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el florido byte: Tractatus de la lectura en el baño (1 de 2) | alquitara
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edición nimage : 22 : 07 : 2006
cuaderno de internet y cultura

Posiblemente el cuarto de baño y el asiento del Metro sean los lugares donde más se difunde la cultura, muy por encima de colegios, bibliotecas o incluso librerías. Tanto el momento como el lugar son los más apropiados para ello, al desarrollarse en ellos actividades básicamente pasivas y en las que el individuo poco o nada puede aportar, salvo dejando trabajar en un caso a la Naturaleza y en el otro a la empresa municipal de transportes correspondiente. Dado que en España sólo existe Metro en contadísimas localidades, habrá que asumir que en el conjunto del país es el excusado el sitio preferente para el enriquecimiento intelectual de la persona.

Hay quien dice que eso de leer en el baño está mal visto, que es una costumbre que nos hace menos europeos, que queda poco elegante dejar periódicos o revistas en el aseo y otras barbaridades por el estilo. Sobre quien tales cosas afirma podríamos decir sin miedo a equivocarnos que, o bien no ha leído en su vida (más allá de “Mi Primera Cartilla” y porque era obligatorio), o bien ha alcanzado ese punto de esnobismo por el cuál es incapaz de reconocer que por sus intestinos sale lo mismo que por los de los demás; en cualquier caso, un sinsustancia. Pues no hay ocupación más serena ni más productiva que el hecho de sustituir el elemento material que devolvemos a mamá Natura por otro de tipo intelectual, etéreo si se prefiere, que nos enriquece mucho más aunque luego pueda ser causante… de otro tipo de diarreas. La lectura en el baño, junto con sacarse las pelusillas del ombligo y gritar “¡Gol!” a pleno pulmón aunque no nos guste el fútbol, es una de esas tareas que producen una satisfacción tan honda que es imposible de describir en estas breves líneas.

Ahora bien, no todo elemento de lectura es apropiado ni adecuado para su uso y disfrute en el lugar más íntimo de la casa. Debe reunir una serie de condiciones, necesarias aunque no suficientes, si se desea que el disfrute del mismo no se vea empañado por las indudables dificultades que al sitio son intrínsecas, dado que si ello ocurre, ninguna de las dos actividades que se realizan al mismo tiempo (en un asombroso ejemplo que demuestra que el ser humano sí es multitarea en no pocas ocasiones) ocurrirán con el éxito y la relajación esperada. Es más, hay una alta probabilidad de que ambas se salden con un fracaso total y tengamos que repetir la visita en el momento menos oportuno. Como toda tarea que suponga la interacción de los elementos humanos con los mundanos, requiere una serie de premisas que nos permitan alcanzar la conclusión correcta, esto es, el alivio físico y espiritual. Veamos cuáles son.

Sección I: Atributos Físicos

Para definir concretamente qué necesita un papel impreso para convertirse con todas las de la ley en lectura de baño, sin tapujos y sin cortapisas, hay que tener en cuenta dos líneas de investigación diferentes y paralelas, a saber: la puramente física (respecto al continente) y la esencialmente contemplativa (respecto al contenido). Cómo se entrelazan ambas en determinados puntos es algo que veremos a lo largo de este ensayo. Comencemos por la primera de ellas, pues.

Dentro de lo físico, qué duda cabe, se encuentra el problema principal: el tamaño. El espacio disponible durante el acto determina, inevitablemente, la talla del artilugio de lectura que deberá acompañarnos en nuestro instructivo a la par que relajante quehacer. En general, debe ser suficiente para poder apoyarlo en nuestras rodillas y sostenerlo con una sola mano en los momentos más críticos de la labor (fundamentalmente su principio y su final), pero no tan grande como para que resbale sobre ellas o se curve hacia los laterales, dificultando tanto su lectura como su manejo. De aquí podemos inmediatamente extraer la primera conclusión de este tratado: quedan totalmente prohibidos los periódicos de ninguna especie. Estos enemigos del desarrollo cultural son especialmente desaconsejables en aseos de pequeño tamaño, pues requieren en la mayoría de los casos ocupar el espacio donde deben reposar los pies justo en esos momentos críticos mencionados arriba.

Por la misma razón, aunque no de forma tan tajante, se deben descartar las revistas, incluidas las del corazón y los suplementos dominicales, cuyo tamaño supere en más de un diez por ciento las medidas 210x297mm (DIN A4 estándar), salvo que sus portadas posean una densidad de al menos 110 g/m3 que permitan evitar la curvatura descrita. Estas restricciones dejan un razonable margen de maniobra al lector compulsivo, y permiten la inclusión dentro de las lecturas normalizadas de productos tales como tebeos u hojas parroquiales.

Así como existen restricciones sobre el tamaño máximo, también las hay respecto del tamaño mínimo, pues nuestro ítem de esparcimiento no debe ser arbitrariamente pequeño dado que, nuevamente en los estadíos críticos de tan delicada operación, impediría la correcta apertura en una posición fija (apretando o sin apretar el centro de gravedad del medio impreso) durante esos imprescindibles segundos. Nuestra sugerencia en este sentido sería tomar como valores normalizados, por este orden, el Teleprograma y el Selecciones del Reader’s Digest.

En cuanto a la calidad del papel, y salvo las observaciones hechas arriba sobre la densidad mínima de las cubiertas, no existen requerimientos especiales, aunque (eso sí) se recomienda que sea moderadamente resistente al agua y no se agujeree ante la primera salpicadura, teniendo en cuenta esta eventualidad como altamente probable.

Para terminar con este apartado, es importante recordar que la inclusión de determinados elementos opcionales proveerá al lector de un mayor disfrute de la lectura, así como de una actitud más relajada cuando se acerque su –inevitable, por otra parte- finalización. Dentro de los accesorios recomendados se encuentran las solapas externas (mejor si son de sobrecubierta en papel normal satinado y no de cartulina), las cintas de punto de lectura (no confundir con el punto de arroz), los señaladores de metal (por su mayor peso respecto de los de cartón) o, en caso extremo, una tira de papel de tamaño adecuado que aleje la inmediata preocupación de tener que recordar el punto de interrupción lectora. El papel higiénico (sin usar) puede servir como solución de urgencia, pero por motivos estéticos y de discreción debe ser retirado a la primera oportunidad que se tenga.

1 de junio de 2005
Me permito sugerir un complemento al tractatus:

http://orsai.bitacoras.com/archives/000517.php
El baño es un lugar de lectura imprescindible. ¡Quién puede dejar una lectura interesante durante esos cinco minutos de necesaria defecación!
y si te olvidas de llevar una lectura adecuada siempre podrás recurrir a los botes de champú, mascarillas, cremas, desodorantes, geles y demás :P
Son de lo más entretenidos. Un beso.
Exacto, cuando faltan recursos, o cuando la urgencia fue mayor que se tuvo que aventar la corrida olvidando el material de lectura, los botes de shampoo, mascarillas, cremas y eso ayudan. Que bueno que no estamos tan descubicados, casi siempre hay una Readest Digest en mi baño :D. Excelente ensayo

Yo prefiero los cómics, catalizan la salida de la hez… sin embargo, hay que ser muy cuidadoso, porque un error puede significar una mancha indeleble, peor que la de la panela. Y en cuanto a lo que dijo el gurú Siddharta, a veces a mí se me convierten en media hora, si lo que leo está entretenido.

Por último, me gustaría decir que algunas personas han muerto debido a este higiénico hábito… si no me creen, por favor vean Pulp Fiction una vez más.

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