Ese hombre eternamente ebrio y subversivo, presuntamente misógino, tal vez el peor caso de hemorroides jamás visto, a juzgar por el testimonio de sus amigos, que dijeron perder la cuenta de los tubos de pomada estrujados que vieron en la cesta de su aseo; ese hombre que en su delirio etílico acunaba las botellas de cerveza como si se tratase de bebés, ese escritor maldito en cuyo epitafio puede leerse Don’t try (no intentes, no pruebes), ese padre irresponsable de quien su hija Marina aprendió la primera palabra: 'licor', también fue capaz de recordarle -quién sabe si desde la ebriedad o la lucidez- que mirara al cruzar a ambos lados de la calle:
A Marina Bukowski, 16 de septiembre de 1969.
Hola Marinita: es tan bonito escuchar tu voz cada vez que me llamas. Tienes la voz más bella del mundo. Muchas gracias por llamarme, me siento bien durante días y días después de hablar contigo y pienso que te voy a ver de nuevo y eso me hace andar. A veces cuando me enfermo pienso en ti y me pongo bien. POR FAVOR TEN MUCHO CUIDADO AL CRUZAR LA CALLE. MIRA PARA AMBOS LADOS. Pienso en ti todo el tiempo y te amo más que al cielo o a las montañas o al mar o a nada ni nadie. Por favor pórtate bien y sé feliz y no te preocupes por mí. Con todo mi amor, mi pequeña,
Hank.