No importa que un historiador haya descubierto la ausencia de su nombre en los registros de prisioneros ni que el número de deportado 6448 sea ahora un borrón de mugre en los mentideros. No importa si Enric Marco padece un trastorno de personalidad narcisístico. No importa que Vargas Llosa le dé la bienvenida a la Misteriosa Patria de los Novelistas.
No importan los pingües beneficios que el señor Marco ha obtenido de erigirse en la encarnación de un dolor común. Tampoco importa que haya cierta lógica en los términos en que se defiende –con soberbia y arrogancia- desde que se vio forzado a reconocer la impostura: también Adolf Eichmann fue un idealista, alguien que vivió por su idea y que estuvo dispuesto a morir por ella.
Lo que importa es que su trama nos concierne, como nos concierne lo que ardió para siempre en los campos de concentración, como nos conciernen las palabras que desde entonces son indecibles, como nos conciernen todos los sobrevivientes que viven sus últimos días con pensiones misérrimas, en el más absoluto olvido y que a la hora del telediario, miran la marca de tinta o la marca de sangre o la marca de muerte que no pueden borrar de sus brazos y se preguntan si aquello que vivieron fue real o un atroz espejismo de la memoria.
Lo que importa es cuán obscena puede parecernos esta ficción, cuán deprisa podemos llegar a justificar en nombre de la demencia o de la singularidad, ese escupitajo a la cara de las verdaderas víctimas.