Al principio le costó mantener el equilibrio, después el cuerpo se acomodó a las alturas. No para beber de ellos, no para adentrarse peligrosa acariciando lugares oscuros, no para el fetiche, no para darlos a besar al elegido. Rojos pedestales altísimos, tacones de estilete. Más tarde dolieron, pero la libertad ha de doler un poco –sólo un poco- para que uno sepa con certeza que es libre. Ahora puede andar con los ojos cerrados, con los muslos al sol, sin bragas, mirarse un instante de reojo en las vidrieras, observar las erecciones inconvenientes de esos hombres que salen, que entran, que esperan, que buscan un taxi. A cada paso que da, uno delante del otro, va desnudándose del personaje: en posesión absoluta de sí misma para follar para vivir para darse, la metamorfosis se percibe completa. Mariposa recién surgida: la puta.