En 1845, un enemigo de Alejandro Dumas publicó un artículo afrentoso en el que le acusaba abiertamente de disponer de un 'taller de negros' que iban sacando sus novelas como chorizos. Por el artículo en cuestión, el injuriante fue juzgado y condenado, aunque sus acusaciones tenían bastante fundamento. Sacando cuentas, es literalmente imposible que llevando la vida ajetreada que llevó siempre, le quedase un segundo libre para escribir.
Lo que nadie puede negar a Dumas (padre) es la inconfundible marca que distingue todas sus obras, fueran escritas por él o no. Quizás haya sido la encarnación de una verdad literaria indiscutible: uno ha de vivir antes de poder contar. No deja de ser una prueba de genio que consiguiera que todos sus negros, empezando por Auguste-Jules Maquet, terminasen asimilando perfectamente su estilo. Tampoco puede negársele la marca que dejó en la infancia de muchos de los que acabamos felizmente enfermos de literatura.