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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura
¿Cómo se atreve alguien a decirme que yo no era de los suyos sólo porque no estuve en un campo de concentración?
Lo hice porque así la gente me escuchaba más.
Enric Marco
Las cenizas humanas provenientes de los crematorios, toneladas diarias, eran fácilmente reconocibles como tales pues con gran frecuencia contenían dientes o vértebras. A pesar de eso, se usaron con distintas finalidades: para rellenar terrenos palúdicos, como aislante térmico en los intersticios de las construcciones de madera, como fertilizante fosfórico; especialmente se emplearon como arenas para cubrir los caminos de la aldea de las SS, situada junto al campo [Auschwitz]. No sé si por su dureza, o por su origen, aquel era un material para ser pisado.
Primo Levi, Los caídos y los salvados.
Más valen y perduran los actos que las palabras, démosles pues a ellos por cometidos y a ellas por superfluas.
José Saramago, El año de la muerte de Ricardo Reis.

No importa que un historiador haya descubierto la ausencia de su nombre en los registros de prisioneros ni que el número de deportado 6448 sea ahora un borrón de mugre en los mentideros. No importa si Enric Marco padece un trastorno de personalidad narcisístico. No importa que Vargas Llosa le dé la bienvenida a la Misteriosa Patria de los Novelistas.

No importan los pingües beneficios que el señor Marco ha obtenido de erigirse en la encarnación de un dolor común. Tampoco importa que haya cierta lógica en los términos en que se defiende –con soberbia y arrogancia- desde que se vio forzado a reconocer la impostura: también Adolf Eichmann fue un idealista, alguien que vivió por su idea y que estuvo dispuesto a morir por ella.

Lo que importa es que su trama nos concierne, como nos concierne lo que ardió para siempre en los campos de concentración, como nos conciernen las palabras que desde entonces son indecibles, como nos conciernen todos los sobrevivientes que viven sus últimos días con pensiones misérrimas, en el más absoluto olvido y que a la hora del telediario, miran la marca de tinta o la marca de sangre o la marca de muerte que no pueden borrar de sus brazos y se preguntan si aquello que vivieron fue real o un atroz espejismo de la memoria.

Lo que importa es cuán obscena puede parecernos esta ficción, cuán deprisa podemos llegar a justificar en nombre de la demencia o de la singularidad, ese escupitajo a la cara de las verdaderas víctimas.

20 de mayo de 2005
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