Lo único que dejó Robert Johnson en su paso por el mundo fueron veintinueve canciones y dos fotografías. Los verdaderos entendidos suelen decir que, si este genio no hubiera nacido, el blues tendría que haberlo inventado para justificarse. Durante más de setenta años ha circulado una leyenda sobre el modo en que adquirió su excepcional talento con la guitarra, después de una misteriosa ausencia de seis meses. Hay discrepancias en torno a la duración de esta ausencia y sus colegas envidiosos hicieron circular toda clase de rumores acerca de un pacto fáustico con el dios Esu, demonio de las encrucijadas. Su aspecto, su comportamiento y su muerte precoz, tan extraña como su vida, no hicieron sino alimentarlos.
Padecía cataratas –algo que en el sur de Norteamérica suele llamarse 'ojeada del demonio'- y tenía un éxito inexplicable con las mujeres, pese a ser pequeño y en cierto sentido contrahecho. Antes de desaparecer para regresar convertido en un virtuoso no sabía leer, ni escribir, ni componer música.
Su escalada de prestigio terminó bruscamente cuando el dueño del último local en el que actuó –el Three Corners, ubicado en una encrucijada en la que solían practicarse ritos de vudú- envenenó su whisky con estricnina por haber seducido a su mujer. Era el 5 de mayo de 1911. El diablo de los caminos había venido a cobrarse su alma y, según cuentan, tardó tres días en arrancársela: tres días con sus noches en las que vagó como un perro por las calles, aullando y comportándose como si estuviera poseído. Tenía apenas veintisiete años y había ardido con intensidad en apenas dos.
Sus letras aluden constantemente al mal y al demonio. En no pocas ocasiones abandonaba la actuación o tocaba dando la espalda al público. Era adicto al alcohol, al juego y a la marihuana. Quienes le oían -extasiados- casi siempre comentaban lo mismo: 'Debió vender su alma a Satanás para tocar así'. Hay quien dice haberle visto muchos años después de muerto en callejones oscuros o en cementerios de iglesia donde, según también se afirma, Esu le enseñó a tocar encarnándose en Ike Zinnerman, su protector durante algún tiempo.
Existe algo magnético en sus canciones. Si uno se sienta a escucharlas, aún digitalizadas, con ese ruido nostálgico y decadente de los viejos discos de pasta en que se grabó el jazz original, no puede evitar sentir un estremecimiento. Si uno contempla el autorretrato de fotomatón –una de las dos imágenes que se conservan de él- puede notar claramente la presencia sugestiva del mal haciendo allí proselitismo.