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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura
Entre el amor, la ideología y la nostalgia.

En Las Invasiones Bárbaras (Denys Arcand, Canada, 2003), Rémy, un socialista voluptuoso y nostálgico de 50 años, predice el fin de la ilustración y el avance de la barbarie, mientras se enfrenta al cáncer que le está matando. La única salvación pasa por defender los libros, por encontrar quien se haga cargo de su biblioteca. Divorciado y mujeriego, sus dos hijos han tomado caminos contrarios al suyo. Sébastien es un capitalista, ambicioso y puritano, y representa todo lo que él ha rechazado en la vida. En su opinión, el mundo acaba con él, ya que no tiene a quién dejar un legado. Su hija se ha hecho a la mar en un velero, para confrontar los fantasmas de la relación contradictoria que les une y su ex mujer –que sigue sintiéndole el amor de su vida- intenta acercar a los hijos de ambos a esa cama de hospital donde despotrica, se rebela y recibe asiduas visitas de sus amantes. Tras una confrontación inicial, el dinero –y el amor- de Sébastien van congregando alrededor del enfermo a sus amigos, a sus amores, van comprando y procurando los alivios necesarios como la heroína que le ayuda a soportar el dolor, la visita de sus alumnos universitarios, previo soborno, o la habitación en la que se pueden recibir visitas, meterse un chute o dar cuenta de manjares y buen vino francés.

Uno no tarda en caer rendido a sus encantos, a su sentido del humor, a su carisma de idealista trasnochado. Mientras van apareciendo los invitados a la ceremonia del adiós y se van despejando temas y sentimientos, toda la bohemia, el hippismo, la irreverencia de los 60, la vejez, el pensamiento puro, el sexo, las transgresiones, las tablas de salvación, los caminos tomados y no tomados se van examinando, de forma pulsátil, como si respiráramos junto a él, en esa cama, como si su ingenio, lucidez, tolerancia y deseo fueran nuestros también, como si la muerte que le acecha fuera revisando nuestras creencias e ideales junto con los suyos. Cada personaje, Sébastien, Nathalie –heroinómana heredera final de la biblioteca de Rémy-, Gaël, Louise, la Hermana Constance que le augura una estancia en el infierno donde deberá escuchar toda la eternidad a cada una de las mujeres que sedujo, Claude, Pierre Ghislaine, Diane, va añadiendo fragmentos a la historia, hasta que la elección del momento de morir, maquillada con los restos del pasado epicureísmo, muestra desnudas las conclusiones: la ideología cuestionada se vuelve aceptación de lo que fue, la intimidad perdida cubre el adiós con un cálido manto, las brechas generacionales se disuelven, el reencuentro borra el tiempo transcurrido, los idealistas aburguesados se perdonan a sí mismos, dejando que la emoción deje a la vista la pulpa, la dulzura del que simplemente amó como fue capaz, hasta donde llegaron sus fuerzas y su entendimiento.

En Good Bye, Lenin (Wolfgang Becker, Alemania, 2003), Alex, hijo de una activa camarada de la RDA, se ve obligado a detener el tiempo cuando su madre sufre un colapso y queda en coma horas antes de la caída del Muro de Berlín en octubre de 1989. Al despertar, está tan frágil que resuelve fingir para ella que nada ha ocurrido, que los ideales siguen intactos, que incluso se han fortalecido: los alemanes capitalistas piden asilo a los alemanes comunistas.

La identidad de su madre –y la suya propia- se basan en ideales socialistas: la irreversibilidad de semejante cambio podría matarla. Durante los meses siguientes al despertar, desarrolla una actividad frenética y agotadora, llena de ingenuidad, para mantener vivos la RDA y todos sus símbolos, mientras ese mundo se desintegra. La tarea es interminable: fabricar noticias falsas, grabarlas, emitirlas, conseguir los austeros pepinillos en vinagre en las nuevas y surtidas superficies comerciales, organizar dispositivos de control, que implican a un gran número de personas en la samaritana ficción que detiene –al menos en la habitación de su madre- la llegada del capitalismo. Toda su vida se ve cuestionada, todo su amor se pone al servicio de una meta aún más utópica que el socialismo que se derrumba ante él. El abandono del padre, que en realidad no lo fue, el aumento de la familia, el encuentro con el amor y el sexo y, finalmente, la aceptación de lo inevitable: el cambio, la muerte y la adultez.

En Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, Italia, 1989), Salvatore (Totó, de pequeño), famoso director de cine, incapaz de comprometerse afectivamente y alejado de sus raíces, repasa su vida durante toda la noche, previa a su regreso a Giancaldo, pueblo siciliano del que es oriundo, para asistir al funeral de Alfredo, un viejo amigo: el que le hizo de padre, al que salvó de morir abrasado, de quien recibió como un don su apasionado amor por la vida y por el cine.

Quién no ha tarareado la hermosa y nostálgica música que Morriccone compuso para la película, quién no ha reído y llorado viendo al cura entrar a machete con los besos de las películas cuando aún reinaba la censura, quién no ha sentido escalofrío cuando el niño arrastra a Alfredo fuera de la sala de proyección cuando el nitrato de plata incendiado le quema los ojos, quién no ha compartido con Totó el desengaño al volver del servicio militar para descubrir que Elena no le ha esperado. Qué cinéfilo no se ha estremecido con la brisa otoñal en el cine al aire libre.

Nadie debería pasar un día más sin ver Cinema Paradiso. No solo es una historia de amor entre un hombre y un niño que comparten la misma fascinación por el cine: se trata de un preciso retrato de posguerra, un inventario de ilusiones que sirvieron para recibir, en la pobreza y la carencia más absolutas, la llegada de los tiempos modernos. El cura censor debe aceptar que ya no puede con el culo de Brigitte Bardot, Alfredo comprende que el sueño de Totó no cabe en Giancaldo y le empuja a irse, aunque es lo que más ama en el mundo. La madre debe aceptar la muerte de su hombre en la guerra y criar a sus hijos sin ayuda, más tarde es quien le trae de vuelta para que se despida de su amigo. Elena es como una sombra que aleja a todas las mujeres que vinieron tras ella. Los besos censurados, que le esperan en una lata, montados cuidadosamente, le recuerdan por qué es como es. Por quién es quien es y lo más importante: qué es lo realmente importante. Treinta años pasan ante nuestros ojos, cálidos y opulentos.

Uno entiende, de pronto, que todas las escenas de todas las películas, de todas las novelas que ha visto y leído, han construido su forma de entender el mundo, aportando todos los conocimientos necesarios para caer y para levantarse, para amar y dejar de hacerlo. Que constituyen buena parte de la educación sentimental recibida. Y es en este punto donde las tres películas confluyen: el amor por las personas, por las cosas, por las raíces, trasciende la ideología. Es el rescoldo vivo que permanece entre las cenizas de lo que nos obligan a ser, de lo que decidimos ser, de lo que pensamos ser. Son lo que nos calienta cuando, ante la muerte, la propia o la de los seres amados, desarmamos la nostalgia y la memoria para ver con claridad qué nos hace fuertes y cuál es nuestra verdadera naturaleza.

30 de mayo de 2005
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