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edición nimage : 21 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

En la sociedad actual, el cuerpo forma parte de todo: como objeto de consumo y subasta, como imagen, como depositario del deseo, como sexo, como política. Está fetichizado: uno debe ser cualquier cosa antes que nada: más delgado, más firme, más musculoso. Debe llevar piercing o tatuajes, debe ponerse silicona, servir de alimento al voyeur, prestarse a representar la idealización de valores como la plenitud, la belleza y la perfección.

La performance y el cuerpo dotado de significado a través de actos extremos ¿son realmente libres y voluntarios? ¿Contienen un mensaje formal serio o son parte de una pulsión que podría catalogarse como patológica? ¿Dónde se encuentran los límites del mal gusto? ¿Qué queremos decir cuando hablamos de nuestro cuerpo? ¿Hasta qué punto su impacto estético agita las conciencias o justifica actos que en momentos de mayor rigidez y control se hubieran considerado aberrantes? ¿Es necesaria una exaltación violenta de los sentidos para despertarnos de la anestesia que provoca el bombardeo mediático incesante? ¿Qué diferencia una performance de una propuesta simplemente morbosa? ¿Era realmente un artista el artista del hambre de Kafka? ¿Por qué la performance gira tan a menudo en torno a ideas teratogénicas y roza la agresión o autoagresión, a nivel real y figurado? ¿Los reality shows podrían considerarse performances según la premisa de que el artista (participante) elige un mensaje y el medio para comunicarlo (el cuerpo ofrecido a la permanente mirada de los otros), como hizo en algún momento Marina Abramovic, bastante antes de GH?

Muchos de los que llevan a cabo estas performances sostienen que el arte debe huir de todo cuestionamiento, forzar sistemáticamente los límites marcados socialmente. Camus escribió que si el mundo fuera obvio, el arte no existiría, Picasso que el artista debe saber cómo convencer a los demás de que sus mentiras son verdades, Borges que el arte ha de ser un espejo donde vernos reflejados, y Wilde que ningún artista ve las cosas como son en realidad, porque si lo hiciera dejaría de serlo.

Marina Abramovic empezó celebrando rituales íntimos para liberar el dolor de su propio pasado. Más tarde quiso avanzar en el proceso de encontrar libertad para ella misma y sus espectadores mediante actos extremos. En una de sus actuaciones se ofreció como sujeto pasivo y proporcionó a sus espectadores diversos instrumentos de dolor y muerte, como un arma cargada. Podían hacer con ella lo que quisieran. Hubo una pistola, alguien pensó en disparar y otros, horrorizados, intentaron impedirlo. Quizá la intención final de este tipo de manifestación artística sea recordarnos algo que en la dispersión violenta del mundo moderno olvidamos fácilmente: somos los responsables de cada uno de nuestros actos, cada momento constituye una ocasión para decidir y de esas decisiones depende toda nuestra vida y a menudo la vida de los otros.

Es posible que la violencia del arte intente despertarnos de la violencia que nos envuelve y que por eso mismo hemos dejado de percibir con claridad. No es lo mismo una huelga de hambre reivindicativa que la renuncia al alimento de una anoréxica. La anoréxica eleva una súplica de la que no es consciente: déjame ser por mí misma, pero su distorsión cognitiva le impide ver el mensaje que emite y sobre todo, ser consciente del peligro que corre al convertir su cuerpo en el mensaje. Al que realiza la huelga de hambre le asiste una claridad a priori: por qué y para qué se priva de alimento. Hay un mensaje implícito: para él mismo y para los otros. Conoce los riesgos que implica su órdago y ha tomado, bajo su propia responsabilidad, la decisión de correrlos.

Llevada al terreno del arte, esta analogía puede despejar algunas dudas.

25 de mayo de 2005
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