe hacer sentir al lector como un voyeur y emplear todas las artimañas de la seducción, entre ellas, el uso inteligente e intencionado de la mentira.
Poner delante el carnet de literatura, espanta a los lectores, la gente quiere diversión sin retórica. Generar interacción en Internet es tan importante como contar una historia y también lo es tener presente para quién se escribe. Finalmente, hay que conocer los propios límites, no haciendo promesas que no se puedan o no se piensen cumplir.
Al margen de que esta nota haga referencia a una forma concreta de hacer ficción blog y de que su autor haya demostrado con creces la eficacia de sus recomendaciones con el Diario de una mujer gorda, el Diario de Letizia Ortiz y ahora con Juan Dámaso, vidente, es un compendio conciso y muy útil de todo cuanto puede hacer fiel a un lector.
Una de las premisas del éxito literario –teniendo en cuenta que el éxito y el fracaso son percepciones, resultados que no siempre dependen de nuestra voluntad ni están bajo nuestro control- es tener un propósito: saber qué se quiere decir, por qué, a quién y cómo hacerlo.
Todo aquel que publica, aunque lo niegue, alberga la necesidad profunda de ser leído y reconocido por ello. Al abrir una bitácora estamos formulando un deseo y haciendo una confesión. Una vez que uno ha reconocido ante sí mismo el deseo de tener lectores y la necesidad de conservarlos, puede aplicar estrategias para lograr esa meta.
Cualquier forma de arte es en realidad, una mirada virgen proyectando luz sobre lo corriente. Lo que hace brillar un concepto es la voz única que lo expresa.
Es esa voz la que, en definitiva, atraerá a lectores que harán de nuestras ideas la lealtad de más lectores íntimos, pero también habrá inconstantes, invisibles, dormidos, esporádicos y desertores. El primer lector, de hecho, debería ser uno mismo. No un lector autocomplaciente, sino crítico. Examinar las fragilidades del propio blog con espíritu curioso nos fortalece, amplía el conocimiento que tenemos de nosotros mismos.
Natalie Goldberg escribió en su maravilloso ensayo ‘El gozo de escribir’ que tendemos a creer que todo es una emergencia cuando se trata de nuestro ego, pero nada es tan importante y un signo de inteligencia es la adopción de una postura contemplativa, desapegada de todo lo que habitualmente llamamos yo, especialmente a la hora de escribir.
McLuhan, a quien se cita bastante en este artículo, afirmaba que en el loco mundo moderno, lo único que hace falta para recuperar el espíritu de antaño es desconectar la electricidad. También señaló que construimos las herramientas que después nos construyen. Aplicando su idea al tema que nos ocupa, podríamos decir que para recuperar una noción realista del yo y de la escritura, basta con coger cuaderno y lápiz y escribir a solas.
Pese a depositar en él tantas expectativas inconscientes, el blog es un medio, no un fin.
En el auge de esta moda, deberíamos replantearnos su función, olvidando que es la niña bonita de los medios y que nos pueden publicar como a Almudena: una bitácora es un juguete y es imposible hacer de cada día una mañana de Reyes.
La existencia se organiza sobre la anormalidad y la imperfección, aunque nos empeñemos en demostrar lo contrario: la escritura se bloquea ante los edictos interiores demasiado severos acerca del prestigio que ésta puede darnos. Se aprende blog haciendo blog, comprobando que lo que distingue el formato es una clara tendencia a fluctuar con la persona, el carácter fragmentario del pensamiento intermitente, que es también su principal valor. Cioran escribió que el drama del pensamiento estructurado es el de no permitir la contradicción, obligándonos a mentir y a mentirnos para resguardar cierta coherencia. Al hacer fragmentos, en el curso de un mismo día podemos decir una cosa y la contraria. Cada fragmento surge de una experiencia diferente y esas experiencias son las verdaderas, las más importantes. La sabiduría, a lo largo de la historia, ha sido expresada por derviches, budistas y maestros zen mediante alegorías, koans, proverbios, parábolas, fábulas y otros textos muy breves.
El mayor encanto de un post puede ser su cualidad de miniatura, su don de reflejar un planteamiento motriz, un destello de la mente, una epifanía. Desgraciadamente, la masificación, la imitación y el deseo de agradar nos han alejado de los potenciales de esta virtud. Puede haber encanto en el recorte, en la trivialidad sorprendentemente tratada, en el fragmento descontextualizado, en los ecos de la palabra ajena, en la inútil, aunque deliciosa falta de sustancia, en la anécdota, siempre y cuando de todo ello se sepa sacar partido.
El blog es un producto, uno más de los muchos que se desprenden del hecho de vivir, un conjunto de notas a pie de página de lo que nos ocurre y de cómo lo percibimos.
Cuando se existe para postear y para que lo que posteamos sea leído, es que necesitamos hacernos una vida o que algo en la que tenemos no va bien.
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